Su primer impulso fué darme un fuerte abrazo; pero después le ví palidecer y fruncir el ceño, y me dijo con voz muy grave:

«Tú me contarás todo lo que oigas; pero no bajas averiguaciones; no revuelvas, no menees esto.

—Pero ¿qué mal hay en perseguir la verdad, la santa verdad, tío?

—La santa verdad, hijo de mi alma, no la encontrarás nunca, si no bajas tras ella al infierno de las conciencias, y esto es imposible. Conténtate con la verdad relativa y aparente, una verdad fundada en el honor, y que sacaremos, con auxilio de la ley, de entre las malicias del vulgo. El honor y las formas sociales nos imponen esa verdad, y á ella nos atenemos.»

Dicho esto me abrazó de nuevo, y casi al oído me dijo estas palabras:

«No averigües nada, ni te metas á buscador de la verdad absoluta, que no encontrarás. El juez es hombre recto y muy amigo mío, y nos dará la solución. Tú la aceptas, la propalas, y al que te diga algo contra ella, le divides. Tose fuerte, y tendrás siempre razón. Y ya que nos hemos explicado, te confesaré que el juez y yo hablamos. Es amigo mío y me debe su carrera, porque, conociendo su mérito, le saqué de Valoria la Buena, donde estaba obscurecido, y le llevé á Zamora, y de Zamora me le traje acá. No vayas á creerte que he ejercido presión sobre él. Es hombre de ideas lúcidas y de puntos de vista muy elevados. Bien sabe que no mediando perjuicio de tercero, la mayor de las injusticias es arrojar inútilmente la ignominia sobre una familia respetable.

Yo quise objetar algo, y noté que se enfurecía. «Cállate la boca—gritó.—No admito observaciones tontas... Mira que te echo de mi casa. Tú no lo quieres creer; pues te arrojo, te pongo de patitas en la calle, como tres y dos son cinco.»

No me atreví á contrariarle, temeroso de que le diera un berrinche de consecuencias funestas para su salud, y en pago de mi silencio, me abrazó con paternal efusión, y me palmoteó bien las espaldas, llamándome su hijo querido, y asegurando que soy la persona de la familia á quien más ama. Me habría gustado que presenciaras la escena, pues yo no puedo darte idea de las marrullerías de este viejo zorro. Ahora me acuerdo de que en una de tus cartas me dijiste que la figura de Cisneros te parece creación mía; que dejándome llevar de la fiebre narrativa y del natural deseo de cautivar á quien me lee, he pintorreado los rasgos y perfiles de la fisonomía moral de este individuo, haciendo una figura de realidad artística, pero no un verdadero retrato como esperabas de mí. No, querido Equis: te juro que es retrato. No te mueva lo extraño de la silueta á dudar de su parecido y autenticidad. Piensa en las variedades infinitas que atesora la Naturaleza, en la abundancia de sus inagotables colecciones, donde así la fauna como la flora te ofrecen formas nuevas cada vez que las examinas. No es Cisneros invención mía, ni yo invento nada. ¿Y qué iría ganando yo con meterme á plasmador, aunque hacerlo pudiera? Siempre me quedaría muy lejos de la realidad. ¡Esa sí que inventa, y con qué garbo! ¡Qué cosas nos enseña, y qué sorpresas nos da! ¡Lo que sabe esa pícara! Para comprender su maestría fecunda, ponte á hacerle la competencia y suelta las riendas á tu imaginación; dedícate á fingir, por ejemplo, tipos de plantas, variedades de animales. ¿Á que te cansas antes de llegar á la millonésima parte de lo que ya existe, y desesperado tiras los trastos de imaginar? Pues lo mismo te pasaría en el inmenso capítulo de la psicología y los actos humanos. Échate á componer caracteres y acontecimientos, y verás cómo te quedas corto, muy corto. ¡Trabajo inútil y necio, cuando la realidad te los da siempre vivos y verdaderos, y siempre nuevecitos! La invención realmente práctica consiste en abrir mucho los ojos y en acostumbrarse á ver bien lo que entre nosotros anda... No sigo, porque ahora me acuerdo de que tú y yo solemos tronar contra las consideraciones, y éstas que haciendo estoy son quizás de las más soporíferas.

XXXIII

10 de Febrero.