Pues aún hay más. Estas cosas no vienen nunca aisladas. Algunas noches, á última hora, me paso por la Peña de los Ingenieros, círculo modestísimo y muy agradable, instalado en un principal de la calle de Cedaceros. Allí tengo porción de amigos que también lo son tuyos: los muchachos de Minas, con quienes viví en Orbajosa, y otros de Caminos, gente toda de muy buen trato. Esta tertulia procede de un rincón del Suizo, donde hace años estuvo, y habiendo crecido considerablemente, hubo de acomodarse en local propio. Allí no hay lujo, ni timba, ni billares, ni más juego que el tresillo, periódicos y política, mucha política. Como es natural, de vez en cuando cae un asunto privado, sabroso y vivito, y ya puedes figurarte con qué gusto se ceban en él. Pues anoche, no bien desvanecido aún de mi mente lo que oí en el Casino, conversaba yo con dos ingenieros sobre el ferrocarril de Albarracín, y oí que en un corrillo próximo nombraron á Augusta. Puse atención, y anda, morena, lo que yo me temía... Estaban discutiendo si era honrada ó no era honrada. La mayoría, más por escepticismo que por otra razón, se inclinaba á la negativa. Acerquéme, echando mi parecer en medio del grupo, y recomendando la prudencia en los juicios acerca de mujeres. En esto, un señor de bastante edad, para mí muy respetable, se dejó decir que votaba resueltamente con los acusadores, y que para hacerlo así tenía pruebas. Incitado á exponerlas, escapóse por la tangente, y tergiversó la cuestión, hablando de las mujeres en tesis general, de lo aficionadas que son á practicar sus devociones en las iglesias de dos puertas, con otras muchas cosas divertidas y gacetillescas que no te transmito por no alargar demasiado esta carta. Aquello, como comprenderás, me supo á demonios, y no tuve calma hasta que no hallé manera de echar un parrafito aparte con el sujeto maldiciente; el cual, sin pararse en pelillos ni hacer misterio de sus informaciones, me dijo lo que casi á la letra te copio:
«Pues sí, amigo mío: la he visto dos ó tres noches, á primera hora, allá por mis barrios, salir de una casa que no diré sea mala; pero que no es de las que personas de tal calidad frecuentan honradamente. Su porte reservado, su manera de andar y de mirar buscando un simón, diéronme en la nariz tufillo de crimen. Soy perro viejo, y he adquirido con mi larga experiencia un olfato sutilísimo para rastrear ciertas madrigueras. Nosotros los muchachos no nos asustamos de nada, amigo Infante, y bueno es que usted se acostumbre á mirar con serenidad los fenómenos sociales más corrientes, perdiendo la pueril costumbre del no puede ser. Borre usted de sus libros esas tres palabras que son las más tontas y baldías que usamos... es decir, yo no las uso nunca para nada de lo que es físicamente posible.» Contestéle que bien podrían ser inocentes las visitas de mi prima á la tal casa, y él me arguyó, sonriendo: «Hijo de mi alma, en aquella finca no hay ninguna modista, ni encajera, ni planchadora en fino. Y no es esto decir que viva allí gente mala. Conozco á los porteros, que son la pareja más callada del mundo... Pero le veo á usted un tantico inquieto. No, no diré una palabra más que pueda lastimarle. Al contrario, torceré el curso que había dado á sus sospechas, diciéndole que quizás su prima haga esas visitas con fines de caridad. Pues mire usted: ahora caigo en que muy bien podrá ser así, y que yo me equivocara en el juicio que al principio formé... Algo inverosímil es que esas visitas de beneficencia se hagan en coche de plaza, teniéndolo propio; pero admitámoslo... ¿Por qué no hemos de admitirlo, resueltos como estamos á impedir que se manche infundadamente una reputación? Sobre todo, establezcamos la hipótesis del fin caritativo, y así descargaremos nuestra conciencia de la responsabilidad de un juicio temerario...» Las salvedades sarcásticas de aquel hombre me molestaban casi más que sus indicaciones acusadoras, y no insistí; pero sentía subir en mí la oleada de ira, y tuve miedo de ponerme en ridículo, saliendo á la defensa quijotesca de una mujer que no era mi esposa ni mi hermana. Contentéme con afirmar severamente que el móvil de aquellas visitas no podía ser malo, y el anciano, reconociéndolo así, me dijo cosas muy atinadas acerca de lo peligroso que es poner nuestra mano en el fuego por ningún hecho problemático; y lo hizo el muy pillo con tanta gracia, con tan paternal dulzura, y trasteándome tan gallardamente, que me desarmó, y concluí por notar en sus palabras un resplandor repentino que me permitía ver... Pero qué, ¿era acaso verdad?
Tan aturdido estaba al separarme de él, que no le pregunté qué barrios eran aquéllos, ni en qué calle había visto á mi prima. Me esfuerzo en desvirtuar la revelación, pero no puedo conseguirlo. La importancia y gravedad del caso crecen más á mis ojos, cuando achicarlas quiero con recursos de esa lógica forense que sirve para defender pleitos, pero no para calmar las inquietudes y suspicacias de nuestro espíritu. No ceso de pensar en esto, Equisillo. ¿Qué opinas tú? ¿Eres de la escuela de mi padrino Cisneros, y dices: «como si lo viera, como si lo viera?» ¿Te parece que se lo debo preguntar á ella misma, rogándole que me saque de esta cruel duda? ¡Ah! eso no: me lo negaría, si es verdad; y si no lo fuera, la ofendería gravemente. ¿Debo seguirle los pasos y acecharla, buscándole las vueltas? No, no me aconsejarás tú ese espionaje, indigno de un caballero... Consuélame, hombre; dime que todo ello es cavilación mía, malicia ó yerro del anciano delator. Dime eso, bruto, que estás ahí mirándome como la estatua de la razón fría... Pero en vez de consolarme, me preguntas si la amo ó la desprecio, si este descubrimiento apaga los hornos de mi pasión ó los enciende más. ¿Qué ordena la lógica? La lógica, esa gran tarasca, entrometida, farfantona, ordenará lo que quiera; pero ello es que en cuanto han surgido las dudas, y desde que he borrado á esa mujer de la lista de los ángeles terrestres... mira tú lo que son las cosas... paréceme que estoy más chiflado por ella.
XVII
2 de Enero.
Árnica, venga árnica, querido Equis, porque descalabradura como ésta no la he recibido desde que tengo cráneo. Y gracias que, con la fuerza del golpe, no haya perdido el sentido y pueda contarte el terrible accidente, y describirte mi turbación, mi pena, mi despecho, mi rabia... Ya te veo muerto de risa, y diciendo que bien ganado me lo tengo por mi depravación, por mi inmoralidad, por mi... El demonio cargue contigo. Acepto la reprimenda. Somos, en efecto, unos bribonazos los hombres de este siglito, aunque, si examinamos la condenada historia, veremos que tan pillines como nosotros fueron nuestros padres y abuelos y tatarabuelos hasta el señor de Adán; y si es verdad lo del transformismo, añadiré que lo mismo que nosotros fueron el hombre-mono y la mujer-mona.
Para mujeres monas, ésta. ¡Y cuánto me ha hecho padecer la muy pícara, solapada, ingratona!... Pero vamos por partes. ¿Te he contado que la noche de Navidad cenamos en casa de Orozco, Malibrán, Calderón, Villalonga, Viera, Cícero y yo?... Pues, mira, tampoco te lo cuento ahora, porque, si bien algunos detalles de aquella cena se enlazan con mi catástrofe, son largos de referir, y no está su importancia en relación con el gran espacio que ocuparían. Voy á lo principal. Me declaré ayer 1.º de Enero: yo creí que inauguraba un año de delicias, y me salió... mejor dicho, salí con las manos en la cabeza. Verás... Nos hallábamos solos en su casa, en la situación más propicia del mundo. No pienses que me fuí del seguro ni que hice ó dije cosa alguna de esas que le dejan á uno en ridículo en caso de negativa. Tomé toda clase de precauciones contra las demasías del sentimentalismo; me previne contra la brutalidad, sin quitar al arma del atrevimiento el importante papel que en tales batallas le corresponde; estuve patético y atrevidillo, ¡oh, Equis de mis entrañas! caballeresco y atolondrado, todo en la medida racional y justa... Y, sin embargo, me rechazó en toda la línea, y tuve que capitular ignominiosamente. Te confío sin ningún recelo el desastre, y reclamo que me eches para acá toda la compasión de que sea capaz tu grande alma, porque... Mira que tu amigo tiene en el casco un boquete por donde se le ven los sesos... Esto se llama caerse en toda regla. Hijo de mi alma, nada me valió lo bien preparadito que yo llevaba el plan de ataque, ni lo bien que se me conocía en la cara la pasión... Todavía, cuando me acuerdo de aquella firmeza, de aquella seca austeridad de mi primita, me tiemblan las carnes. Nunca me he visto en otra. Allí fué el lamentarse de haber prestado atención á mis galanterías, creyéndolas inocentes y de pura fórmula, tal como las autorizan el mundo y la moral tolerante de nuestros días; allí fué el expresar su equivocación con respecto á mí; allí el acusarme de injuriarla gravemente á ella y á su esposo, que me colma de atenciones y agasajos; y no te digo más. ¡Ah! no invocó los llamados eternos principios; pero, aunque no los invocó, procedía con arreglo á esos grandísimos hi de tal...
En resolución, que me dejó pegado á la pared, y, lo que es peor, sin esperanzas de obtener más tarde el éxito que ahora no he podido alcanzar. Aquí me tienes, pues, atajándome con una mano la sangre que me chorrea de la frente, y oprimiéndome el corazón con la otra... porque, te lo diré todo para que te rías más... después del estacazo, y al volver del mareo que produjo en mí, encontró más vivos y punzantes mis deseos de poseerla y de ser su amante. Su belleza, su talento, su boca grandecita, que es la fuente de donde brota todo el caudal de la gracia humana; sus ojos persuasivos, que te miran penetrantes, ora lanzándose hacia tí, ora recogiéndose en no sé qué misteriosa desconfianza; su talle flexible, su vestir elegante, parécenme ahora con mayores hechizos. ¡Y si vieras con qué gracia me curó ella misma la tremenda herida, ponderándome las dulzuras de la amistad respetuosa! Esto tiene chiste. ¡Qué remedio queda más que conformarse y apechugar con los arrastrados principios! Pero nuestra infame naturaleza se rebela contra ellos siempre que no se prestan á satisfacer sus caprichos, de lo que yo deduzco, en conformidad con los Santos Padres (muy señores míos), que somos los humanos una raza indecente, y que nos estuvo bien merecido que nos echaran á cajas destempladas del Paraíso, entregándonos al muy cochino de Satanás, para que nos tentara y perdiera, y nos arrastrara á los profundos infiernos.
Y ahora surge de nuevo la gran duda. ¿Es honrada ó no lo es? Ríete de mi impresionabilidad todo lo que quieras; pero escucha lo que estoy pensando. Otra vez se representa á mis ojos con los caracteres de la más pura virtud, y cuanto sospeché de ella me parece indigno, y lo que oí contar, patraña maliciosa y absurda. Te cuento todos los fenómenos que se van sucediendo en mi alma, porque eres mi confesor y nada debo ocultarte. Permíteme que analice un poco. ¿Consistirá esto en que ahora, por causa del desaire, estoy verdaderamente enamorado, y no veo en el sér que me fascina más que perfecciones? Antes quizás no la amaba de veras; empujóme hacia ella un antojo, una voluntariedad de joven del siglo, que por rutina ó moda no quiere ser menos depravado que los contemporáneos de su clase. Era aquello como un ensayo de vivir, ajustado al canon vigente. Pero ahora... ahora... Me parece que estás reventando de risa, y no quiero seguir.
Bueno, pues aunque te rías: aquí tienes á tu amigo hecho un ojeroso romántico, idealizando el objeto de su pasión, y remontándose, con ella en brazos, á los espacios infinitos; viéndola reflejada en sí mismo, con todos los atributos de sobrenatural hermosura, y adornada de las cualidades más excelsas. No te oculto que hago inútiles esfuerzos por volver á la realidad. Se me ha plantado en el magín la idea de que es la pureza misma; y recordando que la borré inconsideradamente de la plantilla de serafines terrestres, me apresuro á volver á inscribirla en ella con letras muy gordas: ¡Es un ángel! Sí, veo desde aquí tu sonrisilla escéptica; pero no me importa. Lo que sí te diré es que precisamente su celestial jerarquía es lo que más me estimula á solicitarla. Y como no siento ninguna vocación de volverme ya también ángel, mi maldad aspira á sentar plaza en las filas satánicas, y acosar nuevamente á la querubina con mis pretensiones, hasta cansarla, rendirla, vencerla y hacerla mi dama. Nada halaga tan vivamente los instintos humanos como traerse un ángel del cielo á la tierra, lo que equivale á robar la esencia celeste. Todos somos algo Prometeos, amigo Equis, ó intentamos serlo. ¿Comprendes lo que te digo? Por lo mismo que mi adorada prima se me ha puesto en un pedestal de virtud, quiero arrancarla de él, perderla y perderme, bajándonos ambos muy abrazaditos á las cavidades de ese infierno donde los amantes de verdad, dígase lo que se quiera, han de pasarlo muy bien, quemándose por dentro y por fuera.