—Quita allá, tonto. Pues cualquiera prueba que hubo esas ganancias. Y aunque las hubiera... ¿qué significa eso? Vaya una manera de argumentar.»
Sin duda estaba el buen señor enteramente trastornado, ó á dos dedos del trastorno, porque de improviso mudó de acento y de expresión, y echándome el brazo al cuello, me dijo:
«Ven acá, tontín, carísimo ahijado mío... ¿Para qué te metes en lo que no te importa? ¿Qué averiguaciones son esas sin contar conmigo, que tengo más arte del mundo que tú? Entendámonos, y obremos de común acuerdo. De tí para mí, podemos comunicarnos nuestras impresiones. Lo que tú sepas, lo que pienses ó sospeches acerca de esta tremenda chiquillada del pobre Federico, confíamelo á mí, y yo con mi experiencia te daré la pauta lógica de los hechos. Cuéntame lo que hayas oído por ahí. ¿Te ha dicho algo la Peri? ¿Qué se habla en el Casino y en la Peña de los Ingenieros? Yo quiero saberlo. Es que... te diré: me gusta enterarme de los diferentes aspectos de la malicia humana, de todas las enfermedades de la opinión, porque la opinión es una pura gangrena, ¿sabes?... Mala es la sociedad; pero la opinión, hijo mío, esa gran charlatana, merece ser tratada como la última de las mujerzuelas.»
Nunca le había visto tan fuera de su centro. En él luchaban las ideas que constituyen lo más típico y lo más agradable de su personalidad, con la obligación de aplicar á un hecho real criterio distinto del que siempre usa; luchaba también en su ánimo el afán de conocer la verdad con la vergüenza de ver mezclado el nombre de su hija en aquel drama incomprensible. El traqueteo de esta lucha; los brincos que daba su ingenio enzarzándose con su conciencia; los chillidos que á veces salían de lo más hondo de ésta; las ansias de la curiosidad; los bramidos del orgullo, queriendo sostener la idea pesimista por encima de todo, producían un zipizape espiritual que me hizo muchísima gracia. Créelo: me costó trabajo no echarme á reir, pues á veces se me representaban los sentimientos y las ideas de mi padrino como gatos que se arañaban y se mordían en furiosa reyerta. Llegué á creer que le daba un ataque de nervios, porque el pobre señor, en aquel ir y venir, parecía que bailaba ó que hacía volatines. Procuraba yo tranquilizarle, y al fin conseguí que se tendiera en un sofá. Al cambiar de postura, varió de tono. Habías de verle y oirle.
«Te confesaré una cosa: tengo un amargor en el alma que me atosiga. Yo sigo en mis trece: la Humanidad es esclava del mal; pero francamente, no me gusta que mi nombre ande en bocas de la caterva maliciosa. Me has de contar todo lo que oigas, aunque sea de lo más insolente y desvergonzado. Después, ¿sabes lo que hacemos tú y yo? Desafiar á medio Madrid.
—¡Ave María Purísima!
—Es que yo, aquí donde me ves, tengo el punto de honor muy delicado, y no aguanto que nadie me toque al pelo de la ropa. Estoy furioso; quiero emprenderla con alguno, dar un recorrido al que me contradiga, hacer cualquier atrocidad. ¡Si me parece que he vuelto á los veinte años, á la edad valiente en que yo cobraba el barato entre los muchachos de mi taifa!»
Quería levantarse. Yo le contuve, diciéndole: «Don Carlos, no sea chiquillo. Yo le contaré á usted todo lo que oiga. Pero advierta que la mayor parte de lo que se dice es pura necedad, novelas que cada cual compone á su gusto para reunir un público de tontos que las escuche y las aplauda.
—Bien, bien... así me gusta que te expreses... porque, francamente, cuando empezaste á hablar conmigo esta tarde, me pareciste inclinado á creer todas esas bolas que corren. Por eso quise echarte de mi casa. Me alegro de verte de acuerdo conmigo. Tú y yo pensamos lo mismo; tú y yo opinamos que la titulada Humanidad es un hatajo de pillos; pero en el caso presente rechazamos las suposiciones malévolas y nos indignamos... ¿Verdad que estás indignado, hijo mío? ¡Ay! hace dos noches que no pego los ojos, impresionadísimo, devorado por el despecho y la curiosidad... Mira, te lo diré con franqueza: deseo conocer la verdad, y temo conocerla. Es que no puede uno ser de roca, aunque quiera. Yo, que presiento la destrucción de la actual sociedad en un plazo más ó menos largo, pero no en mis días, en mis días no; yo, que difícilmente admito móviles puros en la mayor parte de las acciones humanas, no soporto que anden por los suelos mi nombre y el de mi Tinita... Ya tú me entiendes. Esto es una calumnia, una asquerosa calumnia, y no debemos consentirlo.
—Mire usted, padrino—observé yo,—si no poseo la verdad, trato de poseerla. Le juro á usted por mi salvación que si doy con ella, la tendrá usted, por dolorosa y amarga que sea.»