Pues bueno. Cuando le encajé á mi tío lo del juez, se le descompuso la cara y montó súbitamente en cólera, diciéndome:

«Y tú, ¿qué sabes de eso? Mira, mequetrefe, te echo de mi casa, y no vuelves á poner los pies en ella. Veo que en tí no hay sentimientos honrados. Has dicho un embuste, una tontería, una estupidez, sí, señor.»

No sé las atrocidades que de su boca salieron; pero no negó que hubiese conferenciado con el juez. ¿Y cómo negarlo? Había perdido por completo la serenidad, y yo la conservaba. Iba y venía agitadísimo, de un ángulo á otro de la habitación, recogiéndose los faldones de su bata arqueológica. Á lo mejor, el enfurecido viejo daba puñetazos en todo lo que cogía por delante, fuera cofre, vargueño ó mesa de mosáico. Fíjate en lo que decía:

«Llegará ocasión, si seguimos así, en que no pueda uno salir á la calle. Esto da náuseas. ¡Cuánta inmundicia en esa opinión! ¿Pero qué opinión ni qué...? Decididamente, yo le rompo el bautismo á alguien... lo que no quiere decir, entiéndelo bien (parándose ante mí y amenazándome con el puño), que yo crea que el mundo es bueno. Manolo, créeme, vamos á un cataclismo. La sociedad no puede seguir así. Sus bases, las célebres bases de que hablan tanto esos papeles inmundos, hacen crac, crac. El matrimonio se hunde, las instituciones políticas y religiosas se desmoronan. ¡Ejército, Iglesia, Magistratura, pilares podridos que sólo aguardan un encontronazo para caerse! Sí, Manolo, Manolito, tiene que venir un mundo nuevo... pero lo que digo: aunque sé que ese mundo nuevo ha de venir, y vendrá, no lo dudes, por el momento yo tengo ganas de dar un par de guantadas á esos que hablan de lo que no les importa, á los que acusan á las personas formales de crímenes ilusorios... Por lo mismo, hombre, por lo mismo que la sociedad está haciéndose polvo, quiero yo desahogarme... ¡Ah!... ¡qué tropa, hijo!... ¡Cuidado que permitirse reticencias contra mi adorada Tinita!... ¡Vamos, esto es el colmo de la desvergüenza y de la...! Por supuesto, yo reconozco que el mundo es un presidio esférico. El pecado, el mal son su dueño absoluto; pero la honradez y la pureza existen, ¿pues no han de existir? Hombre, aunque sólo sea como término imprescindible de comparación. Pues bien: yo te digo que estas atrocidades que cuentan ahora de la familia Orozco, son injustas y calumniosas... Yo estoy que trino; y si quieres que tu padrino te quiera, sal por ahí, y al primero que te suelte una alusioncita le rompes todas las muelas.

—Amigo don Carlos—le dije,—yo creo que debemos callarnos, pues ignoramos la verdad.

—Manolo, eres un cobarde... y tendré que arrojarte de mi casa.

—Me marcharé, si usted se empeña; pero no sin decirle que la versión judicial respecto á la muerte de Federico me parece absurda.»

Aquí viene bien indicar que aquella mañana misma me dijo el escribano que de la sumaria no sale nada en que se pueda fundamentar el homicidio. La justicia opina que Federico se dió la muerte á consecuencia de grandes pérdidas en el juego. Las diligencias continúan, sí, pero encarriladas ya en una dirección de la cual no se desviarán.

«¿Y en qué te fundas tú—me dijo Cisneros plantándoseme delante con aire jaquetón,—para creer que la versión judicial es absurda?

—En que me consta que Federico no tuvo pérdidas en los últimos días, sino grandes ganancias.