—¿Donde juega Monina?»

Los dos estaban muy cerca uno de otro, y con la viveza de los ademanes, correspondiente á la animación del diálogo, sus manos daban á veces una con otra como los pájaros que revolotean enamorándose.

«Monina quizás te haga algún ruido mientras estudias; pero tú la perdonarás, ¿no es verdad?»

Al decir esto, Pepa pestañeaba mucho para evitar que se le saliese de los ojos una lágrima.

«Sí, se lo perdonaré... ¡Oh! Pepa, te juro que tengo unas ganas de comérmela á besos...

—Hace quince días que no la ves, bandido.

—Mañana voy á verla,—afirmó León, y de su semblante irradiaba el gozo, como antes la fúnebre tristeza.

—Mañana... ¿De modo que te espero?—dijo Pepa dejando que se inclinara suave y maquinalmente su cuerpo á medida que su codo se hundía en el cojín.

—Sí, espérame... ¿Dices que está delicada tu niña?» preguntó León algo inquieto.

Pepa iba á contestar, cuando entró apresuradamente un criado que acababa de llegar cansado y jadeante de Suertebella. Pepa le miró con terror. ¿Qué sucedía? Una cosa muy sencilla. Que la niña se había puesto repentinamente mala, muy malita.