«Supongo—me dijo,—que usted desea saber algo de ese pobrecito...»
Se le humedecieron de nuevo los ojos, y sentándose junto á mí en la actitud más honesta, añadió: «Era, me lo puede usted creer, el primer caballero del mundo, y la persona más decente que había en Madrid.»
Apoyé sus afirmaciones con un movimiento de cabeza. Después me sonreí al oirle esto: «El día antes sabía yo lo que iba á pasar. Eché las cartas, y en lo que esperas, salió el siete de espadas, muerte segura, con el dos de copas, sorpresa, por causa de la mujer de buen color...
—¿Pero es posible que tengas fe en esas paparruchas?
—No me han fallado nunca. Sale siempre clavadito todo lo que rezan las cartas. Aquí estuvo el infeliz el día mismo del caso. No sé si debo contarle á usted lo que habló conmigo, que fué muy poco. Cuando el juez me cite, saldré del paso con cuatro papas; pero con usted, si me da palabra de callarse, seré más franca. Federico y yo éramos amigos, pero amigos... no sé cómo explicárselo... vamos, que no teníamos nada, que no había nada entre él y yo... En otro tiempo, sí, nos quisimos; pero ya... Eramos lo mismo que los matrimonios viejos... Como ilusión, no la había... Le juro á usted que no me tocaba. Pero nos teníamos mucha ley, nos apreciábamos, y yo me aconsejaba de él, siempre que me veía en alguna situación mala, y él de mí.
—¡El se aconsejaba de tí, de tí! ¿Cómo?... Explícame eso... Pero vamos por partes y no nos aturrullemos. Claridad, orden ante todo. Lo primero que deseo saber, y tú podrás decírmelo, es si Federico tuvo grandes pérdidas en el juego estos últimos días.
—No, no: todo lo contrario. La noche antes ganó muchísimo dinero, pero muchísimo... Al juez le diré sobre esto lo que me parezca, lo que no comprometa el buen nombre del pobre difunto.
—Sí; pero á mí me dirás cuanto sepas, todo absolutamente. Yo te guardaré el secreto, Leonor, y seré tu amigo... amigo, como lo fué él.
—Dificilillo es eso—me dijo sonriendo con tristeza, y mirándose las uñas.—Habrían de reunirse muchos perendengues. Esto viene de muy lejos, señor mío. Yo podré, en un abrir y cerrar de ojos, prendarme de un hombre y él de mí, y querernos más ó menos tiempo; pero una amistad como la que teníamos aquél y yo no es cosa de tres ni de cuatro días.
—Pues todo has de contármelo—repetí, devorado por la curiosidad,—y pronto.