—Yo lo sé; yo sé lo que tienen en el fondo de su cabeza ciertos filósofos; lo sé todo; y tú eres de esos. Yo no leo tus obras porque no las entiendo; pero quien las entiende las ha leído.»

Apartóse León de su mujer vivamente afectado. Dió algunos pasos para salir de la alcoba; pero retrocediendo bruscamente, volvió al lado de María, le tomó una mano, y con voz severa le dijo:

«María, voy á pronunciar la última palabra, la última... He tenido en este momento una idea que me parece salvadora; idea que si es aceptada y practicada por ambos, nos sacará de este infierno.»

Sobrecogida de emoción y respeto al ver la gravedad con que su esposo hablaba, María no supo decir nada.

«En dos palabras te expondré mi idea... ¡Proyecto feliz!... no sé cómo no me había ocurrido antes... Es lo siguiente: yo me comprometo á sacrificarte mis estudios y mis tertulias, te sacrifico la noble amistad de los libros y de los amigos. Mi biblioteca se tapiará como la de D. Quijote, y en nuestra casa no se volverá á oir ni siquiera un concepto sospechoso, ni una observación mundana y ligera sobre las cosas más graves del espíritu, ni se hablará de ciencias ni de historia; en una palabra, no se hablará de nada.

—¡Qué felicidad!—dijo María incorporándose para besar las manos de su marido.—¿Es cierto que me lo prometes y me cumplirás lo que me prometes?

—Te lo juro por lo más sagrado. Pero no cantes victoria antes de tiempo. Ya comprenderás que no se hacen concesiones de esta clase sino á cambio de otras. Ya te he dicho mi parte; ahora falta la tuya. Yo te sacrifico lo que llamas estúpidamente mi ateísmo, cuando es cosa muy distinta; sacrifícame tú ahora lo que llamas tu piedad, muy problemática por cierto. Para que nos entendamos, has de renunciar á las devociones diarias é interminables, á confesar todas las semanas con un mismo Padre, á poner todo tu espíritu en los accidentes teatrales del culto. Irás á misa los domingos y fiestas, y confesarás una vez al año, sin previa elección de sacerdote.

—¡Oh! es mucho, es mucho—dijo María, moviendo sobre la almohada su linda cabeza cual si á sí misma se compadeciera por la deplorable mezquindad á que sus piedades quedaban reducidas.

—¡Mucho, te parece mucho, tonta! Bueno: aumentaré mi parte. Te concedo más: te concedo que si reduces tus visitas á la iglesia, iré á ella contigo.