—Paciencia necesitamos todos—le contesté.—Seamos indulgentes unos con otros. La tolerancia es la norma de la vida. No te asustes porque me veas poseedor de tu secreto.»

Vuelta á mirar para fuera. Otra vez me tenía miedo.

«Te digo que no te asustes; no temas al mejor de tus amigos, al que se dejaría matar antes que hacer nada que te perjudique.»

Quiso sobreponerse á la zozobra que la dominaba, y me amenazó con su abanico.

«Mira que te pego.

—Pega, pero escucha.

—Estás cargante.

—No estoy sino sumiso. Te obedezco; no tengo más voluntad que la tuya. Soy tu esclavo. Algo más te pudiera decir; pero hemos llegado, y se acabó la función...»

Al volver á mi casa, desde la de San Salomó, me he puesto á escribirte. Son las tres de la mañana. En mi mente hay un gran barullo. Nada ví ni observé en aquella reunión que me dé la luz que necesito. Toda la noche me he sentido desorientado, estúpido á veces, á ratos tan excesivamente sutil, que he imaginado los mayores absurdos. Mi suplicio consiste en una interrogación que me causa ardores semejantes á los de la sed: «¿Quién será?» Porque Federico no es. Me lo juró en un tono tal de sinceridad, que no es posible creer que representara una comedia. ¿Será Malibrán? ¿Tendré que admitir ahora la hipótesis que antes deseché? El diplomático es hombre que debe poseer en grado supino la aptitud de seducir. Á la expresión delicada y soñadora de su rostro, corresponde lo agudo de un ingenio puramente florentino. Tiene, por su madre, sangre italiana; sabe fingir, adular, hacerse grato, componer su rostro. ¿Será Malibrán, Dios mío, y al arte de enamorar une el del disimulo con toda la perfección diplomática y maquiavélica?

Cuando perdía terreno en mi ánimo la candidatura, digámoslo así, de Malibrán, lo ganaban otras. Hasta se me ocurrió si será Calderón de la Barca, el pegajoso amigo de la casa, el papá de Estefanía. No: esto es inadmisible. Á Calderón le miran marido y mujer como un hermano... Sin embargo, podría ser... Al fin desecho á Calderón, y me fijo en otros: en un oficial de artillería, sobrino de las de Trujillo, muy buen muchacho; me fijo también en Villalonga... ¡Quiá! ¡Villalonga, gastado, lleno de canas... y tan poco apreciable moralmente!... Imposible, imposible. Busco otros; paso revista, analizo...