—Y me probaste que era mentira lo de tus relaciones con...»
María se detuvo, mirando fijamente á su esposo.
«No vuelvas sobre lo pasado—le dijo éste con bondad.—Es preciso que hagamos un esfuerzo para devolverte la salud. Tú, María, debes ayudarnos.
—Ayudaros, ¿á qué?
—A salvarte.
—¿Pues qué, no he de salvarme yo?... ¡Dios mío, he pecado!...»
Y demostró un dolor muy hondo.
«Me refiero á tu vida, á tu salud corporal que está amenazada.
—¡Oh!... No estimo yo la salud del cuerpo, sino la del alma, que veo en peligro... Hace poco, no sé cuándo, creí que me había muerto. Ahora viva estoy; pero sospecho que he de morir pronto... ¡estoy en pecado mortal!