«Oye esas pisadas de gato—dijo él.—Los cobardes no matan, pero ya nos arañarán el rostro.»
Al decir esto, ambos se asustaron porque una persona había entrado en la alcoba por la habitación de Monina. Era el Marqués de Fúcar. Venía muy alterado.
«Tengo que hablar con mi hija—dijo á León con cierta seriedad.—¡Qué sería de ella si un padre solícito no...! Después hablaré contigo, León. No, mejor será que hable antes... ¡Qué asunto tan delicado!... Vengo de... En fin... hija mía, un momento: León y yo tenemos que decirnos dos palabras. Pasemos aquí al cuarto de la nena.»
La dama se quedó en su alcoba oyendo el rumor de las voces de su padre y su amigo, pero sin entender nada. Pasado un rato, Don Pedro volvió solo al lado de Pepa. Esta miraba con afán á la puerta, esperando al que poco antes saliera por ella; pero según dijo el Marqués, ambos señores habían convenido en que el amigo no debía asistir á la conferencia entre el padre y la hija.
Retiróse León al cuarto que habitaba, no lejos de la sala Increíble, y pasó la noche en las crueles ansias del combate interior. Era éste primero como una disputa entre formidables enemigos. Después el combate tomó la forma pavorosa de preguntas, á las cuales era preciso contestar de algún modo.
¿Huir con ella en el momento? Esto no podía ni siquiera pensarse.
¿Dejarla expuesta á la mala voluntad y quizás á las violencias del otro? No podía ser.
Mas por el momento, las conveniencias le mandaban salir de Suertebella y retirarse á su casa, donde podría seguir discurriendo lo que debía hacer. Verdaderamente esto era lógico; pero más lógico era no desamparar á la que de él tan cordialmente se amparaba. Si había peligros para entrambos en Suertebella, érale forzoso seguir allí, desafiando los comentarios del público. La opinión de los demás sobre aquel asunto suyo había llegado á serle indiferente, y decidido á obrar conforme á su conciencia, despreciaba el juicio de la muchedumbre. Quedándose allí tenía que arrostrar la desagradable impresión de las visitas que le harían pronto sus amigos y conocidos, gente ávida de dar un pésame en las condiciones más singulares. Todo el mundo sabía lo que pasaba. Era seguro que hasta los amigos menos afectuosos irían á verle, sólo por verle allí, en el teatro de su doble desgracia y de su escándalo. Pensó primero que no debía recibir á nadie; y después pensó lo contrario. Sí: afrontaría con valor la implacable embestida de la curiosidad y de la novelería. ¿Por qué no? Aquel enjambre social, viviendo en el goce del pecado propio y en la eterna crítica del ajeno, no le inspiraba temor, sino desprecio. Además, Fúcar le había rogado que se quedara para prestar su cooperación á un benéfico plan que meditaba, y seguramente saldría bien á pesar de no ser contrata ni empréstito.