—A una sala que se comunica con la japonesa.

—Ya ves... espían nuestros pasos, nuestras voces y... Son los testigos que se preparan para la prueba...

—Sabe Dios quién será. Supón que mi marido viene...—dijo Pepa, deslizando las palabras en el oído de su amigo como ladrón que con ladrón habla en la soledad de la estancia robada;—supón que entra aquí. Puede asesinarnos casi sin responsabilidad. La ley le ampara. Estás en la alcoba de su mujer.»

León sintió una corriente glacial por todo su cuerpo.

«Calla—murmuró al oído de la dama.—Alguien acecha; pero es cuchicheo de mujeres curiosas y de hombrecillos menguados. No tienen más arma que su lengua.

—¡Estamos aquí para que ensayen su papel los testigos!—gritó Pepa, separándose de su amante y parándose con actitud de leona frente á la puerta misteriosa.—¿Quién me escucha, quién me vigila, quién pone su oído en mi puerta con acecho cobarde?... Estoy en mi casa, estoy en mi casa, y no con palabras, sino á latigazos echaré de ella á quien no me respete.»

Después se volvió á León, diciéndole:

«¡Y todavía dudas!... Mil peligros nos rodean... Tiemblo por tu vida, tiemblo por todo.»

Detrás de la puerta había ya profundo silencio. Después se oyeron menudos pasos de mujeres alejándose.