En el mismo bando tienes al ex-ministro que te presenté en una de mis cartas anteriores, y á un alto empleado de Cuba, cesante, que no habla más que de chanchullos de Ultramar. Dicen que es buen sastre el que conoce el paño. Aguado, que así se llama, me parece á mí que es maestro viejo, y sus ganas de volver allá no se compaginan bien con los horrores que nos cuenta. Augusta le llama el Catón ultramarino. Es un catonismo el suyo de tal calidad, que cuando le oigo, me dan ganas de poner entre sus manos y mi bolsillo una pareja de la Guardia civil. De otros que suelen arrimarse á la partida maldiciente, te hablaré si se destacan en lo que contándote voy. Allí verás algunas noches á la de San Salomó, ya bastante ajadita, pero siempre guapa, rajando con la lengua á todo el que coge por delante. Alardea de entender de política; mas de sus explicaderas no puedes colegir si es carlistona furibunda ó anarquista frenética.
Dejando á un lado la banda de los devorantes, sigo la cuenta de los que concurren con más ó menos asiduidad. No falta ninguna noche el noble marqués de Cícero, varón serio y vacío, de una modestia que no me cansaré de alabar. Practica el nosce te ipsum tan al pie de la letra, que jamás se permite el intento de formular una idea propia. Habla siempre con las ideas de los demás, única manera de hacerse tolerable. También es bastante puntual el conde de Monte-Cármenes, hombre simpático y apacible, muy rico. De su riqueza y su buena pasta ha salido la filosofía optimista que profesa con tanto salero. Nadie le ha visto nunca inquieto ni afanado por cosa alguna: todo lo encuentra bien, perfectamente bien. Puedes creer que el amigo Pangloss á su lado es un carácter tétrico.
Adelante. ¿Conoces tú á Trujillo, el banquero, y á su señora, Teresita Trujillo? De seguro que no les conoces. Ella va una noche sí y otra no, acompañada de su marido, ó de su hijo Pepe, oficial de artillería, muy guapo, que juega divinamente al tresillo. Es señora amabilísima, alegre como pocas, habladora hasta la ronquera, y que tiene verdadera pasión por los crímenes célebres. Otro que nunca falta es don Manuel Pez, que suele hablar sesuda y campanudamente de las cosas públicas. Yo voy casi todas las noches. Menos asiduo, pero también constante, es tu amigo Federico Viera, de cuya amenidad, gracia y recursos para la conversación nada te digo porque le conoces muy bien. Y el más puntual, el infalible, es mi detestado rival Malibrán, perito en bellas artes, en modas, en política extranjera, y sobre todo en mujeres, pues se las da de Tenorio, y cuando trae á colación la lista famosa de sus triunfos, no hay quien le aguante. Te juro que si llego á persuadirme de que este brillante majadero consigue, como al parecer es su intención, robarle el albedrío á mi adorada prima, vamos á tener aquí una tragedia.
Me falta señalarte otro de los puntos fijos, Calderón de la Barca, pariente, no sé en qué grado, de la señora de Cisneros, y aun creo que mío también. Orozco y su mujer le miran como de la familia. Es viudo, con pocos medios de fortuna, y padre de una niña monísima, que casi siempre está en la casa, y con la cual mi prima, á falta de hijos propios, madrea diariamente hasta dejárselo de sobra. La confianza de Calderón en la casa de Orozco tiene algo de parasitismo: casi siempre come allí, y creo que Tomás le ocupa en su administración por no verle inactivo y darle apariencias de dignidad. Es hombre muy sencillo, un buenazo, pero de imaginación tan disparada y farfantona, que á lo mejor te cuenta las mentiras más estupendas con la mayor formalidad, y...
Mira, niño, estoy cansadísimo; te mando ésta para que te vayas entreteniendo, y seguiré mañana. No hay que abusar, y eso de que yo me queme las cejas para divertirte tiene su límite. Buenas noches.
XIII
17 de Diciembre.
Pues decía que este Calderón te encaja las papas más gordas que da la fantasía humana, y se queda tan fresco. Lo mejor es que no miente á sabiendas, porque se cree á pie juntillas cuanto dice. Yo me río con él lo que no puedes figurarte. El otro día me porfiaba que un misterioso industrial de Madrid ha establecido, bajo el patrocinio secreto de altos personajes, el más extraño negocio que se puede imaginar. ¿Á que no lo aciertas? Pues el negocio consiste en hacer el matute en gran escala por medio de los carros fúnebres, de unos cuantos hombres vestidos de cura, y de unas mujeronas disfrazadas de hermanas de la Caridad. Daba tales pormenores, que parecía estar en el ajo y ser de la partida. Te advierto que en todas las extravagancias que te cuenta Calderón, hay siempre alto personaje: esto no puede faltar.
Tía de este tipo y también de Augusta, por parte de madre, es doña Serafina Calderón, señora respetable, muy querida de toda la familia, y especialmente del matrimonio Orozco. De noche nunca la ví en la casa, y hace un mes que no va tampoco de día, porque padece gravísima afección al pecho, y dicen que se morirá pronto. Desde que Augusta ha dado en pasar las tardes junto á su tía enferma, me siento muy solo en el Retiro y Castellana, y elevo una humilde oración al Altísimo para que la señora se ponga buena, ó al menos se alivie. Pero el Altísimo no me hace maldito caso, y mi prima no pasea.
Ya comprenderás que, fuera de las rabietas que paso como enamorado y no correspondido, lo paso regularmente en casa de Orozco. Allí tenemos billar, tresillo, bezigue, y algunas noches música, con grandísimo júbilo mío. Augusta toca el piano muy bien, y sería consumada profesora si estudiase algo más. Te aseguro que cuando la oigo, me transporto al séptimo cielo. Los devorantes del famoso bando capitaneado por mi padrino, aunque fingen humanizarse con el trato de Beethoven, Listz y Chopin, no dejan en paz á sus víctimas. Allí se desmenuzan las cuestiones que van saliendo, traídas por la prensa, ó por ese otro periodismo hablado sotto voce que no se atreve á expresarse en letras de molde. Hay noches benignas en que las hachas sólo despuntan las ramas; pero otras, querido Equis, caen con estruendo y furia los troncos más robustos. Creerías que están todos poseídos de un vértigo ecualitario, de un furor terrorista y guillotinante, ansiosos de establecer para los casos de moral el nivel del suelo raso. Durante varias noches se trató del crimen misterioso de la calle del Baño (habrás leído algo de esto en la prensa), y excuso decirte que prevaleció, con gran lujo de fundamentos lógicos, la popular especie de que influencias altísimas aseguraron la impunidad de los asesinos. Vino después la cuestión del escandaloso desfalco de la Deuda. Quedó probada la inocencia de los infelices que están presos, y la culpabilidad de Fulano y Zutano (personas muy conocidas). También oirás allí que en un círculo social muy señalado se cotizan las credenciales de Cuba como si fueran títulos del 4 amortizable.