«¡Yo necesitar de tí!...—exclamó.—¡Vanidoso...! Verdaderamente me pareces un estúpido... Puede ser que si algún día veo que se me acerca un pedante dando el brazo á una simplona, le pregunte: «¿quién es usted?» ¡Despedirme de tí! Bueno: lo mismo me da que sea hasta mañana ó hasta la eternidad.
—Como tú quieras—dijo León, alargando su mano.—Adiós. Te vas mañana con tu padre. Yo no voy á Madrid por ahora. Quizás no nos veamos en mucho tiempo.»
Pepa le volvió la espalda con brusco movimiento, y desapareció en las tinieblas de su cuarto. León miraba hacia dentro sin ver nada. Perfume delicado, tan ligero que parecía una ilusión del olfato, era lo único que de la persona de la Marquesita de Fúcar había quedado en la ventana junto al sabio perplejo. Era como un hueco conservando la forma de la figura ausente.
«Pepa, Pepilla...» dijo León con acento cariñoso.
Pero no tuvo respuesta ni distinguió nada en aquel cuadro de tinieblas profundas. Después oyó un débil gemido. Largo rato estuvo en la ventana llamando á intervalos sin obtener contestación. Pero los gemidos seguían, anunciando que en el fondo de aquella obscuridad existía un dolor.
Esperó más; al fin se alejó paso á paso, turbado como un pecador y tétrico como un asesino.