—Sí; pero no dan ninguna luz. Los porteros del 17 triplicado, que es la casa más próxima, no han visto ni oído nada.»

Discutióse sobre si fué suicidio ú homicidio. Uno de los presentes, que no sé si era el actuario, expresó la hipótesis de que el crimen se había cometido en otra parte, habiendo transportado el cadáver hasta arrojarlo por el vertedero. No sé por qué me pareció esto inadmisible. Examinamos el suelo, en el cual vimos impresas tantas pisadas, que nada se podía leer en él. Alguien dijo allí que aquel sitio era, después de anochecido, muy solitario. Antes hubo en él una vereda que permitía pasar desde Santa Engracia á la calle de Trafalgar; pero han cerrado ya el paso con una valla, y ni un alma transita por allí de noche, á excepción de los habitantes de las chozas, los cuales tampoco toman la dirección del sitio en que apareció el cadáver, sino que se arriman á la derecha. No hay alumbrado en aquel sitio, ni cosa que lo valga.

Volvíme á casa. No pude almorzar. Sentía vivos deseos de visitar á los de Orozco, y al mismo tiempo dábame espanto la idea de entrar en aquella casa. ¡Oh, Dios! no podía apartar de mi mente la idea (¡terrible y misteriosa presunción!) de que Augusta sabe la verdad. No sé en qué orden de impresiones ó de corazonadas me había fundado yo, la noche antes de conocer el suceso, es decir, la noche misma en que debió de ocurrir la catástrofe, para dar por despejada la incógnita que tanto me atormenta, y decir con efusiva y franca convicción: «Federico es.» Como que al acostarme pensé escribirte mi primera carta en este sentido, diciéndote: eureka... Me acuerdo de esto del eureka, y de los razonamientos con que me propuse apoyar mis conclusiones. ¡Qué lejos estaba de que mi carta primera sería escrita bajo una impresión trágica! Estoy aturdidísimo. Déjame que coja el hilo que se me ha escapado de las manos. Te decía que... ya me acuerdo... que no hay quien me quite de la cabeza que Augusta sabe la verdad. Yo quería observar aquella cara, aquellos ojos... ver si tiene entereza para ponerse la máscara, y cómo engaña con ella á los demás, pues lo que es á mí...

Entré temblando. Yo debía de estar como un muerto. El primero á quien ví fué Orozco, triste, pero sin perder aquella tranquilidad que tanto admiramos en él. No calificó el caso de suicidio ni de homicidio. Fuera lo que fuese, parecía atribuirlo á lances de juego. Acababa de llegar de las Charcas con Malibrán, y los dos refirieron la impresión terrible que les causó por la mañana el telegrama de Augusta participándoles el terrible suceso. Hablóme después Tomás de la pobre Clotilde, y allí me enteré, no sé por quién, de que ya sabía la muerte de su hermano. Nos libramos, pues, del tremendo paso de darle la noticia. No me atreví á preguntar por Augusta, á quien no veía en el salón ni en su gabinete. Pronto supe que la desagradable sorpresa recibida por la mañana, cuando Calderón le contó el caso, habíale producido una fuerte jaqueca; hallábase acostada, y no quería ver á nadie. Comimos solos Orozco, Malibrán y yo. Cornelio era el único que tenía un mediano apetito; el santo comió poquísimo, y yo nada. Los tres callábamos. Á mí se me humedecían los ojos á cada instante. El diplomático (digo esto haciéndole justicia) me pareció sinceramente apenado, y añadiré que por primera vez sentí dulcificarse la antipatía que siempre le tuve. Tomás y él hicieron elogios del pobre muerto, encareciendo su extremada delicadeza, su cariñoso trato, y lamentando que las irregularidades de su vida le hubieran llevado á tan triste fin. No pude conservar mi varonil entereza, y me eché á llorar como un chiquillo.

Llegaron después algunos de los concurrentes de abono, á quienes noté consternados, y como temerosos de abordar el asunto. Me parece (no puedo asegurarlo) que Villalonga y Malibrán cuchichearon en un largo aparte, mientras el marqués de Cícero me pedía relación circunstanciada de lo que ví en el Depósito. Hablé de esto lo menos que pude. Otra cosa reparé, y es que aquella noche no se habló de crimen. Bastante teníamos con aquella realidad fresca y que nos tocaba tan de cerca. Las emociones jurídicas del otro drama, antiguo ya y manoseado á fuerza de representaciones, perdían su novelesco interés. Cisneros no dijo una palabra del suceso, y observé en él una taciturnidad que por completo le desfiguraba, presentándomele muy otro de como le había visto siempre. El Catón ultramarino dejaba en profunda paz á la Administración de Cuba y á los picarones que van á explotarla. Todos los temas de conversación, tan vivos y apetitosos otras noches, se trocaban en insípidos fiambres. Pero el gran asunto, la novedad del día, les imponía miedo, y no osaban tratarla. Te repito que la morriña lúgubre de mi padrino me causaba no poca extrañeza. No era el mismo hombre; una de dos: ó se ponía la careta, ó la arrojaba, mostrando su verdadera faz. Pero aún ocurrió algo que debía dejar en mi mente impresión más honda que todas las impresiones de aquel infausto día inolvidable, el 2 de Febrero, día de la Candelaria. Ten un poco de paciencia.

Á eso de las once, díjome Orozco que Augusta quería verme. Sólo había pasado la señora de Trujillo, que ya estaba de vuelta en el salón, aguardando una coyuntura para echar con Calderón su parrafito criminal. Entré en la alcoba de mi prima. El ruido leve de mis pasos y de los de Orozco, que entró conmigo, me sonaba como si en mi vida hubiera oído rumor de pasos. Ví á la dama echada en una silla larga, bien tapadita. No había luz en aquella estancia, sino en la próxima, y por entre las cortinas apenas penetraba la claridad suficiente para que pudiéramos vernos las caras. Augusta me alargó la mano izquierda, mandándome sentar á su lado. Su marido le preguntó cariñosamente si se sentía mejor, y ella replicó que sí, preguntándole á su vez quién había venido y cuál de los asiduos faltaba aquella noche. Un rato hablamos los tres del caso de Federico, siendo ella la primera que lo mentó, diciéndome: «¿Qué te parece esta tragedia?» Respondí con las frases de cajetín, procurando observarle la cara; pero la obscuridad me impedía distinguirla. Su voz sí que pude apreciarla bien. Tenía cierto temblor, una empañadura ó sordina que delataba profundísima turbación.

«Todavía no se me ha pasado el susto—dijo procurando templar su voz en un timbre claro.—Esta mañana, al salir yo para misa, vino Pepe, y á boca de jarro me disparó la noticia. Precisamente me cogía de muy mal humor, porque pasé parte de la noche con la prima Serafina, que sigue muy grave. Me parece que la perderemos pronto. Pues figúrate: en tal situación de ánimo, un trabucazo así... Me afecté tanto, que no pude salir de casa, y á poco me entró jaqueca. No puedo oir hablar de gente que se mata ó á quien matan, sin que me ponga á dar diente con diente. Y cuando se trata de una persona conocida...

—¡Pobre muchacho!—indicó Tomás.—Tenía sus defectos como todo el mundo; pero también grandes cualidades.

—Cualidades que no son nada comunes, esa es la verdad—añadió Augusta mirándome.—Es realmente un dolor... Le apreciábamos como te apreciamos á tí, que eres de la familia. Tengo que advertirle á Pepe que aprenda á dar estas noticias terribles con más tacto y de un modo gradual, no de sopetón, como hoy... Me quedé muerta... Lo primero que se me ocurrió, como siempre que me siento apenada y nerviosa, fué telegrafiar á éste para que viniera. Tenía miedo de estar sola. Desde que te ví entrar esta noche (mirando á su marido cariñosamente), me pareció que se me disipaba el miedo. Voy recobrando la serenidad, y si se me hubiera quitado esta puntadita de clavo, estaría tan campante recibiendo á mis amigos...»

Yo me condolí acerbamente del desgraciado fin de mi amigo, y Augusta dijo, ya con la voz más segura: «¡Dios le haya perdonado! ¡Pobrecito! ¡Qué extravíos, qué conflictos, qué desórdenes de la vida le habrán llevado á ese desastre!»