Le ví lavarse y vestirse. En ello emplea bastante tiempo, y es cuidadoso de su persona hasta la prolijidad, costumbres de rico que también son incorregibles. Presenciando una de estas tardes la compleja operación, pensaba yo en su pobre hermana. Al menos él vive por las noches en el medio que le corresponde, frecuenta la sociedad, donde el cariño de los amigos compensa hasta cierto punto las tristezas de su vida íntima. La sociedad, por este medio, le da algo de lo que él se merece, á cambio de lo que la suerte y su perversa educación le han quitado; pero aquella pobre joven, ¿qué compensación tiene de su estado miserable? ¿No es un dolor que viva entre criados y gente ordinaria, envileciendo sus modales y degradando sus gustos? Me imaginaba yo á la infeliz niña conformándose con aquel género de vida grosera, sin deseos ya de otra mejor; me la figuraba en trato familiar con la estanquera y la mujer del ambulante, comiendo con ellas y con toda aquella turba de gorrones de baja estofa que invadía la casa. Y al pensar en esto, me acordaba de lo que he oído referir á Cisneros y á Orozco respecto á la madre de Federico. Era señora de ejemplar virtud, nacida en noble cuna, del linaje de los Trastamaras y los Gravelinas, muy digna, muy severa de costumbres, muy refinada en gustos y maneras. Su exquisita educación revestía de formas seductoras la rigidez de su inmenso orgullo. Padeció la mayor de las humillaciones con la inicua conducta y el envilecimiento de su marido, á quien amaba. Enfermó de pena y quizás de vergüenza. Adoraba á sus dos hijos, y cometió el error de no criarlos para la pobreza, que ni siquiera comprendía. Como te digo, pensé en la infeliz señora y en la cara que pondría si resucitara y viera á su hija en aquella facha, en aquel vivir indecoroso, miserable y soez. Pero no me atreví á decir nada de esto á Federico, y me lo guardé para cuando viniera más á cuento.

Vamos, ya estás satisfecho. Ahí tienes los informes que de tu amigo querías tener y que me has pedido tantas veces. Esta carta te causará tristeza; pero qué remedio... ¡La verdad rara vez tiene cara de pascua!

XVI

26 de Diciembre.

¡Qué pesado estás con tu exigencia de que te cuente algo de mi campaña, y de cómo he puesto las paralelas para rendir plaza tan bien artillada y defendida! Como no me gusta darme tono con fingidas hazañas, te diré que he seguido la táctica vulgar, por no ocurrírseme otra; que mi amartelamiento ha pasado y pasa por los trámites corrientes de la galantería al alcance de todos los corazones, y que soy lo que para estos casos aconsejan las reglas acreditadas por el éxito: obsequioso con discreción, puntual en los encuentros, tierno en el mirar, intencionado en el decir, triste hasta la ictericia cuando el caso lo requiere, y bastante hábil para hacerme pasar en ciertas ocasiones por el sér más desventurado que existe debajo del sol.

Estos preliminares tienen que acabarse pronto, so pena de caer en la ridiculez. Veo venir una situación insostenible si no cambio pronto las armas del sentimentalismo por las del atrevimiento. Respecto á ella, ¿qué he de decirte? Ya conoces la tesis general de que á ninguna mujer, aunque sea la misma honradez y la castidad en persona, le desagrada que se chiflen por ella. Luego, en corresponder ó no consisten las diferencias, ó sea, empleando una figura, las fronteras que separan el Cielo del Infierno. No me atrevo á jactarme de la victoria, ni á darme prematuramente por vencido. Hay días que me parece notar en la plaza un agrado excesivo por verse merecedora de tan empeñado cerco; otros creo lo contrario, y me malicio que se hace la indiferente con la pícara idea de dejarme aproximar á sus robustos muros y reventarme en una brusca y vigorosa salida. En fin, chico, permíteme que sea reservado y que no enseñe las cartas. Francamente, te voy cogiendo miedo. Y no me negarás que te asusta la degradación moral que suponen estos intentos míos. Es que se hace uno á todo, amigo Equis, y la conciencia, arrullada por los goces sociales, que se empalman lindamente para no darnos respiro, se va amodorrando y concluye por dormirse. Ya no más. Chitón.

Te hablaré, sí, de alguien que con esto se relaciona, del buen Orozco, porque ciertas especies que he oído acerca de él han repuesto mi ánimo y acallado mis escrúpulos. ¡Ah! la sociedad en que vivimos nos ofrece á cada instante materia narcótica en abundancia para cloroformizar la conciencia y poder operarla sin dolor. Te diré: estas noches he oído hablar de tu ídolo en términos muy distintos de esa opinión lisonjera que tú y yo tenemos de él. Parecía que tantas y tan diferentes lenguas se habían confabulado para quitar á ese hombre su crédito, la brillante aureola que es el principal obstáculo á mi campaña, algo como deidad tutelar que ampara la plaza más que la fortaleza de sus muros.

No sé si te he dicho que me corro por el Casino algunas tardes y noches. Me divierto oyendo contar anécdotas á dos ó tres sabedores de vidas ajenas que allí tienen su cátedra, el más sabroso y entretenido círculo social que puedes imaginarte. Nunca había oído hablar de la familia con quien me ligan tantos vínculos. Hace dos noches, no sé cómo recayó la conversación en Orozco, y uno que se pinta solo para lo que llaman allí sacar ánima, dijo de nuestro amigo que es el mayor hipócrita que Dios ha echado al mundo. «Ya no engaña á nadie—añadió—con aquella capita de perfecciones que usa. Hijo de tal padre, del famoso fundador y liquidador de La Humanitaria, no podía salir bueno.» Otro emprendió la defensa de Orozco, asegurando que en el tratado de la honradez no era ni podía ser atacable; que lo dicho por el preopinante no tenía fundamento; pero... Estos peros son temibles, y al oirlo me eché á temblar.

Vino á decir aquel mal hablado que Orozco no tiene mérito alguno. «Niego lo de la hipocresía, y afirmo que es hombre de buena fe y de cortísimos alcances. Á mí me han asegurado que todas las noches, después que se retira la tertulia, Tomás se encierra en su cuarto y se está un par de horas de rodillas, rezando y dándose golpes con unas disciplinas.» Carcajada general. Al instante salí al encuentro de esta tontería, negándola en redondo, sin que me constara su falsedad; pues ¿qué sé yo lo que hace Orozco en la intimidad de su casa, después que nos retiramos los amigos? Alguien se puso de mi parte, y se trabó una disputa muy viva, sin traspasar los límites de la urbanidad. Como en estos casos cada uno goza en rodar la bola de nieve para que aumente, allí saltó uno diciendo que mientras Tomás se pone las espaldas en carne viva, su mujer llora de soledad y desconsuelo. Otro soltó la papa de que en el matrimonio hay grandes peloteras, porque él quiere que su mujer no abra sus salones á nadie, ni dé comidas, ni reciba, ni se vista con elegancia. Sobre este tema trazó el de más allá un cuadro terrorífico de celos y zaragatas domésticas. En fin, que de absurdo en absurdo, se llegó á la conclusión de que no se sabe nada, y que tales cosas se dicen simplemente por dar gusto á la sin hueso. ¿Qué sería de los casinos si no hubiese en ellos timba y murmuración? Los más locuaces reconocían que si algo extraño ocurre en la intimidad conyugal, no puede saberse, pues ninguno de los consortes ha de ir con el cuento. Yo lo negué todo en absoluto; hubo quien me dió la razón, y los señores pasaron á otro asunto: le sacaron á la de San Salomó todito el pellejo, como á San Bartolomé, y luego fueron picando aquí y allí, hasta que llegó la hora del desfile.

En rigor de verdad, no daba yo crédito á las tontunas que oí; pero te confieso que salí de allí mal impresionado y caviloso. Mas no era sólo pena lo que yo sentía, no. Te abro mi conciencia para mostrarte cuanto hay en ella. El ver rebajada y escarnecida la figura de Orozco, me daba cierto gusto perverso. Su reputación y respetabilidad me estorbaban, como al ladrón que se propone robar la custodia le estorba la Forma consagrada que en el centro de ella resplandece. Yo no iba contra la forma, sino contra el oro y las piedras. Me alegraba, pues, de que alguien me quitara el miedo á la hostia, haciéndome creer que no era Dios ni cosa que lo valiera.