Tropezó con un bulto, sintiendo al mismo tiempo fuerte palmetazo en el hombro, acompañado de estas palabras: «La bolsa ó la vida.
—Déjame en paz,» dijo León apartando á su amigo y siguiendo adelante.
Pero Cimarra se pegó á su brazo y le retuvo haciéndole girar sobre un pie. Por un instante se habría podido ver en aquel grupo el paso vacilante y el vaivén de un grupo de borrachos. Pero suposición tan fea se hubiera desvanecido al oir á Cimarra, el cual, muy serio, ceñudo y con la voz ronca y airada, dijo á su amigo:
«¡Suerte deliciosa!... Estoy luciéndome en Iturburúa.
—Déjame, tahur—replicó León con ira, sacudiendo el brazo en que hacía presa su amigo.—No tengo humor de bromas ni intención de prestarte más dinero... ¿Se ha retirado del juego el Marqués de Fúcar?
—Ahora va á su cuarto. Es hombre de una suerte abrumadora. Así está el país... Esta noche el pobre país he sido yo... ¡Infeliz España!... Solís ha ganado mucho. Desde que le han hecho Gobernador de provincia tiene una suerte loca; las víctimas somos Fontán, el jefe de la Caja de X... y yo... Es temprano. León, sube á tu cuarto y trae guita.»
León no dijo nada porque su espíritu estaba en gran confusión y desasosiego, muy distante de la esfera innoble en que el de su amigo se agitaba.
En vez de subir, como Federico quería, entró con él en la sala de juego. Una de las víctimas antes mencionadas roncaba en un diván. La otra se disponía á salir con gesto y voz que indicaban un humor de todos los demonios, andando perezosamente y tomando precauciones contra el fresco de la noche.
Los dos amigos se quedaron solos.
«No juego,» dijo León bruscamente.