—No sé aún...

—¿Nada te llama aquí?...

—No, no saldré de España. Parece que después de lo que ocurre en mi casa y de la soledad en que vivo, nada debiera interesarme, y sin embargo, basta que me considere ausente de Madrid para sentirme lastimado. Tengo amigos...

—Voy á proponerte un hermoso retiro—dijo Pepa con agitación.—¿Sabes que junto á Suertebella, casi tocando á Carabanchel Alto, se alquila una casa preciosa?

—Junto á Suertebella...—murmuró León gozando mentalmente con esta idea.—Lo pensaré; veré la casa.

—Allí puedes dedicarte al estudio. Nadie te molestará... Es tan bonito aquello... ahora que están crecidos y verdes los trigos... ¡Si vieras cuántas amapolas...! Se ve nuestro parque, el de Vista-Alegre, y después llanadas preciosas, por donde vienen á veces las ovejas... La casa está bañada de sol y luz... Si vieras qué alegre... y luego tan chiquitita, tan proporcionada para una sola persona... ¡Qué magnífica sala para estudiar, para andar á bofetadas con los libros y entretenerte con papeles, con apuntes, con números, y para clavar alfileres á los pobres insectos!... ¡qué bien estarás allí! Los amos de la casa son personas discretas, pacíficas, honradas... y luego hay un silencio, un silencio, una paz...»

Pepa cruzaba las manos y las apretaba mucho para expresar la intensidad de aquel silencio, de aquella paz.

«No te darán muy bien de comer; pero tú no eres gastrónomo. El día en que quieras comer bien, irás á casa. No tienes más que bajar á la corraliza, abrir una puerta... dos pasos...

—¡Dos pasos!—dijo León, algo extático con aquella acabada pintura.

—Dos pasos, y estarás en la vaquería y después en el jardinillo donde juega Monina.