En fin, que estoy exaltado y tú principias á inquietarte por esta enfermedad mía. Tranquilízate, hombre, y óyeme otra cosa. La política es un bálsamo para los ligeros disturbios del espíritu. ¿Lo será también para trastornos graves? No sé; lo probaremos: he de buscar en la política el desgaste de esta superabundancia de vitalidad espiritual. Desde mañana me planto en los escaños rojos, y hablaré sobre lo primero que salte, revolviendo á Roma con Santiago, y me pondré frente al Gobierno, frente á las instituciones, y... boca abajo todo el mundo: me propongo minar los cimientos sociales, como se dice en lenguaje ministerial. Es que estoy furioso; necesito vengarme. ¿De quién? de los grandes principios... que mala sarna se los coma... Verás, verás qué camorras voy á armar allí todos los días. Llegará pronto hasta tí mi fama de anarquista, demoledor y petrolero. La piqueta, la famosa piqueta y la tea incendiaria son los chismes que he de usar... Por cierto que hoy almorcé con Cisneros, y aunque no le hacía gran caso por tener todo mi pensamiento concentrado en mi amarga cuita, me mostré conforme con cuantas atrocidades echó de aquella donosísima boca. Es el tío de más talento que hay en España. Hemos convenido en transformar la sociedad y ponerlo todo patas arriba. Vengan otras leyes, otra forma de la propiedad, otra moral, otra religión, otras costumbres, otra raza, otra manera de vestir, aunque sea en cueros, otra lengua, y venga, por fin, otro planeta, que éste ya no nos sirve.

Vas á creer que firmo ésta en Leganés; pero no: la firmo y fecho en mi cuarto del Hotel de Roma, á las cuatro de la madrugada, después de pasar una noche de perros, y decidido á no acostarme porque sé que no he de dormir. No se aparta de mí la hermosa imagen austera, con toda la gracia divina y humana, coronada de aquella honradez que admiro y anhelo hacer añicos. Mírola como una santa de altar, no vestida de severos paños, sino con los atavíos elegantes de la última moda. Es un ángel que se ha entregado á las modistas. ¡Oh, qué virtud tan tentadora! No poderla tronchar en un abrazo, no poder estrujarla como se estruja una flor... Si no me modero, amigo mío, voy á salir por esas calles tirando piedras.

No te enamores, Equis, no te enamores; dedícate en esa tierra, con malos fines, á las Galateas de refajo amarillo. Y si alguna te sale con que debajo de todas aquellas bayetas está la honestidad, renuncia á las vanidades del mundo y métete cura.

XVIII

6 de Enero.

Bueno, hombre, bueno: variaré la tocata. Creo, como tú, que eso me tranquilizará. Esta tarde fuí á ver á Federico. Tuve intenciones de confiarle mi pena; pero luego me rehice de esta debilidad, y mutis. Por cierto que observé allí cosas que me hicieron gracia. Cuando entré, á eso de las dos, nuestro amigo acababa de despertarse y había pedido el almuerzo. Para funcionar con más desembarazo, Claudia, después de dar la teta al nene, le colocó bien abrigado en el lecho de Federico. Este apartó las sábanas y me dijo: «Mira lo que tengo aquí.» Mucho nos reímos los dos, y más aún cuando despertó el chicuelo y se puso Viera á jugar con él, haciéndole cosquillas, y dejándose tirar de la barba por las manos delicadas del tierno infante. Pero habías de ver aquello cuando pusieron la mesa sin patas sobre la cama, y empezaron Claudia y Clotilde á servir el almuerzo. Lo mismo fué olerlo, que entraron de rondón cuatro canarios de alcoba, hijos de Claudia, el mayor como de seis años, la más pequeña como de dos, y piando y gorjeando se enracimaron en los bordes del lecho. Uno daba un brinco hasta plantarse en las almohadas, tocando con sus patitas la cabeza de Federico; otro se encaramaba por los pies. Su madre les reñía, llamándoles insolentes y granujas; pero no se los llevaba. Federico, de todo lo que iba comiendo, les repartía por turno, con el tenedor, diciéndoles: «Ahora tú... No más... Formalidad, y todos probarán.» El de teta, que estaba entre las sábanas, con aquella algazara empezó á berrear, y Clotilde tuvo que cogerle en brazos. Tan fuertes chillidos dió el angelito, rojo y apoplético, los puños cerrados, soltando gruesos lagrimones, que fué menester llevársele fuera. Sus hermanos eran más amables. Federico tuvo que andar con ellos á trastazo limpio; pero no se dieron por ofendidos. Al fin del almuerzo, la cama estaba como si hubiera pasado por encima de ella un regimiento de caballería. No pudo evitar Viera que cogieran los libros que allí tenía, ni que el mayor los examinara deletreando el título, ni que la pequeña les arrancara algunas hojas como quien no hace nada. Claudia se los llevó con no poco trabajo, y volvieron á entrar, y costó un triunfo echarles de nuevo. Toda la tarde estuvimos oyendo el rumor de su batahola en la cocina. Á mis observaciones sobre la paciencia con que tolera molestias fáciles de evitar, contestóme Federico con el qué más da, que usa siempre para disculparse de su abandono.

Noto en él una indiferencia parecida á la resignación. Su melancolía envuelve cierta pereza intelectual, como si acobardado ante su mala suerte, sintiéndose incapaz de luchar con ella, se le entregara sin quejarse. La conversación que acerca de esto sostuvimos mientras se vestía, llevónos á tratar de su hermana, que me ha inspirado tanta lástima desde que la ví. Arriesguéme á censurar, con el tacto necesario para no lastimarle, el abandono en que la tiene. ¿Por qué no la presenta en sociedad? ¿Por qué no la inclina al trato de sus iguales, librándola del roce de personas sin educación, ennobleciendo su vida, y tratando de proporcionarle un buen partido? Á esto me contestó, con fría amargura, que tales habían sido sus propósitos; pero que ha renunciado á ellos por la resistencia que su propia hermana le opone. La ruína de la familia cogió á Clotilde en la transición de niña á mujer. Vinieron terribles días de penuria, y la pobre joven, criada en colegios de lujo, se vió privada hasta de lo indispensable, sin poder reunirse con sus amigas más queridas. De aquellos días data su encogimiento huraño y su gusto de la insignificancia y obscuridad. No tardó mucho en acomodarse al aburrimiento que le prescribía su desgracia, consagrándose á cuidar de su hermano; y aunque éste hizo esfuerzos increíbles por ponerla, al menos aparentemente, en otras condiciones de vida, cada día encontraba en ella resistencias mayores. Poco á poco la pobre niña se iba encariñando con las criadas en cuya compañía estaba constantemente; llegó á perder toda afición á vestir bien, y sus gustos delicados se fueron embasteciendo hasta parar en el desaliño. El qué más da de su hermano la contagió como una diátesis de familia; no supo sostener el esmero de la persona, refinado y minucioso, que aquel conserva en medio de su indolencia. Se habituó á los modales descompuestos y al inculto lenguaje de aquellas tarascas, y ha concluído por comer con ellas, cuidar los chicos de Claudia, y no hallarse bien sino en tal compañía. Estas familiaridades con gente baja han influído en su carácter de tal modo, que apenas tiene ya la conciencia de su mérito personal. Es algo salvaje: cuando yo voy allí, huye como una cierva, evita mi conversación todo lo que puede, y si forzosamente tiene que hablarme, la noto cohibida y como temerosa de no expresarse bien. ¡Pobre niña! Te aseguro que me inspira compasión. Su mirada inteligente y tímida es de esas que no se olvidan.

Á mis indicaciones sobre esto, contestó Federico así: «Hoy por hoy, apartarla forzosamente de estas mujeres, sería una crueldad, porque les tiene inmenso cariño. Cierto que ha perdido sus modales; cierto que sus gustos se han hecho toscos, y que su persona se ha rebajado; ¿pero yo qué puedo hacer? Soy pobre. No puedo luchar con mi infame destino. Adelante, y hasta el fin, si esto tiene algún fin.»

Hícele notar que su hermana está en la edad en que por donde menos se piensa salta el amor, y bien valía la pena de mirar con interés asunto tan delicado. Encogióse de hombros, y me dijo que ni aun sospechaba que Clotilde tuviese novio ó pretendiente. No insistí sobre este particular, por no aparecer más papista que el Papa; y ya que de amores hablábamos, no sé por qué sentí nuevamente deseos de confiar á Federico los míos, ó mejor dicho, mis frustradas esperanzas. Pero también supe contener aquella segunda tentación de espontaneidad.

Pude observar aquel día que la casa de este hombre infeliz es un jubileo mareante. Razón tiene en decir que el sonido de la campanilla le produce un estado nervioso y cardiaco que ya constituye verdadera enfermedad. Los acreedores y pedigüeños se suceden sin interrupción, y una de las mayores dificultades del gobierno de aquella casa es lo que llamaríamos el servicio de puerta. Clotilde se ha hecho á este innoble servicio, y lo desempeña hábilmente, con todo el manejo de mentiras diplomáticas que el caso exige. Á unos les engaña, á otros les manda volver la semana próxima, á los más les engatusa con bonitas promesas. Hay usureros de fuste, que pasan siempre y se entienden con Federico, el cual les recibe de mal talante, con cariz avinagrado y duro. «Á estos tipos—me dijo un día,—hay que tratarlos á la baqueta, y no tenerles consideración alguna. Es la manera de que nos sirvan bien. Al que se hace de mieles, se le comen vivo.» En cuanto á sablazos, no he visto debilidad como la de nuestro amigo para dejárselos pegar. Allí van llorones que le encajan mil embustes, y como le cojan con dinero, le dan el timo. Yo le recomendé que mirase mucho á quién socorría, y me respondió: «¿Qué más da? Estos infelices también han de vivir. Cada uno se las arregla como puede.» Y los condenados se dan tal maña, que hasta parecen adivinar cuándo tiene cuartos, para caerle encima como las moscas. Dice que el único placer de la vida consiste en dar. La cara que ponen los pedigüeños, el brillo de sus ojos cuando sacan tajada, vienen á ser como una visión de alegría, un rayo celeste á que no puede renunciar quien vive entre negruras, sin ver más que esas caras muertas, esas máscaras de la sociedad culta, que nunca reflejan los grandes goces del alma.