Querido Equis: no sé lo que me pasa ni cómo puedo escribirte, ni si entenderás estos garabatos. Mi mano no acierta á trazar las letras. La sorpresa, el pavor de esta misteriosa tragedia han desquiciado la máquina toda, y no sé lo que hago ni lo que digo, ni aun lo que siento. No te escribo para darte la tremenda noticia, que ya sabrás por los periódicos (hoy no se habla de otra cosa en Madrid). Te escribo para que no te inquietes, juzgando que podría tocarme alguna parte en las complicaciones de este asunto... No me toca más que el horror de que estoy poseído, la confusión espantosa que me acongoja más que el horror mismo... Ayer al mediodía, hallándome en la cama, sentí que me despertaban, sacudiéndome un brazo. Era Calderón: le miré entre dormido y despierto... Figúrate el efecto que harían en mí estas palabras que me dijo: «Levántate... ¿no sabes lo que pasa?... ¡Federico Viera asesinado!... ¡Su cuerpo encontrado hoy en un muladar, allá, no sé dónde!... Levántate.»
Creí soñar... Me revolví contra Calderón... Bromas pesadas... creí que eran bromas. Su cara consternada me hizo estremecer... Él me iba echando la ropa encima de la cama para que me vistiera. Yo me volví estúpido... No podía creer tamaña atrocidad... ¡Asesinado! ¿Y por quién? Es lo primero que se ocurre. Calderón me dijo: ¿Por quién? La justicia lo averiguará... ¡Pobre muchacho!... todo el cuerpo lleno de balazos y cuchilladas...» Levantéme temblando, la garganta oprimida, sin poder hablar... «¿Dónde?—¡Allá!...» ¡Valiente información! ¡allá! «Le han llevado al Depósito—añadió Calderón.—El juez amigo mío no conocía al muerto; pero, por algo que se halló en su cartera, se supo su nombre. Me avisaron... Le reconocí. Miedo horrible, querido Manolo. El juez quiere identificación en regla. Vamos tú y yo... La hermana no lo sabe. Vamos.»
Todo se me volvía preguntar: «¿Pero quién le ha matado?...—Vete á saber... lances del juego quizás... amores... venganza... Vete á saber. Misterio. Yo no lo entiendo... Vamos. ¡Qué trance!» El pobre Calderón estaba como trastornado. Yo más aún. Salimos, tomamos un coche, fuimos allá... Antes pasamos por el Juzgado de guardia: se nos unió un médico forense. ¡Qué día, Equis! Si mil años viviera, creo que no podría olvidar las emociones espantosas de ayer, la pavura que llenaba mi ánimo... Hoy me es imposible referírtelas: diría mil disparates, no acertaría á expresar cosa alguna con claridad... Si te escribo hoy es para que te tranquilices con respecto á mí. Estoy abrumado de pena y horror; pero nada más. Mañana, si logro tranquilizarme, te contaré todo... ¡Ay! presumo que habrá materia larga, más larga de lo que convendría. Necesito descanso. En veinticuatro horas no he podido pasar bocado; sólo he tomado café y más café... Dormir, imposible. Aguarda un día para que te entere de lo que he visto y sentido... no de la verdad, que ignoramos. Estamos todos en completa obscuridad respecto al tremendo suceso. Adiós.
XXIX
4 de Febrero.
Yo no sabía lo que me pasaba, al recorrer en coche, con el juez, escribano y médico forense, la distancia entre el Juzgado y el Depósito. Los pensamientos que durante aquel viaje lúgubre asaltaron mi mente, querido Equis, no puedo ni debo comunicártelos, al menos todavía. Yo debí de preguntar á Calderón si nuestros amigos tenían ya noticia de la ocurrencia, porque él me dijo que Augusta se había puesto mala de la terrible sorpresa, y que al punto telegrafió á su marido, el cual se fué el día 1.º por la tarde á las Charcas en compañía de Malibrán y de no sé quién más. Indicóme también que Clotilde no sabía una palabra, que probablemente Orozco se encargaría de darle la noticia cuando viniese. No sé qué más me dijo, porque yo no me enteraba claramente de nada. Á veces creía soñar; ansiaba llegar pronto, y á ratos lo temía; y cuando estuvimos cerca del Puente de Toledo y el juez señaló el vulgar edificio del Depósito, sentí tal pánico, que por punto no me volví atrás. Me enfadaba que el forense, un viejo rígido y seco, sordo, completamente insensible ya, por su larga práctica, á las emociones de estos dramas judiciales, estuviese tan tranquilo, y nos contase con la mayor frialdad que en su dilatada carrera ha hecho dos mil y tantas autopsias. Me infundía horror y lástima aquel sujeto, cuya inteligencia no desconozco y cuya serenidad ante estas catástrofes he admirado al fin.
Dejamos el coche. Las piernas me temblaban. Entré el último de todos, para que la primera impresión de los demás, si alguna tenían, atenuara la mía... El forense sordo entró como puede entrar un cura en la sacristía para ponerse la casulla... Frente á la puerta, sobre una mesa, ví el cadáver de Federico Viera, no tan desfigurado como yo me lo imaginaba. Creí que una mano invisible me apretaba violentamente el cuello, ahogándome. No lloré ni podía llorar. El rostro de Federico parecía de blanca cera, con manchas violáceas; tenía los ojos medio abiertos, cuajados y sin brillo; la nariz afilada, la boca contraída, mostrando por un violento repliegue del labio superior los blanquísimos dientes. Vestía de levita: el pantalón y las botas llenas de fango; la levita enlodada también por el costado derecho. En mitad de la hermosa frente, una mancha roja del tamaño de un duro, cárdena en el centro: por allí había entrado la bala. Le habían desabrochado el chaleco, y se veía la camisa llena de sangre, ya seca en parte y obscura, en parte roja y fresca, formando cuajarones. El forense, señalando el costado izquierdo por la cintura, dijo: «aquí hay otra herida de revólver. La bala está dentro.»
Procedióse á la identificación en forma legal. Calderón y yo declaramos, reconociendo en el muerto á nuestro amigo Federico Viera; firmamos, y nada más. En otras mesas más allá, había dos cadáveres tapados con un paño. El guarda los descubrió, y los ví con indiferencia, cual si fueran animales muertos. No podía apartar los ojos de mi infeliz amigo, y con todas las potencias de mi alma, en un instante de muda y patética tensión, le dije: «Cuerpo infeliz, recobra un soplo de vida, y dime quién te hirió, si fué alevosamente ó en riña...» Junto á mí la voz de Calderón y otras murmuraban no sé qué, ó discutían sobre si era suicidio ú homicidio. No apartaba yo los ojos ni la mente de aquel tristísimo espectáculo. El juez me preguntó si habíamos prevenido á la hermana del muerto, y entonces repitió Calderón que Clotilde no sabía nada aún, y que era menester decírselo. Me enteré de si podía yo presenciar la autopsia; respondiéronme que sí, y que se haría en la mañana siguiente. Salimos con ánimo de volver, yo por lo menos... Aún me parecía pesadilla horrenda lo que veían mis ojos, y mi pensamiento volaba afanoso hacia las misteriosas causas, hacia la acción determinante de aquella muerte.
Al salir, vimos que se acercaba un coche. De él bajó una mujer. Era la Peri, vestida de trapillo, con mantón y pañuelo por la cabeza, guapísima, pálida como una muerta. Cuando nos vió, llegóse á nosotros: su rostro dolorido expresaba terror y sobresalto. «Leonorilla—le dijo Calderón,—no entres, no entres, que esto no es para tí...» La pobre mujer me agarró el brazo, y me dijo en un tono que no olvidaré nunca: «¿Quién le ha matado? ¿No sabe usted quién le ha matado?»
El juez entonces le pidió sus señas para llamarla á declarar, y ella, después de dárselas, prorrumpió en exclamaciones: «¡Pobre niño de mi alma! Tan bueno, tan cariñoso, tan caballero, y tan persona decente... ¿Pero qué será esto? Lo que yo digo: faldas, faldas... ¡Ay! no tengo valor para verle...»