¿Qué te va pareciendo esto? ¿Qué piensas del pobre Viera? Hay que reconocer que si algunas de sus facultades duermen, si su conciencia se amodorra, tiene siempre bien despierto el punto de dignidad y de amor propio, y con esta especie de virtud disimula en sociedad los desastres de su vida íntima. Te repito que he intentado ayudarle á salir de apuros, y que me tapa todas las brechas que trato de abrir en su susceptibilidad, para introducir con delicado contrabando mi socorro. Otros amigos que pretendieron lo mismo no han logrado rendir su orgullo. ¡Qué mal efecto me hace verle de noche en casa de Orozco, de la San Salomó ó de Trujillo, y recordar, mientras le veo y le oigo, las tristezas de su modo de vivir, y los cuadros lastimosos que he visto en su casa! Los muchos amigos y amigas que tiene en sociedad, aunque algo saben de sus ahogos pecuniarios, ignoran lo que yo sé y he visto. Algunos ¡ay! le admiran. Hay quien le envidia. Es Federico de estos hombres que se hacen querer en cuanto se les trata un poco. Su perfecta educación (en lo tocante á modales y á la vida externa); aquel aire de modestia, no incompatible ciertamente con su orgullo, y que más bien lo templa, lo ennoblece, convirtiéndolo de defecto en cualidad; su gracia melancólica en la conversación; aquel mismo abandono moral, tan semejante al cansancio, cautivan y desarman, predisponiéndonos á la indulgencia. Físicamente, algo tengo también que decirte. Su cara, que es un prodigio de expresión y movilidad, comienza á desmejorarse. Me parece bastante anémico, y envejecerá pronto. Ya se le ven algunos hilos de plata en la barba negra y en las sienes, y su mal color revela la insana costumbre de hacer de la noche día. Asegura que vivirá poco, y creo que no se equivoca.
Y ahora se me ocurre hablarte de la Peri. Dirás tú: «¿Y quién es la Peri? ¿Y por qué eslabona este tonto el nombre de Federico con el de esa que no sé si es mujer, ó gata, ó yegua?» No te hagas el virtuosito y el morigeradito, diciendo que no conoces á la Peri, y que á tí no te hablen de ninguna moza de éstas que llaman del partido. ¡Hipócrita, me quieres hacer creer que con esa capita de seminarista ó de filósofo motilón, no te haces el perdidizo alguna vez en las enramadas del jardín de Venus! Pero, en fin, te concedo, si tu gazmoñería se empeña en ello, que no ha llegado á tu noticia el excelso nombre de la Peri. Los sabios suelen estar muy atrasados de noticias, y de fijo tú sabes más de Semíramis ó de Aspasia que de esta contemporánea nuestra. Voy á sacarte de dudas y á enriquecer tu erudición en lo tocante á heroínas modernas. La Peri... esto de la Peri yo no sé de dónde diablos viene. Puede que algún rancio etimologista te lo pueda explicar. Yo lo que sé es que se llama Leonor, y que el origen del apodo se encontraría en el misterioso lexicón de la gente del bronce. También sé, sin necesidad de recurrir á las bibliotecas, que Leonor es monísima, elegante, depravada y con muy buena sombra para hacer olvidar su relajación; mujer de excepcionales dotes para atontar á los hombres, y que, de nacer en Francia, habría sido una celebridad. Aquí no lo es sino en los círculos puramente madrileños y á media voz; pero su fama, sin llegar nunca á la difusión que dan las letras de molde, toca en los límites de la popularidad. Se ha comido á media docena de hijos de familia, y se ha merendado á dos ó tres viejos verdes. Es simpática, todo lo simpática que puede ser una serpiente de manchada piel, cabeza chata y diente venenoso. Y de rodillas ya ante el confesonario, me golpeo el pecho, y te digo que yo también me he dejado tentar de esta hermanita de Satanás; pero que, si enfermé de su ponzoña instantánea, la curación ha seguido prontamente á la picadura. Es que somos pura fragilidad los jóvenes de esta generación. Échame un sermoncito, hombre; échamelo, por amor de Dios.
Con decirte que somos jóvenes, y que no hay mayor tontería que llegar á la vejez sin probar cuanta manzana y cuanto melocotón y cuanta breva dan los frutales de la vida, me parece que te contesto bien y aun que te dejo callado. Pues bien: durante algunas noches hemos pasado los amigos y yo ratos muy agradables en casa de la Peri... No te asustes; no se trata aquí de pecados contra la honestidad. Íbamos simplemente á que nos echara las cartas. Te mueres de risa si llegas á venir con nosotros, porque la verdad es... (váyanse al cuerno tus moralidades y todo el fastidioso empaque de tu filosofía) que tiene esa mujer la sal de Dios para echar las cartas, y que otra más serrana no ha nacido en el mundo. Lo gracioso es que se cree todas aquellas paparruchas gitanescas, como si fuesen el Evangelio. Y si vieras: parece que realmente le adivina á uno los pensamientos, y que, pitonisa de nuestra época de realidad, levanta el velo de lo porvenir y desmiente las leyes de la razón. Me gustaría verte allí, tronando severamente contra la cábala, y rindiéndote á las carantoñas de la linda bruja, como cualquier hijo de vecino.
Pero tú dices: «¿qué tiene que ver esa diablera con mi amigo Federico?» Voy allá, hombre; voy allá, y no seas tan vivo de genio. Pues, si se han de creer las apariencias, hoy no son amantes; pero lo fueron cuando la Peri sentó plaza. En el actual momento histórico se tratan con familiar y honesta amistad, aunque ella tenga sus enredos más ó menos transitorios con personas que la mantienen. Esto he oído, esto te cuento. Dícese, y podrá ser verdad, que Federico la socorre á ella en los casos de penuria; dícese también, y esto lo pongo en duda, que Leonor le echa á su amigo un cable cuando le ve con el agua al cuello. ¿Lo crees? ¿Te parece verosímil que hombre tan delicado y susceptible, rebelde al auxilio de sus amigos, acepte los de una mujer de tal clase? Yo rechazo la versión maligna, que me parece forjada por la envidia ó el pesimismo de esta sociedad. Pero te diré una cosa, para tu gobierno. Federico, al menos conmigo, no hace misterio de su amistad honrada con esa buena pieza. Ayer hablamos de ella en la calle, yendo á casa de Orozco, donde comimos, y me dijo lo que á la letra copio para que vayas atando cabos: «Te aseguro que esa pobre Leonor es una buena mujer, y que no conozco un corazón más noble que el suyo.»
Y basta de Fritz. Ya ves cómo te he complacido, escribiéndote una carta absolutamente limpia de toda murria wertheriana. He tenido que violentarme y poner diques y compuertas al flujo de mis cuitas amorosas. Dí ahora que no sé guardar las debidas consideraciones á mis amigos, ahorrándoles las náuseas de una toma fuerte de sentimentalismo. Pero alguna vez me ha de tocar hablar de lo mío. Prepárate para la próxima.
XIX
8 de Enero.
¿Pero es broma ó qué es? Dices que vas á dar mis cartas para el folletín de El Impulsor Orbajosense, ¡arre! ilustrado periódico de esa localidad, órgano de los intereses materiales y morales, etc. ¿Sabes que tendría gracia? Pero aun variando los nombres, la broma sería tan pesada, que no habría más remedio que retarte en duelo á tí, y poner las peras á cuarto al cojo ese que dirige el papel, y que me tiene tan mala voluntad desde que le quité la Administración de Loterías para dársela al marido del ama que me crió á sus castos pechos. Basta de guasas, Equisín; no me irrites, no me cosquillees con tus chirigotas maleantes; mira que estoy echando chispas, y si llego á estallar... ¡Dios mío, cómo me he puesto! Si me pica una pulga, creo que me ha mordido un perro rabioso; si tengo que cerrar una puerta, doy con ella tan fuerte golpe, que se estremece todo el Hotel; si la pluma con que te escribo saca un pelo, ¡zas! la estrello contra la mesa; si tengo que llamar, echo abajo la campanilla y se me enredan en el cuello cuatro varas de alambre; en fin, estoy hecho una fiera. Me muerdo á mí mismo, y por no poderme soportar, me mando á paseo, dándome de puntapiés.
Y lo que me pasa no es para menos. Tú, con esa flema que Dios te ha dado, estarías tan fresco. No truenes contra mi repentinismo: cada uno es cada uno. Mis afectos propenden á la amplificación, y cuando gozo ó padezco paréceme que en toda la anchura del mundo no caben mi placer ó mi martirio. No me enfado nunca á medias. Si riño con un amigo, despídome de él para siempre. Siéntome niño en mis dolores y en mis alegrías. La ligera ofensa se me hace mortal agravio. Tengo miedo á enamorarme, porque fáltame asiento en la voluntad, y voy como buque sin lastre en un mar agitado: á cada tumbo me parece que veo el abismo abierto á mis pies. ¡Por qué no nacería yo en tiempo de los frailes para meterme á motilón y vivir en dulce uniformidad, sin pasiones, sin estímulos, hecho un honesto marmolillo y un mano inconsciente!
Como esto siga así, ya puedes encomendarme á Dios. Esa cruel nereida, perdona el clasicismo, va á acabar con tu infeliz amigo. Sigue en sus severidades, echando cada día sobre lo que llama mi capricho, jarros y más jarros de agua frapée, moral pura de la más cargante y trasnochada, de la de catecismo con preguntas y respuestas. Á veces creo que me ha tomado á mí por cabeza de turco, para ensayar la fuerza y empuje de su virtud, y hacer gala de ella ante el mundo. Estas virtuosas me fastidian. Paréceme que no son virtuosas por la satisfacción de serlo, sino por ganarse un premio en el Derby de la honestidad.