—Amigo mío, usted se me va siempre del lado benévolo. Debe usted dedicarse á escribir vidas de santos, lo mismo que este tontín de Manolo, que sostiene que á Tomás debiéramos ponerle en los altares. ¡Qué inocencia! Si es el pillo más grande que... vamos... Extraño mucho que no lo comprendáis así. Si tocan á hacer santos, ahí está mi hija, que no es floja virtud querer á ese jesuitón como le quiere...

—La canonizaremos,—afirmó Malibrán, con una sonrisa que me dejó helado, pues había en ella el sarcasmo más sutil que imaginarse puede.

—Sí, canonizádmela—repitió Cisneros levantándose.—¡Pobre Tinita mía! Cuánto debe padecer con estas infamias...»

Malibrán y yo nos miramos sin decir nada; pero se me figura que él leyó en mis ojos mi pensamiento, como yo leí el suyo en los de él.

Y basta por hoy. Me parece que tienes para meditar un rato.

XXXIV

12 de Febrero.

Prepárate para oir las versiones del drama ocurrido en el solar del polvorista, que así, según supe después, se llama el sitio donde apareció muerto nuestro amigo. No te cuento todo lo que la fantasía popular nos regala, porque sería tarea interminable; te doy sólo las variantes que más aceptación tienen en los corrillos chismográficos, algunas corriendo con el crédito que le dan labios de reconocida autoridad en el arte de la maledicencia; otras desacreditadas, pero no por eso mal recibidas. La primera que te endilgaré es la que oí en la Peña de los Ingenieros, y se funda en datos suministrados por aquel viejo zorro de quien te hablé en una de mis cartas, ¿no te acuerdas? el que me aseguró haber visto salir á Augusta de cierta casa en la cual no debía de entrar con buenos fines. Roguéle me dijese cuanto supiera, y por fin me designó la casa, aunque no podía hacerlo del piso. Es una de las del paseo de Santa Engracia, próxima al solar del polvorista. Del portal al vertedero, habrá unos sesenta pasos míos. Esta mañana hice mis pruebas topográficas sobre el terreno; pero te advierto que estas pesquisas son para mi uso particular, pues la primera condición que me puso el señor aquél para clarearse conmigo, fué que no había de llevar ningún dato á las diligencias judiciales.

Vale más que te dé un breve extracto de sus propias palabras: «Mire usted, amiguito, yo no quiero meterme en líos, ni delatar á nadie. Si se tratara de un asesinato por robo, yo sería el primero en ayudar á la justicia con los indicios que tengo; pero en una desgracia ocasionada por amores clandestinos; en una tragedia íntima, de éstas cuyos factores son la pasión, los celos, el sentimiento exaltado de la dignidad y el honor, creo yo que no debe intervenir la acción de los ciudadanos. Por tanto, las noticias de la casa, que para mí son de una autenticidad incontestable, porque no una, sino varias veces he visto entrar en ella á esa señora y á su amante (que de Dios goce), se las comunico á usted para que se vaya ilustrando; pero ello ha de quedar entre nosotros, porque si usted tiene la debilidad de llevar este dato al juez, y el juez me llama, negaré yo la referencia y le dejaré á usted por mentiroso. Hablando en plata: creo que el poder judicial hace bien en no apurar la investigación de estos asuntos de amor y celos, porque las querellas y zaragatas por la posesión de una hembra, están, como el duelo, por cima de las leyes, dígase lo que se quiera. No extrañe usted que, cuando ocurre un caso como el de su amigo, sobre todo si el muerto pertenece á las clases principales, resulte que es suicida por lances de juego ó por arrebato de locura. Bien sé que la solución no satisface á la justicia estricta; pero me parece que el camino derecho produciría mayores males, por aquello de summum jus summa injuria

Dióme qué pensar la opinión de aquel sujeto, que reforzaba sus argumentos con sus canas, pues bien se le conoce que es hombre de consumada pericia y de erudición enciclopédica en todos los ramos de fragilidades humanas. Respecto al hecho, lo reconstruye de este modo: «Orozco tuvo noticia de la infidelidad de su mujer y del lugar donde podría comprobarlo por sus propios ojos. Presentóse allí en la noche del primero de Febrero.» Le interrumpí para hacerle ver que esto era imposible por hallarse Tomás en las Charcas; y él, echándose á reir, me dijo: «No sea usted inocente. Las coartadas se preparan con habilidad cuando se tiene empeño en ello, y lo que ha habido es el recurso vulgarísimo de fingir un viaje, despidiéndose y quedándose. Para mí, Orozco les sorprendió y no tuvo valor para matar á su mujer. Hirió al infeliz Viera, disparándole á quemarropa. Esta primera herida es la del costado, mortal, aunque no inmediatamente. El herido pudo huir. Acosado por el agresor, y cuando ya estaba caído y exánime, recibió el segundo balazo, el de la cabeza, con el cual quedó rematado.»