Á pesar de su humorismo, y de la perfecta tranquilidad, superior á todo disimulo, que su semblante revelaba, insistí; y él entonces, poniéndose muy serio, me dijo: «Si una declaración mía formal no te basta, no sé qué puedo hacer. Te juro que estás en un error. Y aunque los juramentos estén pasados de moda, me veo en el caso de jurar, por lo que valga. Te juro que no hay nada de lo que sospechas. ¿Lo crees? Bueno. ¿No lo crees? Allá tú.» Y después de otras cosas que no han persistido tan claramente en mi memoria, añadió esto: «Todo lo que hay en aquella casa es sagrado para mí.»

Y ahora, Equis mío, no te alborotes si te digo que Viera me convenció. Toda esta tarde, mientras estuve en su compañía, viéndole lavarse y vestirse, mi espíritu no cesó un instante de machacar en la misma idea, como herrero en la forja. La segunda revelación parecíame fallida; pero la primera, la del despertar, aquélla no había quien me la quitase. Federico lo intentó con hábil dialéctica; pero nada pudo conseguir. Yo discurría así: «Lo que es éste no es; pero será otro, y ese otro, ¡vive Dios! yo lo he de encontrar.»

Salimos y paseamos juntos. Federico se permitió darme bromas sobre aquel caso; yo me sentí un tanto ridículo, fingíme aliviado del mal de amores, y aun me burlé un poco de mi desvarío, atribuyéndolo á mi carácter impresionable. No comimos juntos aquella noche. El se fué no sé á dónde, y yo al hotel de Cícero. Luego fuí á casa de Orozco y me encontré á éste con un fuerte catarro, por lo cual su mujer no quería ir á la reunión de San Salomó; él la instaba para que fuese, y me suplicó que la acompañara. Por fin se decidió. Vistióse en un momento, y salimos. Al entrar en la berlina, yo no me encontraba muy satisfecho, porque, de no ser amante, el papel de sigisbeo, aunque en el mundo sea un papel envidiable, á mí no me agrada.

«Me ha contado papá que hoy estuviste en su casa—díjome Augusta cuando la berlina echó á andar,—y que parecías medio loco.»

La contestación en el próximo número. Ya no veo lo que escribo, de cansado que estoy. Buenas y santas.

XX

10 de Enero.

¿Qué tal? ¿Te resulta esto divertido, ó te parece extravagante, empalagoso, digno sólo de figurar en el folletín de El Impulsor Orbajosense? Vamos, me ha hecho reir tu idea de que podría publicarse, trocando los nombres por otros extranjeros, suponiendo la acción en Varsovia y anunciando á la cabeza que es traducción del francés... Cállate la boca, ó te estrello. ¡Publicar esto... vamos, ni aun con tales disfraces! Además, si como representación de hechos positivos pudiera tener algún interés para los conocedores de las personas que andan en el ajo, como obra de arte resultaría deslucido, por carecer de invención, de intriga y de todos los demás perendengues que las obras de entretenimiento requieren.

Quedamos en que nos metimos ella y yo en la berlina. Bueno. Nunca me había parecido tan guapa como aquella noche. Vestía... Aquí de mis apuros. Soy tan torpe para describir trajes de señoras, que cuando lo intento digo los mayores disparates. No sólo ignoro los nombres de ésta y la otra prenda, y de las distintas formas de toilette, sino que confundo los nombres de las telas. Está visto que para revistero de salones no sirvo yo. Sólo te diré que estaba elegantísima, que llevaba abrigo de pieles, que el peinado... ¿Cómo lo diré si no doy pie con bola en estas quisicosas? Pues llevaba el pelo recogido hacia arriba formando un pico, y en éste una joya, algo que echaba chispas cuando mi ingrata movía la sin par cabeza. ¡Ah!... se me olvidó: el pelo ligeramente empolvado. Los guantes eran claros, de muchísimos botones; eso, eso, la mar de botones. Cuando entré, ya los llevaba puestos. Yo habría deseado que no, para ayudarle en la operación de abrochárselos. En el pecho una flor, rosa... no diré que amarilla; pero amarillenta, sí. Nada de escote, chico. Y en la fisonomía, ¡oh, desventura! en el resalado hociquito, nada que me alentara, nada que me significara una promesa. Á lo que dije, contestóme severa, indiferente. Comprendí que mi juego era mostrarme tranquilamente resignado, y así lo hice, diciéndole poco más ó menos: «Descuida, que ya no te molesto más. Me he convencido de que es una insensatez pretenderte... Cuando se llega tarde, no hay más remedio que tener paciencia. Y mi sino es llegar siempre tarde. Otro más feliz que yo ha merecido lo que á mí se me niega...»

Creí notar inquietud en su mirada. Fué como un relámpago. Volvió la cara para mirar hacia fuera, y después de una enfadosa pausa me contestó así: