Y exaltada, delirante, levantóse con horror de sí misma; se llevó las manos á la cabeza, arrancándose el sombrero pieza por pieza y arrojándolo todo con furor lejos de sí. El brusco tirón dado al sombrero deshizo el peinado, frágilmente compuesto por ella misma; cayeron los rizos negros sobre su sien, sobre sus hombros; y desmelenada, con el rostro trágico, la mirada felina, marchó hacia su esposo, y en voz baja le dijo:

«Soy tan mala como tú; soy una mujer infame. He olvidado á mi Dios, he olvidado mi deber y mi dignidad por tí, miserable. Ya no merezco que me llamen santa, porque las santas...»

Se miró el pecho y el lujoso vestido, y lanzando una exclamación de horror, añadió:

«Las mujeres consagradas á Dios no se visten con este uniforme del vicio. Me avergüenzo de verme así. ¡Fuera, fuera de mi cuerpo, viles harapos!»

Arrancó lazos y adornos para arrojarlos fuera. Después agarró los bordes de su vestido por el seno, y tirando con fuerza varonil, rompió todo lo que pudo. Sus manos locas abrieron después grandes jirones en la tela, deshicieron pliegues, despegaron botones; eran, aun con los guantes puestos, dos garras terribles, capaces de hacer trizas en un instante la obra delicada y sólida de doscientas manos de modista. Al fin se quitó también los guantes y la manteleta.

«¡Basta de afrenta, no más baldón! Vuelvo á mi Dios, á mi vida recogida, indiferente, donde gozaré maldiciendo mi hermosura, porque te ha gustado á tí; vuelvo á la paz de mis ocupaciones religiosas, á la meditación dulce, donde se conversa con Dios y se ve á los ángeles, y se oye su música, y hasta parece que se prueba algo de sus festines; vuelvo á mi dulce vida, que cuenta entre sus dulzuras la de olvidarte, y en su obscuridad las hermosas tinieblas de no verte á tí... He pecado, he sido indigna de los favores que el Señor se dignó concederme... ¡Perdón, perdón, Dios mío! ¡No lo volveré á hacer más!»

Cayó de rodillas, y deshecha en llanto verdadero, fácil, afluente, escondió el rostro entre las temblorosas manos. Lágrimas abundantes resbalaban por su hermosa garganta y caían sobre su seno medio descubierto. León tuvo miedo. Aquella lastimosa figura desgarrada, aquel llorar amargo, movieron profundamente su corazón. Acercóse á ella echándole los brazos, la levantó, sentóla en la silla.

«¡María, por Dios!—le dijo.—No hagas locuras. Tú misma... Serénate...»

María no despegaba de su rostro las manos. Acercó León su silla, puso la mano sobre el hombro de su mujer, trató de remediar el desorden de sus cabellos, de colocar lo mejor posible los jirones del vestido, que por la gran desgarradura mostraba desnudo el busto. De repente se sintió estrechado por un abrazo epiléptico, y sintió en su cara los labios ardientes de su mujer que le apretaban sin besarle; le apretaban como cuando se va á poner un sello en seco; y después una voz sorda, un gemido que así decía: