«Déjame solo—dijo el amo al criado.—No me acuesto esta noche... Oye, ¿se ha recogido la señora?
—Hasta las once estaba en el oratorio... Voy á preguntarle á Rafaela.
—No... no preguntes nada. ¿Quién ha estado aquí esta noche?
—La señora Marquesa de San Joselito y Doña Perfecta.
—La señora Marquesa de San Joselito y Doña Perfecta,—repitió León como un estúpido.
—Ya se han ido, luego que acabaron de rezar.
—Bueno... retírate. No necesito de tí esta noche.»
El criado se retiró observando en su amo cierto desasosiego y la especial manera de mirar que indica el tormento de una idea fija. Pero un criado no puede consolar á su amo, ni arrancarle sus melancolías por medio del cariño ó de la persuasión, y se fué. León se quedó solo, y arrojado más que sentado en un sillón, con el codo en el velador y la barba entre los dedos, medio cerrados los ojos negros como la más negra noche, pensaba... sabe Dios en qué. Tal era su alejamiento de la vida exterior, que no sintió los tenues pasos de una figura parda que entró sin hacer ruido, y más parecida á fantasma que á mujer, avanzó hasta llegar á él. Al sentirse tocado en el hombro, al volver el rostro y verla, dió León un grito. Es que á veces el estado de nuestro ánimo hace que nos causen terror los hechos más sencillos y las caras más familiares.
«Me has asustado,—murmuró.