Y á otra cosa. Hace dos noches tuve una conversación muy interesante con Augusta. Parecióme que ella misma la había buscado, con habilidad suma, como se busca y provoca una explicación Preguntóme no sé qué... estábamos solos en su casa... respondíle lo que me pareció bien, y ella pasó discretamente una especie de revista á casi todas las personas que habitualmente componen su tertulia. Al llegar á Malibrán bajó la voz, como quien revela un secreto, y me dijo: «Tengo que advertirte que Cornelio es persona muy solapada y de muchas conchas, y hay que tener cuidado con él.» Como yo le dijera que pensaba lo mismo, ella añadió: «Á mí, personalmente, no me ha hecho ninguna mala pasada; pero sé de él, por referencia, cosas que me le pintan de cuerpo entero.»
Esta breve monografía, hecha con acento de profundísima verdad, me consoló mucho. Era como una satisfacción, y la agradecí con toda mi alma. En aquel momento se me disiparon de la mente las frasecillas que había preparado días antes para echárselas á la cara si ocasión propicia se me presentaba para ello. Y aun recordándolas no las hubiera proferido. ¿Qué era? Ya lo adivinarás. Una declaración habilidosa y galante, con su poco de hipocresía. Yo había pensado decirle: «Augusta, aspiro ser el primero de tus amigos, nada más que amigo; pero el primero. Y si algún día quiere Dios que ames á alguien, aunque sea poco, pido el ascenso inmediato, ó sea pasar del primer puesto de la amistad al escalafón del amor.» De esta sutileza estaba yo muy satisfecho. Pues has de saber que después del diálogo que he referido, infundíame la mujer aquélla tanto respeto, que no hubiera osado traspasar la línea por nada de este mando. Y aun hubo algo que me contuvo más dentro del terreno de las conveniencias, porque me habló de su marido, á propósito de un asunto que trataré á tiempo; y tales elogios hizo de él y con tanta sinceridad ensalzó sus grandes prendas, que admiré sin rebozo aquella exaltada demostración de cariño conyugal. Acabó por decirme: «Ni tú ni nadie que no le trate con la mayor intimidad, puede saber todo lo bueno que es Tomás. Es como una mina inagotable, y mientras más se ahonda en ella, más oro se encuentra. Ya ves la fama que tiene de honradez, y lo que se cuenta de su nobleza de carácter, de cómo practica la caridad y todas las virtudes. Pues la fama se queda corta. Créelo, no tiene semejante, y esta sociedad no se lo merece.»
Lo decía con tanto entusiasmo, que me anonadó, Equis amigo. La impresión que saqué de este diálogo fué altamente favorable á la hija de Cisneros. Se me representó como un sér á quien se ofende sólo con la sospecha de impureza, y ante quien no debemos ni podemos sentir más que un delicado y caballeroso acatamiento. ¡Y qué mona estaba aquella tarde! que luego se hizo noche, pues si la ví al principio á la luz del crepúsculo, pronto su cara y su elegante traje se me presentaron vivamente iluminados por la luz artificial. El vestido era de seda, rayas blancas sobre azul turquí, y no olvidaré su indolente postura en uno de esos blandos muebles que llaman puff, torcido el cuerpo de modo que á veces presentaba hacia mí la cara, el costado y las rodillas. Doblaba los brazos de un modo que parecía enroscárselos en el cuerpo, y en un cambio de actitud ví una mano, con brazalete en la muñeca, que asomaba por la espalda. No te exagero. No vayas á creer que esta flexibilidad desengonzada que te pinto acusa falta de señorío ó dignidad. Es que... verás... no sé cómo decírtelo. No hay mujer que, como mi prima, parezca en ocasiones tan formada de pedazos mal unidos, ni figura que se desbarate más, para componerse y ajustarse luego en términos que resulta airosa por todo extremo.
El encargo que me haces de que te describa la casa de Orozco, con todo lo que hay en ella, fondo y forma, añadiendo un croquis de los tipos diversos que la frecuentan, no lo puedo desempeñar en esta carta. ¿Sabes la hora que es, hijito? Las doce de la noche. Llenas están ya de mis garabatos seis carillas, y economizo las dos restantes para no acostumbrarte mal y curarte de malos vicios. Duerme si puedes, que yo me acuesto y voy á soñar con las espirituales bellezas de la Rectificación de listas electorales. ¡Dichosa enmienda, y quién me habrá metido á mí á proponerte y apoyarte!...
XI
15 de Diciembre.
¿Sobre qué quieres que te escriba hoy, animal? Vamos, decídete pronto, porque si insistes en que te mande la fotografía de la casa de Orozco, te privarás de otro regalo que te tengo preparado y verdadera golosina que ha de saberte á gloria. ¿No adivinas lo que es? Tonto, mi discurso apoyando la famosa enmienda. Vamos, apuesto mi cabeza á que, entre la relación de aquel gran suceso parlamentario y la pintura de una familia, has de optar por lo primero, pues un discursazo como el mío es cosa nueva en la historia del mundo, y sabe Dios cuándo nos veremos en otra.
Ya sabes el sentido de la enmienda, la cual sólo ha sido un pretexto para lanzarme. Nada más cómodo para un ensayito fácil de la palabra. Se prepara uno bien; se pone de acuerdo con el individuo de la Comisión que ha de contestarle, y esta connivencia permite hacer una rectificación lucida. Á pesar de lo bien dispuesto que estaba, era tal mi temor, que minutos antes de comenzar habría dado mi investidura de diputado por verme libre de tan angustiosa incertidumbre. La idea de que pronto tendría que levantarme delante de tanta gente guasona, y romper á hablar, me ponía carne de gallina. «¿Cómo sonará mi voz aquí—me decía yo, lleno de perplejidad,—y de qué manera moveré estos malditos brazos, que no sé para qué han de servirme?» En vano quería consolarme, pensando que la mayor parte de los que allí hablan lo hacen bastante mal, sin que á nadie choque su falta de medios oratorios, y que es preciso llegar al colmo de lo extravagante y mamarracho para señalarse y provocar la risa.
Cuando llegó el instante fatal y oí la voz del Presidente concediéndome la palabra, tuve ganas de echar á correr, diciendo: «Si yo no he pedido palabra ninguna, ni me hace falta para nada.» Me levanté, no obstante, con un arranque de firmeza, sostenido por la idea del honor, como quien va á batirse; y mirando yo no sé para dónde, y moviendo los brazos yo no sé de qué manera, dije que era difícil por todo extremo mi situación en aquel momento, y luego no sé qué más, y... ¡otra! que no iba á hacer un discurso. Pasado un momento angustioso, durante el cual creí notar cierta curiosidad en las caras de los que estaban cerca de mí, parecióme que mi exordio caía en la Cámara en medio de la mayor indiferencia. Era todo lo que yo podía desear; y esto, lejos de desanimarme, dióme cierto aplomo. Pero la palabra se me rebelaba. Los conceptos que estudiados llevó se me trabucaron, y el hilo de la sintaxis se me enmarañó de tal manera, que hube de cortarlo repetidas veces para poder seguir. Observé que muchos padres de la patria cogían el sombrero y se marchaban. Mejor: mientras menos fueran á oirme, con más desembarazo me desenvolvería yo. Allí enjareté mis argumentos como Dios me dió á entender. Véase la clase: «Yo no traigo á este debate ninguna idea nueva; traigo una convicción profunda, traigo la rectitud de mis intenciones, traigo el firme deseo del bien general, traigo... (No recuerdo bien qué más cosas traía.) Si no llevo la convicción á vuestro ánimo, cúlpese á mi falta de medios oratorios, no á la idea que sustento; idea patriótica, señores; idea justa, idea práctica.»
Pero, por más que intentaba dar calor á mi acento, no advertí en ninguna cara señales de convicción, ni aun de que dieran importancia á lo que yo decía. Mi voz no debía oirse desde una distancia regular, porque al principio me dijeron: más alto, y tuve que esforzar la voz. Como mis dignos compañeros, salvo los amigos que me rodeaban, preferían oirme desde los pasillos, me dirigí á los taquígrafos para que tomaran bien el discurso y no perdieran sílaba. Daba también, de tiempo en tiempo, mis palmetazos en el pupitre, para expresar mi indignación contra el pícaro artículo que enmendar quería. En las paradas, y cuando me refrescaba el gaznate con un sorbo de agua y vino, los amigos que estaban detrás me decían: «Va usted muy bien, pero muy bien.» Y yo, deseando concluir, volvíame con disimulo para consultarles. «¡Qué mal lo estoy haciendo! ¡Qué plancha me estoy tirando!» La bondad de aquellos leales colegas me envolvía, para confortarme, en nubes de incienso. Detrás de mí sonaba sin cesar esta frase: «Admirable... pero muy bien...» Por último, los amigos colmaron su benevolencia diciéndome: «Acabe usted ya; redondee, redondee... Basta, basta ya...» En efecto: ya había dicho toda la substancia y me estaba repitiendo. Pero no acertaba con una conclusión airosa. La que había pensado se me escapó del magín y subídose al techo, y yo, por más que miraba para arriba, no la podía pillar. Por fin, Equis de mi alma, dando tropezones y recordando confusamente que mi olvidado final era cosa de la patria, echó mano de esta idea, como el nadador que envuelto por las olas ve un palo á que agarrarse, y salí... Salí diciendo que no podría rechazarse la enmienda sin dar una bofetada, á la patria. No, no fué así: dije que... en fin, no sé lo que dije; sólo sé que me senté y que todos los que estaban á mi lado y detrás de mí me felicitaron con efusión, apretándome la mano. «Muy bien, muy bien. Á poco que usted se ejercite, será un gran orador. Ha estado usted intencionado, intencionadísimo y contundente.»