—Atención, sí,» dijo León, al parecer tan agitado como ella.

Sentía la Egipciaca una extraordinaria humillación, que arrastraba su alma á un infierno de tristeza.

«Para tí, yo... ni siquiera soy hermosa. Soy una mujer horrible; he perdido...

—No. Te juro que desde que te conozco, nunca te he visto tan hermosa como ahora.

—Y sin embargo—gritó María saltando en su asiento,—y sin embargo, no me amas...

—Tú—le dijo León en voz baja,—que has cultivado tanto la vida espiritual, debes saber que la hermosura del cuerpo y rostro no es lo que más influye en el cautiverio de las almas.

—¡Para tí soy horrible de espíritu!...»

Y al decir esto se dió un golpe en la frente, exclamando: «¡Ah!» como quien recuerda algo muy solemne, ó vuelve de un tenebroso desvarío á la luz de la razón.

«¿No he de ser horrible para tí, si soy mujer cristiana y tú un desdichado ateo materialista?... Y yo he cometido la falta, ¿qué digo falta? el crimen de apartar los ojos por un momento de mi Dios salvador y consolador para fijarlos en tí, hombre sin fe; de haberme despojado de mi sayal negro para vestirme estos asquerosos trapos de mujeres públicas con el infame objeto de agradarte... de solicitarte... ¡No, no: Dios no me lo puede perdonar!»