«¿Para qué me lo pregunta, si usted la conoce mejor que yo?»

No quise pronunciar el nombre que flotaba en la confluencia de nuestras palabras. Tan sólo dije: «¿Federico te habló de esa mujer alguna vez, te dió cuenta de sus amores con ella?

—Nunca, nunca—declaró la Peri con cierta dignidad.—Le juro á usted que nunca me dijo nada. Era tan delicado, que en esta casa jamás pronunció el nombre de las señoras que se chiflaron por él. Y cuando yo quería tirarle de la lengua, me lo negaba, crea usted que me lo negaba...

—¿Entonces, cómo sabías tú...?

—Lo sabía por otro lado; lo sabía... porque sí... como se saben muchas cosas.

—Bueno. Dejemos el origen de tu conocimiento. ¿Y en qué te fundas para creer que le mataron?

—Es corazonada... pero que no me engaño—respondió con acento convencido y picaresco.—Tan cierto es lo que pienso como éste es día... Yo me guardaré mi idea. No quiero confiársela á nadie.

—¿Ni á mí tampoco?

—¿Para qué? No hemos de poder probarlo. Si hablo de esto, podrían vengarse de mí.

—Bueno, pues dime una sola cosa, una sola, y no te pregunto más. ¿Crees tú que Federico murió á mano de hombre?