«Hay que dejarte. Estás insufrible de tonto, de loco y de no sé qué.»
El coche había recorrido la calle Ancha, y atravesaba Chamberí para bajar á la Castellana por las casas de Indo. Densa niebla luminosa y blanca se aplanaba sobre Madrid. No se veían las casas ni los árboles. Las luces de gas, desvaneciéndose en la claridad lechosa, formaban discos, en algunos puntos teñidos de un viso rosado, en otros de verde. Augusta y yo observamos aquel fenómeno, y alguna observación hicimos acerca de él; pero en realidad lo que decíamos era un pretexto para ocultar nuestra turbación. No era yo solo el intranquilo y preocupado; ella también lo estaba. Me miró y me dijo: «No creí yo que fueras tan mala persona.
—Yo seré todo lo mala persona que quieras, Augusta; pero ello es que tú no te atreves á negar lo que he dicho, y aunque lo negaras, de nada te valdría, porque lo que sé de tí, lo sé, fíjate bien, como si lo hubiera visto.»
Observé en su boca y en sus ojos esa expresión particular de quien se esfuerza por tomar á risa lo que no es para reir. Mientras más contraía sus labios, más seriedad resultaba en aquel semblante.
«No me llames malo—le dije, estrechándole una mano, que no se atrevió á retirar de las mías,—ni temas que de mí pueda venirte ningún sinsabor. Si algo sé que tú quieres que ignore todo el mundo, hazte cuenta que soy como un muerto. No temas nada.»
¡Qué bien leí en su alma en aquel momento, aun sin verle la cara que hacia el cristal volvía! Su voz resonaba con timbre extraño al decirme: «¡Qué tontería!... ¡Si no te hago caso!»
Y hasta me pareció que su mano temblaba. Al través del guante, no sé qué estremecimiento de la epidermis me revelaba que la señora de Orozco me había cogido miedo. Y su miedo me permitió lo que nunca me había permitido su confianza: besarle la mano. «Augusta, yo estoy loco por tí. Me has hecho desgraciado para toda la vida...»
Y ella seguía observando la neblina, en la cual los discos luminosos, formados por la llama al desleírse en la humedad, crecían ó menguaban al paso del coche.
«Augusta, yo soy y seré siempre el primero de tus amigos, fervoroso, leal, dispuesto á sacrificarlo todo por tí, á evitarte cualquier pena. No me conoces, si supones que de mí, de mi indiscreción, motivada por el despecho ó los celos, te puede sobrevenir algún mal.»
Volví á besarle el guante. El miedo empezaba á disiparse en su alma, ó á ser vencido por otro sentimiento. Retiró su mano, diciéndome: «Paciencia necesito para oirte.