—Claro: de hombre...

—Me basta.»

Te refiero este diálogo, del cual poca substancia sacarás, para que comprendas la confusión de mis ideas. No quise insistir en mi interrogatorio; y como las necesidades corporales, por lo avanzado de la mañana, se nos impusieran, á entrambos se nos ocurrió que nada es tan inconveniente para los altos fines humanos como pasarse todo un día sin almorzar. Nuestra pena misma exigía la reparación orgánica, y hasta el intrincado problema que nos inquietaba pedía fuerzas materiales para ser tratado con la debida entereza y formalidad. Porfiaba ella en que almorzáramos allí; yo que en el restaurant. Venció por fin el sexo débil, y pasamos al comedor. ¿Acabaré de ser sincero contigo? Pues sí, ¿por qué no? Aquella mujer me tenía fascinado: ante mí se agigantaba, no sólo por su belleza, sino también, y más quizás, por no sé qué aureola moral que mi mente voluntariosa veía ó quería ver en ella. Nada, hijo de mi alma, que estaba yo enamorado... no retiro la palabra, enamorado de la Peri, y deseando manifestárselo; y has de saber también que lo que en mí sentía era muy por lo fino, algo de galantería caballeresca y sentimental que me andaba por dentro como lucida procesión, y... no sé qué más decirte.

Dejo la conclusión para otra carta, porque estoy fatigadísimo, y no puedo concluir sin llenar un pliego más. Hasta mañana.

XXXI

7 de Febrero.

¿Creerás tú que el almuerzo acabó en bien; que mi fascinación llegó á su apogeo, y que con el estímulo de los manjares y bebidas, me lancé á manifestar mis sentimientos, y alcé los amantes brazos y cayó en ellos la Peri, pagándome mi respetuosa afición con otra de la misma calidad ó quizás menos pura? ¡Quiá, no seas tonto! Si te has creído esto, bórralo de tus papeles. Ambos estuvimos muy desganados de todo, muy tristes. Advierte ahora, en lo que vas á leer, de qué manera se enlazan en la vida las cosas tristes con las cómicas, y cómo nuestros propósitos y la realidad andan ó suelen andar á la greña.

No habíamos concluído nuestro almuerzo, el cual, dicho sea entre paréntesis, fué bastante irregular, como hecho en casa no muy bien regida, cuando vino á torcer el rumbo de mis alambicados pensamientos la brusca entrada de un sujeto conocido en el mundo de la galantería con el remoquete de el pollo malagueño. Supongo que no irás á buscar esta celebridad en el Vapereau, en el Larousse, ni en ninguna otra enciclopedia. No la busques porque no la encontrarías, lo que no quita que sea celebridad incontestable, al menos aquí, y que le conozcamos todos, unos de vista, otros de trato, como yo, por desgracia. Te presento á este chulito de buena familia y mejor sombra, un poco torero, un poco aristócrata, un poco borrachín, tan ligero de palabras como torpe de entendimiento, guapo, eso sí, aunque afeminado, pies y manos de mujer, el cuerpo muy espigadillo, el pelo sobre la oreja, y un bigotito que parece de seda negra, los ojos como soles; hombre, en fin, á quien yo, siempre que le veo, daría de buena gana dos patadas en semejante parte, y te juro que no se las dí en aquella ocasión por respeto á la que no vacilo en llamar... ríete, hombre, ríete hasta mañana... dama de mis pensamientos.

Pues, señor, lo mismo fué entrar el tal pollo que... ¿Crees que se armó una gran marimorena, que la Peri y su amante se enzarzaron de palabras, que luego el chulo y yo nos liamos, y...? No, hombre, ten paciencia; no hubo nada de esas trigedias que en lenguaje filosófico se llaman broncas. Me parece que Leonor le saludó con un ¡hola, perdis! ¿ya estás aquí? Pero no estoy seguro de si dijo esto, ó simplemente ¡válgame Dios, lo que está aquí! En la duda no apuntes nada, no sea que después, en las edades futuras, armen los historiadores un cisco por dilucidar los verdaderos términos de esta importante salutación.

De lo que sí no me cabe duda, y esto puedes consignarlo con toda solemnidad, es que Pepe Amador, que tal es su nombre, llegóse á su querida, é hizo ademán de darle un sopapo, en broma se entiende, con actitud entre cariñosa y enojada, rebuznando así: «¡Miá que too un día y toa una noche! ¡Pamplinosa...! ¿pa qué esos papeles, si tú no eras ná del cadáver?»