«Pues verás—le dije después de una pausa:—si la justicia no descubre la verdad de lo ocurrido, yo la descubriré.»
Parecióme que no se inmutaba al oir esto. Por fin me contestó:
«Yo creo que la justicia lo pondrá bien en claro, Manolo. No te metas á polizonte, no vaya á pasarte lo que á esos que se proponen descubrir el crimen de la calle del Baño, y han armado ya un lío que nadie se entiende.»
Calló, y se puso á mirar al techo. Yo la contemplaba á ella sin pestañear. Hubo un instante, te lo declaro ingenuamente, en que me inspiró aquella mujer un horror que no puedo pintarte. Impulso sentí de arrojarme sobre ella, y echarle las manos al pescuezo, gritando: «Confiesa tu crimen; confiesa que por tu culpa ha perecido ese infeliz hombre. Revélame la verdad, ó te ahogo aquí mismo.» Desvanecióse pronto aquel arrechucho, sin que llegara, por fortuna, á pasar de la idea á la acción. Pero mi exquisita impresionabilidad determinó al instante otro fenómeno anímico, y fué que me asombraba de haber amado á semejante mujer. No: en aquel momento, habría jurado yo que la aborrecía y la despreciaba con todas las fuerzas de mi alma. La pasión que sentí por ella se me representaba como uno de esos estímulos de nuestro amor propio, que nos llevan á situaciones y actitudes enfáticas, de las cuales nos arrepentimos en cuanto caemos en la cuenta de que no arrancan del fondo efectivo de nuestro sér.
Hablamos luego de cosas indiferentes, y me retiré pensando que vivimos en una sociedad esencialmente dramática; sólo que el barniz de cultura que nos hemos dado encubre el drama en las esferas altas, dejándolo sólo descubierto en las inferiores.
Salí de allí con el alma destrozada, y me marché temprano de aquella casa, á la que empezaba á cobrar aborrecimiento.
Pasé muy mala noche... Mi cama toda llena de agujas.
XXX
5 de Febrero.
Asistí á la autopsia. ¡La de cosas que hay dentro de este mísero cuerpo humano! ¡Espantosa lección de anatomía! No la olvidaré mientras viva. El cadáver tenía varias contusiones y dos heridas de revólver: una en la frente, y otra en el costado izquierdo. En la primera, la bala atravesó el cerebro y fué á salir por la región occipital. Era mortal de necesidad. La segunda, que interesaba el hígado, también era mortal, aunque no de muerte inmediata. La bala había ido á incrustarse en una vértebra. Además, se observó una fuerte erosión en el brazo izquierdo, y los dedos de ambas manos desollados. Hubo, pues, lucha. Creo que no hay datos suficientes para probar el suicidio; pero veo al juez inclinado á admitirlo como un hecho. Ha tomado declaración á los habitantes de las covachas, y no resulta nada preciso. Es un cúmulo de testimonios vagos y contradictorios, que más bien sirve para confundirnos que para iluminarnos. La indagatoria de los porteros de las casas próximas tampoco ha dado luz. ¡Esto es morir!... Las lentitudes de la justicia y la falta de policía me desesperan. Se me ocurren mil recursos probatorios que de seguro darían resultado; pero ese juez, ¿en qué piensa?... Obraré por cuenta propia. De los pasos que he dado y que pienso dar para conocer la verdad por mí mismo, sin auxilio de polizontes, te enteraré oportunamente.