No sé qué respondí. Pensaba en aquel momento que mi prima me había llamado para decir todo aquello delante de mí, como se trae á un testigo para dar fuerza legal á manifestaciones de importancia. Pensé también que aseguraba su coartada con aquello de acompañar á la tía Serafina. Orozco dijo que no debíamos aventurar juicio alguno sobre los móviles de la muerte de Federico, ni aun sobre la muerte misma, que hasta aquel momento permanecía envuelta en el misterio; y dicho esto, se fué, dejándome la impresión de que le preocupaba el suceso más de lo que á primera vista parecía. Cuando nos quedamos solos, Augusta introdujo diplomáticamente en la conversación una idea extraña al asunto capital de aquella noche. No sé qué me dijo de si se casaba ó no al fin con el artillero la chica segunda de Pez, y volvió á caer con repentino salto sobre el trágico tema, diciéndome: «¡Vaya, que esto da que pensar! Pero tú que eras quizás el único algo conocedor de las interioridades de su vida, ¿no tienes antecedentes para descubrir...?
—Al enterarme de esta desgracia—contesté presentando la versión más vulgar para ver si la aceptaba con alegría,—pensé que alguna pérdida de juego ha podido ser la causa.
—¿Pero qué?—apuntó con viveza, huyendo, la muy pícara, de la trampa que yo le tendía,—¿está averiguado que fuera suicidio? Mira tú, juzgando sólo por impresión, yo me inclino á creer que no.
—Fácil es que la justicia lo ponga en claro; y si acaso resultase...
—Para mí—afirmó con aplomo interrumpiéndome,—lo que hay aquí es un choque por cuestiones de mujeres. Ya tienes noticia de las francachelas escandalosas en casa de esa que llaman la Perri ó la Pera ó no sé cómo.»
Parecióme que daba este giro al asunto para despistarme, á fin de que yo no pudiera sorprenderle los pensamientos.
«Tú lo sabes—me dije llena el alma de amagura;—lo que pasó tú lo sabes, tú sola. Si alguien le dió muerte ó se la dió él mismo, tú lo sabes, porque delante de tí ocurrió la espantosa desgracia, como quiera que fuese.» En alta voz dije que no sospechaba que Leonor tuviera conexiones con el misterioso hecho, y ella repitió que en el mujerío de mal vivir y en el juego, fatalmente combinados, hay que buscar siempre las causas de estos dramas. Yo le miraba el rostro, considerándolo como un espejo en cuya superficie la terrible escena había estado reproducida durante breves instantes. ¡Cuánto habría dado yo porque de la imagen aquélla subsistiese algún rasgo en la cara-espejo! Pero si algo había, no me era fácil verlo á causa de la obscuridad. Ni podía tampoco examinar sus expresivos ojos, que alguna sombra fugaz reproducirían tal vez de lo que en la mente se conservaba fielmente estampado. Hube de reparar después que se movía inquieta, procurando envolverse mejor en su cachemira, y que en aquellos movimientos de precaución ni una sola vez sacó la mano derecha. Parecíame que la ocultaba entapujada.
«¿Qué tienes en esa mano?—le pregunté vivamente.
—Nada. Ayer me quemé un poco, lacrando una carta. Pero no es nada. Para evitar el roce, me defiendo la quemadura con el pañuelo.»
Dió más explicaciones; pero lo que es la quemadura no me la enseñó.