—¡Esperar!... ¿No anunciaba yo que moriría esperando?—dijo Pepa con amargura, repitiendo una idea antigua en ella.—¡Horrible castigo mío, bien me decía el corazón que tu verdadero nombre es esperar!... ¿Y si muero?

—No importa.

—¡Que no importa!...» murmuró la mujer demostrando que el acalorado espiritualismo de León no la convencía.

Quiso él decir algo más; pero sus argumentos se habían agotado, las ideas de consuelo y de esperanza que sacaba de su mente se le perdían, como armas inútiles que se quiebran entre las manos en el fragor de un rudo combate. Ya no sabía qué decir. El sentimiento, que rara vez se aplaca con las ideas y que León había tratado de someter y encadenar, se sublevaba, reclamando su cetro despótico y su imperio formidable... Se levantó.

«¿Ya?—dijo la dama espantada, volando hacia él con súbita expansión del alma representada en los ojos.

—¡Maldito sea yo!—gritó León, rompiendo en ahogado llanto.—Miserable ergotista estoy apuñalándome con mi lógica. Farsa horrible de la idea, de la moral, de todo, no me tendrás.»

Pepa juntó las manos como el que reza para morir. Iba á decir algo subversivo, profundamente subversivo que le salía del alma como la lava del volcán... pero entró la criada que cuidaba á Monina. Venía despavorida, temblando.

«¿Qué hay?—preguntó el Marqués.

—Allí está... allí...