—Para romperla es preciso matar á alguno,» dijo León prontamente.

Pepa calló.

«Yo soy la asesinada—afirmó tras lúgubre pausa, mirando al suelo.—No: no me conformo con mi muerte, ya la llame desgracia, ya la llame castigo... ¡Qué triste es esto de sacrificarse... sí, muy triste!... aunque deba ser, aunque lo merezcamos... Veo delante de mí á dos personas respetables, un padre, un juez. Pues ante ellos y ante tí... ¡hombre mío!...»

Clavó sus ojos en él con expresión que no podía decirse si era de cariño ó de rencor. Hinchó su pecho. Parecía que necesitaba beberse todo el aire para decir:

«Hombre mío, ante estos dos y ante tí digo que este abandono...»

Se echó á llorar añadiendo puerilmente:

«... es una picardía.»

Oyóse después la voz reposada y persuasiva del magistrado que, manteniendo esta vez en reposo su dedo, habló así:

«Reduzca usted á sus verdaderas dimensiones lo momentáneo para no mirar más que lo eterno. El alma se engrandece con el dolor y hace de éste una especie de majestad que reina en la conciencia.

—Es verdad—dijo León con tristeza.—Nuestras mismas heridas nos revelan, doliéndonos, el secreto de una compensación inefable. Pepa, querida amiga y esposa mía, esposa por una ley que no sé definir, que no puedo aplicar, que no sé traer de ningún modo á la realidad, pero que existe dentro de mí como el embrión de una verdad, de una santa semilla, sepultada aún en las honduras de la conciencia, entra en tí y te hallarás más noble y grande con tu dolor que con tu pasión satisfecha... Tú eres religiosa, yo creo en el alma inmortal, en la justicia eterna, en los fines de perfección, ¡breve catecismo, pero grande y firme! Hemos caído; somos víctimas y mártires. El esperar no tiene límites. Es un sentimiento que nos enlaza con lo desconocido y nos llama desde lejos, embelleciendo nuestra vida y dándonos fuerza para marchar y resistir. No cometamos el crimen de cortar este hilo que nos atrae hacia un punto que no por estar lejano deja de verse, sobre todo si los ojos de nuestra conciencia no están empañados. Vence la desesperación, véncela, resígnate y espera.