—No vaya usted tan de prisa... Y además, hay cosas que no sé si debo decirlas. Son muy delicadas, y si usted no las entiende bien, podría pensar mal de nuestro amigo. No todos comprenden bien lo que pasa. Hay cosas... cosas, ¿eh? que parecen muy malas, y no lo son.

—Cierto; pero se me figura que yo entenderé todo lo que tú me confíes, y que la buena memoria de mi amigo no perderá nada por eso. Ahora, lo primero que has de decirme, y en ello sí que no puede haber aplazamiento, es lo que piensas tú de esta desgracia... ¿Qué ha sido? ¿Cuándo la supiste? ¿Qué dijiste al saberla? Nadie como tú le conocía á él; nadie como tú estaba al tanto de sus trapisondas... Tu opinión sobre esta muerte es de grandísima importancia, Leonor.»

Al hacerle la pregunta, interrogaba yo también la expresión de su rostro. La ví compungirse y llorar de nuevo. Enjugándose las lágrimas, me respondió con voz entrecortada:

«No sé, no sé... pero para mí... Á Federico le han matado... Eso de que se mató él... qué sé yo... me parece invención de la justicia para tapar la verdad. ¡Pobrecito de mi alma, tan bueno, tan leal, tan persona decente! ¡Maldita sea la muy pilonga que tiene la culpa!

—¿Luego tú crees que aquí hay mano de mujer, ó influencia de mujer?

—Crea usted que sí la hay... Si el juez me pregunta sobre esto, me haré la tonta; pero yo tengo acá mi idea, y no hay quien me la quite.

—¿Cuál es tu idea?... Yo quiero saberla...

—Hay mujeres muy remalas.

—Eso es verdad; pero lo que falta saber es qué remala mujer ha andado en esto.»

Leonor dió un gran suspiro; se miró otra vez las uñas, lo que hacía siempre que meditaba, y por fin me dijo en voz queda: