El de la Comisión que me contestó hizo su exordio felicitándome y felicitando al Congreso por la gallarda prueba que yo había hecho de mis facultades oratorias, y á renglón seguido refutó mi elocuentísimo discurso, diciendo que yo había explanado con extraordinario talento y con pasmosa erudición una teoría inadmisible. Echóme la mar de flores llamándome su particular amigo, y una de las personalidades más conspicuas de la Cámara. Rectifiqué, según lo convenido, y estuve bastante más sereno y despabilado en la rectificación que en el discurso: le devolví sus flores con creces; nos estuvimos incensando un gran rato, conviniendo los dos en que éramos muy grandes oradores y que nos inflamaba el más ardiente patriotismo; retiré mi enmienda, y á vivir. En los pasillos me felicitaron todos calurosamente, aun aquéllos que se habían largado de los escaños apenas empecé á hablar. «Ha estado usted muy bien... Yo no le oí todo el discurso, porque tuve que salir... ¡Caramba, que hay buenas explicaderas...! Tiene usted grandes facultades, y es lástima que no las ejercite... Muy bien, amigo Infante... Venga un abrazo. Me han dicho que estuvo usted acertadísimo y muy lógico, sobre todo muy lógico.» Sin pagarme mucho de estas alabanzas, que yo he prodigado mil veces á varios Demóstenes de pega, fuí al Diario de las Sesiones á corregir mi discurso, mejor dicho, á rehacerlo, y lo dejé como una seda, tan diáfano y con una sintaxis tan redondeada, que si algún día se me antoja leerlo, tendré que decir: «Mascarita, no te conozco.» En todos los periódicos ministeriales, y aun en los de oposición, leerás que he revelado no comunes condiciones oratorias. La noticia me ha cogido muy de sorpresa; pero te aseguro que no caeré en este lazo que tiende á mi vanidad la adulación. Sigo creyendo que lo hice muy mal, y que la única elocuencia que debo cultivar es la del silencio.

Mi prima no fué á la tribuna, porque tuve buen cuidado de engañarla respecto al día de mi estreno. Por ningún caso quería que me oyese, temeroso de que su presencia me hiciera perder pie. Pero tan á mal ha llevado el quiebro que dí á su curiosidad, que no quiere perdonármelo. Anoche, cuando todos en su casa me felicitaban, empeñóse en chafarme el triunfo, asegurando saber, por conducto de un ministerial, que no dije más que vulgaridades; que mis movimientos eran torpes y desmañados, y que los pocos que se resignaron á oirme se durmieron... Con estas bromas me estuvo asaeteando toda la noche, y noté en ella algo de ira ó despecho por no haber oído mi speech.

Ya que la tengo otra vez en el pico de mi pluma, voy á referirte algunas particularidades suyas para que, desde ese escondite donde estás, la conozcas y la veas tan claramente como la veo y la conozco yo. No sé si te he dicho ya (y si lo dije lo repito ahora, porque es muy importante), que mi prima se aparta bastante de las ideas y de los gustos de su dichoso papá. Se le parece en que tira siempre á sacrificar la verdad al ingenio, y á despreciar los dictados del sentido común, prefiriendo la originalidad á la certeza, y poniendo el chiste por cima de toda idea de justicia. Pero fuera de esto, nada hay de común entre hija y padre. Augusta profesa á las tablas del siglo XV un odio casi africano, y hace de ellas graciosas caricaturas habladas y aun dibujadas, pues cuando está de vena, coge un lápiz y te parodia con cuatro rasgos aquellos santos rígidos, con las caras afligidas, las manos como palmetas, las posturas imposibles, los paños duros, aquellos fondos arquitectónicos sin perspectiva ni proporciones, aquellos animales toscos como los que pintan los chicos. Dice que de la colección de su padre apartaría dos docenas de cuadros, y lo demás lo haría astillas, si la estolidez humana no le diera un precio convencional.

Aun tratándose de pintura buena, se permite atrevidas salvedades: sostiene, sin temor á los aspavientos de Malibrán, que la aburren los cuadros de santos, la poca variedad de los asuntos, el amaneramiento de la idea, el convencionalismo de las composiciones, que vienen á ser como un estribillo que se ha oído centenares de veces. Hace gala, siempre que sale á cuento, de sus doctrinas iconoclastas en materias de arte; gusta de verse sola defendiendo contra todos la originalidad de sus opiniones, y se declara partidaria ardiente de la pintura moderna, asegurando que prefiere un buen cuadrito de género intencionado y vivo, un buen estudio realista y jugoso, á las cacareadas obras maestras de la pintura religiosa. De lo que llamamos clásico, le gusta más un retrato de Moro que todas las visiones celestiales de fra Angélico, y más un dedo de cualquier figura de Velázquez que todo Rafael. Esta independencia, un tanto afectada, del gusto, le habría ocasionado algunas desazones con su padre, si no cuidara de atenuarla ante él. Disimula, pues, por respeto y cariño; pero con los amigos pone cátedra de heterodoxia, ¡y qué cátedra, Equisillo!

En la casa de Orozco están representadas visiblemente las ideas de su ingeniosa dueña, y fuera de dos ó tres retratos anónimos atribuidos á Pantoja, y un Murillo (Malibrán dice que es Tobar), no hay en ella un cuadro antiguo ni para un remedio. Allí no verás más que pinturas frescas, nuevecitas, de buena mano, firmadas por García Ramos, Jiménez Aranda, Mélida, Martín Rico, Domínguez, Román Ribera, Sala, Beruete, Plasencia y otros muchos; escenas andaluzas ó madrileñas, tipos gitanescos, militares, marítimos, cabezas elegantísimas, grupos parisienses, majas, y además paisajes muy lindos, imagen exacta de la Naturaleza. Declarándome previamente sin ninguna autoridad, y reconociendo mi ignorancia, te declaro, con la rudeza de un bruto, que me entretiene mucho más la colección de mi prima que la de Cisneros.

Tengo que añadir un perfil á la figura, diciéndote que es muy apasionada del estilo Luis XV y del barroquismo como arte decorativo. Posee un sin fin de cacharros de gran precio, cornucopias y marcos de talla dorada muy hermosos. Cierto que el Luis XV no tiene sustitución posible para decorado de salones elegantes; pero Augusta extrema su preferencia, afectando no entender las bellezas de la ornamentación arábiga, detestando lo gótico, y sosteniendo que todo lo griego está muy bueno para cementerios.

Algo más tengo que decirte, que sería como ampliación de estas ideas y gustos de mi prima en terreno muy distante del artístico; pero las guardo para mejor ocasión, y acabo esta dándote las buenas noches.

¡Ah! se me olvidaba un perfil; pero te prometo empezar con él mi próxima.

XII

16 de Diciembre.