—Mucho pides... ¡qué abuso!—exclamó la dama con entonación de un niño mimoso.—¿Y qué me das tú? Una farsa de catolicismo, una máscara de fe puesta sobre tu cara de incrédulo. No, León, no puedo aceptar.

—No hay salvación para mí,» exclamó León golpeando su cabeza con ambas manos.

Transcurrido un instante de agitación muda, miró fríamente á su mujer, y con solemne acento le dijo:

«María, nuestra separación es inevitable. Yo no puedo vivir así. Dentro de unos días todo se arreglará definitivamente. Tú te quedarás en esta casa ó irás á vivir con tus padres, según quieras; yo me marcharé al extranjero para no volver jamás, jamás.»

Se levantó. La dama piadosa á la moda le tomó las manos, y estrechándolas contra su seno, rompió á llorar.

«¡Separarnos!—murmuró sollozando.—Tú estás tonto... ¡Ingrato!»

María Egipciaca sentía por su marido un afecto semejante al que él sentía por ella. Podría existir un abismo, un divorcio absoluto entre sus almas; pero ¡separarse!... ¡dejar de ser marido y mujer!...

«Mi resolución es irrevocable,—afirmó con entereza León.

—Acepto, acepto todo lo que quieras.»