—¡Irás conmigo!—exclamó María saltando bruscamente en el lecho como un pez recién sacado del agua.—¿Es verdad lo que dices?... Tú me engañas.
—Iré, sí; iré... los domingos.
—¿Nada más que los domingos?
—Nada más.
—¿Y confesarás una vez siquiera cada año, como yo?
—Eso...—murmuró León.
—¿Vas á decir que no?
—Eso no... ¡Oh! tú pides demasiado de una vez. Mi sacrificio es inmenso, mientras el tuyo es insignificante. Te desprendes de lo superfluo, quedándote con lo justo y razonable; te arrancas las feas tocas de mojigata para mostrarte con toda la belleza de mujer cristiana. Esto no es sacrificio: el mío sí que es grande, doloroso, pues poniendo á tus pies mis estudios y mis amigos, te pongo delante lo mejor de mi vida para que lo pisotees.
—Pero no es bastante, no—dijo María con abandono.—¿Qué te importa dejar de leer, si piensas, piensas, y pensarás siempre lo mismo? Me acompañarás á la iglesia por fórmula; entrará tu cuerpo, y tu alma se quedaré en la puerta; y cuando veas alzada la Hostia sagrada en las manos del sacerdote, soltarás dentro de tí una carcajada diabólica, si no es que estás pensando en los insectillos que ves en el microscopio, y que son, según tú, la causa del sentir y el pensar en nuestra divina alma.
—No me hacen efecto tus burlas... Conozco el origen de esos juicios ridículos. Yo te prometo una asistencia respetuosa y una atención sincera... ¡Ah! me olvidaba de otra particularidad. También has de sacrificarme... bien lo merezco... la residencia en Madrid. Nos iremos á vivir á otra parte. Elige tú.