Leonor se dejó acariciar de aquel gaznápiro, y volviéndose á mí me dijo: «Vamos, dígamelo usted con franqueza. ¿No es un disparate que yo esté tan chalaíta por este animal?»
Iba á contestarle que, en efecto, el disparate era de los más gordos; pero no dije nada. Amador me saludó de un modo servil, con extremos de amistad, á que yo nunca había dado pie, porque el tipo me repugnaba. No manifestó en aquel instante la más ligera inquietud por mi presencia, y creo que aunque hubiera tenido celos de mí, se habría guardado muy bien de manifestarlos. Sentóse el chulapo junto á ella, y pronto empezaron á ponerse babosos, lo que me enfadó sobremanera. No comprendía yo, ciertamente, que una mujer de mérito... digo de mérito y no me vuelvo atrás, porque todo es relativo en este mundo... pues sí, no comprendía que una mujer de calidad amase á semejante gandul. En las ternezas y recriminaciones que ella le dirigió, creí notar confundidos el cariño y el desprecio. Analiza esto, hombre sesudo, si no te causa empacho. Yo te diría algo sobre el particular si tuviera humor para entretenerme en tales tontunas. Ya comprenderás que no me haría maldita gracia el gorro que intentaban ponerme aquel par de peines, y quise retirarme. Leonor se opuso, diciendo á su chico que tuviera formalidad.
Y ahora, procediendo con esa lógica que los sabios llamáis inflexible, creerás sin duda que ante el amor de la Peri por aquel tipejo, ante el espectáculo de las gansadas de él y de las zalamerías de ella, me desilusioné de golpe, y que, súbitamente, me repugnó la que antes me parecía tan seductora. Crees esto, ¿verdad? Pues no señor, no fué así. Esas son las lógicas de los trataditos de Ética; las del humano corazón suelen ser ¡ay! muy distintas. Te diré, pues, que contraviniendo toda ley escrita, la chavala siguió atrayéndome y fascinándome, y sus debilidades manifiestas no me quitaron la ilusión de aquel extraño resplandor moral que creí ver en ella. Esto te parecerá un ciempiés; pero como es te lo cuento, y con la realidad no se gastan bromas.
Despedíme dos ó tres veces, y otras tantas Leonor y su querindango me retuvieron. En una de éstas el muy tonto se permitió dar su opinión sobre el suceso del día, contándonos lo que había oído en la esquina del Suizo, en la Taurina y en otros centros de instrucción y cultura. La versión recogida por Amador no podía ser más extravagante. Federico había sido muerto por Orozco.
«¡Qué barbaridad!—le dije:—¡si Orozco estaba aquella noche en las Charcas...! Me consta.
—Pues un amigo mío—replicó el chulo con la seguridad de la barbarie,—me ha dicho que vió á don Tomás á las once de la noche, en una calle que desemboca en el propio lugar del crimen. Iba bien embozado en su capa, con otro chavó. ¿Y esa?»
Yo me reí. La Peri también se rió, aunque con afectación notoria, como intentando encubrir su pensamiento. No quise entrar en discusiones sobre punto tan delicado, y me retiré, prometiendo á Leonor que volvería á charlar con ella, cuando pudiese consagrarme un rato largo, pero muy largo. Convinimos en que me fijaría sitio, día y hora, y me marché por esos mundos de Dios en busca de las impresiones públicas y callejeras que no habían de faltar.
En las tres ó cuatro partes á donde fuí no se hablaba de otra cosa. Fácilmente comprenderás que un asunto de tal naturaleza, formado de misterio y escándalo, ha de excitar vivamente la chismografía de la raza más chismográfica del mundo; raza dotada de fecundidad prodigiosa para poner variantes á los hechos y adornarlos hasta que no los conoce la madre que los parió; raza esencialmente artista y plasmadora, que crea casos y caracteres, formando una realidad verosímil dentro y encima de la realidad auténtica. Ante un suceso de gran resonancia, todo español se cree humillado si no da sobre él su opinión firme, tanto mejor cuanto más distinta de las demás. Oí, como puedes figurarte, explicaciones razonables; otras novelescas, aunque dotadas de esa verosimilitud propia de las obras de imaginación escritas con talento; algunas estrafalarias, pertenecientes al género de entregas, de esas que, llenas de chafarrinones, se te meten por debajo de la puerta. Todo lo oí con paciencia y atención, pues hasta los mayores desatinos deben, en casos tales, oirse y sopesarse para obtener la verdad. Personas encontré que se cebaban en el asunto con brutal fiereza, ávidas de hincar el diente en reputaciones hasta entonces intactas; otras que se inclinaban á lo más atroz, arriesgado y pesimista, y algunas que, gustando de tomar el simpático papel de la sensatez entre tanto delirio, proponían las versiones más anodinas y triviales; pero en honor de la verdad, debo decirte que éstas hacían pocos prosélitos. La multitud se iba tras los que arbolaban estandartes rojos y llamativos, con algún lema muy escandaloso; tras los que anunciaban su tesis con tambor y cornetín como si exhibieran un fenómeno en las barracas de una feria. De todo esto, querido Equis, he de darte cuenta detallada, cuando yo esté más sereno, y tú menos harto de mí.
Dispénsame que no siga ésta; pero ya ves que el día ha sido de prueba. Júzgalo por el índice que á la carrera te trazo, y que parece el sumario de un capítulo de causa célebre: Autopsia.—Entierro.—Mi pasión por la Peri.—Almuerzo en casa de ésta.—Amador.—La opinión pública ó la confusión de las opiniones.—Abur, y date buena vida, que esto es lo único que se saca en limpio en nuestro breve tránsito por el más malo y el más tonto de los planetas.