9 de Febrero.

Hoy, amigo mío, tengo que contarte algo muy importante; y como vivimos en plena atmósfera novelesca, porque cada quisque, con motivo de este suceso, inventa, zurce y enjareta argumentos más ó menos aceptables, se me ha pegado algo del amaneramiento artístico, y aspiro á excitar en tí el interés de lector, contándote los hechos sin seguir la serie de los mismos, esto es, empezando por el medio, para caer luego en el principio y saltar de éste al final, concluyendo tal vez con vaguedades, interrogaciones ó puntos suspensivos en que haya conjeturas para todos los gustos.

Pues verás: mi padrino me mandó llamar ayer. Supuse que quería tratar conmigo del trágico fin de Viera, y así fué. Nunca he visto al buen Cisneros como ayer le ví. Se distraía, se le iba el santo al cielo á cada instante. Visibles eran sus esfuerzos por disimular una turbación hondísima; pero no podía conseguirlo. Se encasquetaba la burlona máscara, que sabe usar como ninguno cuando le place; mas ni por esas. La turbación le salía por los ojos en destellos fugaces, por la boca en monosílabos y expresiones entrecortadas.

«Es una indecencia la opinión en este país—me dijo temblando de ira.—No respetan nada... Esto es un escándalo.»

Enseñóme varios periódicos que daban cuenta del crimen, haciendo alusiones veladas á la familia de Orozco.

«Es cosa de ir y romperles la cabeza á esos miserables.

—Poco á poco, don Carlos—le respondí.—Estas cosas que antes eran la más sabrosa golosina de usted, ¿por qué ahora le enfadan tanto?

—¡Oh! no, no: si yo no niego que la sociedad está pervertida; que todo lo malo, por el solo hecho de ser malo, es verdad—indicó recobrando su papel;—pero si cojo á uno de esos periodistas, tendría mucho gusto en darle un estacazo... Conste que yo sostengo lo que siempre sostuve. Pero no confundamos las cosas. Si al tronera de Federico le da la vena de matarse, ¿tiene esto que ver con mis hijos? Ya sabes que no tengo cariño á Orozco; pero eso no quita para que... En fin, que me da la gana de indignarme con estas infamias, y no sé cómo tú no te indignas también. ¿Eres ó no eres de la familia?

—Yo comprendo que usted se sulfure—le dije,—y por eso ha tenido ayer una conferencia de dos horas con el juez que instruye la causa.»

Esta noticia del juez, adquirida y comprobada por mí el día antes, es el resorte que, debiendo ser expuesto al principio, reservaba yo para encajártelo al promedio de mi entrevista con Cisneros. Con este recursillo pensaba yo construir artísticamente la narración para jugar con tu curiosidad; pero, chico, se me ha escapado antes de tiempo, y yo no borro nada de lo escrito. En rigor, debo preferir el orden lógico del relato á las triquiñuelas del oficio narrativo, que no son para usadas por aprendices.