Esto de la inmoralidad ultramarina, ¡María Santísima! es la correa más larga de todas. Algo se cuenta que indudablemente es exacto; pero añaden tales horrores, que me resisto á creerles. En la crítica de los negocios coloniales lleva la voz cantante aquel Aguado de quien antes te hablé, el cual estuvo allá tres años y se trajo, según dicen, media isla. Pues las cosas que éste desembucha, más son para oídas y calladas que para referidas. Ya comprenderás que allí, tratándose de la situación, es cosa corriente lo de esto se va, esto no dura tres meses, esto se cae de pura corrupción, etc. Y á lo mejor se hacen preguntas muy chuscas. «Oye, tú (dirigiéndose á mí), ¿qué hay de ese ministro que se quiere marchar porque el Consejo no le aprueba el nombramiento de director en favor de X?...» Pon aquí un nombre muy desacreditado. Rara es la noche en que alguno de la partida no lleva noticias de este jaez: «En el Consejo de hoy se han tirado los trastos á la cabeza... Dicen que andan á tiros en tal ó cual parte... Los revolucionarios, contentísimos.»

Se entabla allí cada polémica que Dios tirita. Villalonga, echándoselas de hombre de orden y de ministerial, aunque parezca mentira, defiende al Gobierno algunas veces; pero Aguado, furioso porque no me le echan para allá otra vez, sale espada en mano al combate. Su lengua es horrorosamente mortífera. «El Presidente del Consejo no dice más que embustes, y á todo el que coge le engaña como á un chino.» Otro día asegura (le consta de buena tinta) que dos ministros han reñido por cuestión de faldas; que están de uñas los tales con los cuales... Cisneros se baña en agua rosada, y aunque siempre trata estas materias de una manera espiritual, y se chunguea del ministerialismo acomodaticio de Villalonga, así como de la furibunda y ciega oposición de Aguado, no por eso es menos cáustico en sus conclusiones.

Cuando se deja caer por allí, Augusta suele defender al Gobierno por enzarzarles, y también pincha al Catón ultramarino para verle hecho un basilisco, soltando veneno por lengua y ojos. En cuanto al ex-ministro, aparenta tomarlo á broma; pero mete su cuarto á espadas, lanzando puntaditas, pues está esquinado con la situación, aunque lo disimula. Dice que va al grupo para saber noticias. Á veces las desmiente con tibieza, á veces con un calor que viene á reforzarlas. Volviendo á mi prima, te contaré algo que te hará reir. Tiene un gran talento natural, no bien cultivado. Ya sabes que se educó en Francia, que perdió á su madre siendo muy niña, y que la casaron muy joven. Su inteligencia se ha cultivado sola; hace gala, como ya te he dicho, de altiva y temeraria independencia en sus juicios, y nada le desagrada tanto como encontrarse con una opinión que los demás aceptan. Hace pocas noches aseguraba que no puede soportar la literatura española, desde Moratín inclusive para atrás, y nos dijo que, fuera del Quijote, no ha podido nunca leer tres páginas seguidas de ningún autor en prosa ni en verso, místico ni profano; que el teatro de capa y espada le es atrozmente antipático, leído y visto representar; que los tan ponderados místicos, sin excluir Santa Teresa, no valen más que para narcóticos en caso de insomnio rebelde; que varias veces intentó leer la historia de Mariana, y que siempre le ha producido jaqueca; que los romances y poemas de fabla antigua le recuerdan demasiado á su desapacible y adusta tierra de Campos, pues son la misma cosa puesta en letras, el clima helado y seco y la tierra estéril... En fin, que en literatura es también iconoclasta rabiosa, y que á ella no le den más que lo moderno español, y más aún lo francés. En lo francés, le gusta todo lo del siglo pasado; pero no pasa más allá, y hasta los padrotes Molière y Racine le resultan de una insipidez intolerable.

De esta radical opinión surgió una disputa muy viva entre ella y Federico Viera. Ya conoces el carácter de Federico; su ingenio, que sería fecundísimo si lo cultivara; sabes que jamás se queda en los términos medios; que en sus simpatías y aborrecimientos va hasta el furor, y que su desmedido orgullo suple en él, como en otros muchos, las energías de la convicción para sostener cualquier idea. Te añadiré que de los amigos de Orozco, sin contar á Calderón y á mí, Federico es el que tiene más confianza en la casa, pues su amistad con Tomás data de larga fecha. Augusta se pelea con él, siempre que hay ocasión, contradiciéndole con cierto énfasis, buscándole las vueltas, y zahiriendo sin piedad sus quijotismos. Él toma en serio los furores iconoclastas de su amiga, y ella los exagera para exaltarle. No sé el tiempo que duró aquella discusión deliciosa, en que mi prima se permitió decirle: «¡Pero qué tonto es usted...! Quiere hacernos creer que ha leído el poema del Cid. No tendría usted tan buen color.» Y él: «Sí: eso lo dice usted por afán de originalidad, y no niego que está usted monísima sosteniendo tales disparates...» Simpatizo cada día más con este pobre Viera; y si no me agradase tanto por bueno y leal, habría de gustarme por desgraciado. Á propósito de él, tengo que contarte algo que te ha de interesar.

Abur, gaznápiro. Dios te libre de caer en el bando de los devorantes ó manteadores.

XIV

20 de Diciembre.

La opinión que en tu carta me indicas respecto á mi prima no me parece ajustada á la verdad. ¿Se funda acaso en informes míos dados con ligereza y cuando no había hecho las convenientes observaciones? Pues me retracto, querido Equis; me trago todo lo escrito, y ahora, conociendo mejor cosas y personas, quiero quitarte de la cabeza esos juicios malévolos. Créelo: Agustina es buena; ama con firmísima ternura á su marido. Sus aspiraciones afectivas están colmadas, y nada revela en ella que padezca inquietudes del alma, ni curiosidades de esas comparables á las de los geógrafos navegantes que buscan mundos mejores que los conocidos. Noto en ella la tranquilidad del que está contento en su mundo y no indaga con ansiosa mirada lo que habrá más allá del horizonte. Ya estoy oyéndote decir: «Este tonto se viene cada día con una cantinela distinta... y lo peor es que pretende se le admitan todas estas ideas, variado fruto de su fecunda impresionabilidad.» Reconozco, señor maestro, que varío la tocata con demasiada frecuencia. Es que yo no me aferro á las opiniones, ni tengo la estúpida vanidad de la consecuencia de juicio. Observo lealmente, rectifico cuando hay que rectificar, quito y pongo lo que me manda quitar y poner la realidad, descubriéndose por grados, y persigo la verdad objetiva, sacrificándole la subjetiva, que suele ser un falso ídolo fabricado por nuestro pensamiento para adorarse en efigie. Ríete de mí; pero acepta la versión que hoy te mando, que es la oficial, la verdadera. Que es honrada te digo, y si me lo niegas, hombre de poca fe, nos veremos las caras.

Y, sin embargo, Equis de mil demonios, heme aquí empecatado, heme aquí sin poder vencer la diabólica intención que en mí ha nacido, y que tras largas vacilaciones se manifiesta positivamente. Mira si estoy dominado por la infernal influencia, que creyendo no es ella terreno dispuesto para el mal, me inclino á seguir tu consejo satánico. Es que los obstáculos nos infunden temeridad, y los peligros nos ilusionan más que la confianza. No, no hay allí, como tú sostienes, una fácil victoria; pero contando con la resistencia, solicitado quizás por la resistencia misma, romperé pronto el fuego.

Somos muy pillos los descendientes del señor de Adán. Llevamos el mal en nuestra naturaleza, y la cultura nos ha dado una filosofía pérfida y farisáica para cohonestarlo. La sociedad, con diarios y persuasivos ejemplos, nos incita á cursar esta filosofía, y si no lo crees, ahí tienes á mi padrino, el castizo Cisneros, que me repite á cada instante su famosa prescripción, resultado de un profundo saber sociológico: «Manolo, no seas burro. Haz el amor sin reparo alguno á las mujeres de todos tus amigos.»