El aspecto de verosimilitud de esta hipótesis no ganaba mi ánimo, lleno de dudas acerca de la participación de Orozco. Cierto que por grandes que sean la virtud de un hombre, su prudencia y suavidad de costumbres en los actos corrientes de la vida, no podemos responder de que ese mismo hombre, movido de los celos y hostigado por el mayor ultraje que á su dignidad puede inferirse, no se transforme de pacífico en vengador. El conocimiento del carácter de una persona nos puede dar la norma de su proceder probable en todas las situaciones sociales, menos en aquéllas que se derivan de la pasión amorosa, los celos ó el honor. Tratándose de la situación creada á un hombre por estos grandes móviles, no podemos responder de que sus actos se contengan en un límite fácil de trazar. Se vuelve fiera irresponsable, y todas las prendas que constituían su personalidad en la vida ordinaria, se eclipsan y se desvirtúan. Pues á pesar de esto, y de la posibilidad de la exaltación homicida de Orozco, yo no entro con ella. Mi entendimiento la repugna. Qué quieres que te diga: no veo, no puedo ver á Orozco, revólver en mano, persiguiendo á su enemigo. Ello podrá ser: pero yo no sé reproducir el acto en mi mente, no acierto á figurarme la cara ni la actitud trágica de un hombre á quien he visto ayer mismo ostentando una serenidad y un reposo de ánimo que... vamos, que no pueden en manera alguna ser obra de la hipocresía, y sostengo que no hay histrionismo en grado tal de perfección.

En la misma Peña corría otra variante, en la cual Orozco no figura sino como impulsor del crimen, por medio de un asesinato mercenario. Este esperó á Federico cuando salía, y pim, pam. El principal sostenedor de esta historieta asegura que un amigo suyo, al pasar á las nueve de la noche por la bocacalle que da ingreso al vertedero, vió á un hombre de mala traza, y que á las diez le volvió á ver. Esto del matador pagado me parece todavía menos aceptable. Que Orozco matara, puede ser, aunque yo no siento el acto, ¿me entiendes?, no hay en mi ánimo ese movimiento íntimo de fe que nos lleva á la convicción. Pero lo de comprar un asesino me parece contrario á toda lógica. Orozco no es capaz de eso.

Completaré estas noticias diciéndote que he tratado de hacer hoy, en la que llamaremos casa del crimen, algunas indagaciones. La casa, que es de construcción reciente, no tiene más que dos pisos, bajo y principal, y dos cuartos en cada uno de ellos. El principal de la izquierda y el bajo de la derecha están con papeles. Me inclino á creer que el bajo izquierda es el lugar nefando. Interrogo á los porteros; pero no he visto gente más discreta. Les ofrezco gratificación; les hago comprender que no soy de la curia, que no se les seguirá perjuicio por las revelaciones que me hagan, y nada. Tranquilos y confiados, ni aceptan mis dádivas, ni me dan ninguna luz. Ó son inocentes, ó están vendidos ya. Me inclino á creer esto último. Enseñáronme los dos cuartos vacíos, en los cuales todo indica que no han sido habitados aún. En el principal vive un procurador, con señora y la mar de chiquillos; en el bajo de la izquierda, objeto de mis sospechas, hay un almacén ó taller de muebles, de éstos que se anuncian en Madrid como almonedas. Entré; no se podía dar un paso, porque todo está obstruido con sillerías en blanco, butacas apiladas, sofás patas arriba. En el centro de la sala, llena de mil trebejos, y donde se masca el polvo del pelote y se le enredan á uno los pies en las sartas de muelles de acero, dos hombres trabajan en tapicería. La mujer que me enseñó el establecimiento, y á quien intenté hacer cantar ofreciéndole con habilidad buena recompensa, se ofendió de mis insinuaciones. Su altanería desdeñosa me pareció sincera ó muy bien fingida. Á pesar de tantas señales contrarias á mi idea, no sé por qué insisto en pensar que aquellas paredes encerraron lo que yo presumo y Dios sabe.

Por lo demás, como adquisición de conocimientos reales sobre este problema, no he adelantado nada. La obscuridad es mayor cada día, el vértigo crece, la razón se apaga, y si de ésta no me vuelvo loco, creo que tengo asegurada mi cordura por todo el resto de mis días.

Hasta mañana, y dime algo, ilumíname. Á veces el que está lejos de los acontecimientos ve más y mejor que el que los toca con sus narices. Dime cuanto se te ocurra, que por disparatado que sea, no ha de llegar á las gárrulas novelas que se forjan aquí. Adiós.

XXXV

14 de Febrero.

Allá va otra.

De seis ó siete versiones recogidas en el Casino, elijo la que tiene más prosélitos. Orozco es eliminado de esta hipótesis, y no figura para nada en el crimen. En cambio, aparece otro personaje que nadie sabe quién es: un segundo amante de la desgraciada Augusta. Cómo se determina la participación en el drama de este nuevo elemento, es cosa que cada cual explica á su modo, con criterios y puntos de vista originalísimos. Algunos atestiguan y refieren el lance como si lo hubieran visto. Uno de los presentes sostiene que Augusta entró en la casa con el desconocido á eso de las nueve y media. Las once serían cuando entró Federico. «¿Pero usted le vió?» Á esta pregunta te contestan: «Yo no le ví; pero me lo ha contado Vargas.» Cuando llega el llamado Vargas, que es un sportman y ciclista muy conocido, se le interroga con toda solemnidad; pero resulta que él no vió nada, sino que se lo dijo un amigo, capitán de infantería, el cual se marchó ayer á las Baleares. ¡Alabado sea Dios! Danme ganas, querido Equis, de ponerme en marcha inmediatamente para Mallorca, á fin de evacuar esta cita. Pero lo pienso mejor, y me quedo. Lo referido á Vargas por su amigo es que la señora (falta averiguar si el tal capitán la conoce, ó si, habiendo visto entrar en la casa á otra mujer, da en creer de buena fe que era la persona de quien tanto se habla hoy) llegó en coche simón con un sujeto, del cual no puede decir sino que tenía barba larga y rubia. «¿Era alto?—Más bien alto que bajo... bien vestido.» En seguida empieza la tarea sabrosa de personalizar este dato, y unos en serio, otros en broma, le cuelgan el muerto á varias personas conocidas, entre ellas á tu amigo Bueno de Guzmán, el cual no vuelve de su asombro al encontrarse con que es la auténtica tía Javiera del asesinato de Federico. Bromas aparte, esta versión la tienen muchos por aceptable, y alguien la cree como el Evangelio. Varían las apreciaciones respecto al desconocido: quién le tiene por caballero ó persona de nuestra clase, quién por hombre ordinario. Un primito de Villalonga, de éstos que, cuando se habla de acontecimientos misteriosos, se pirran por ser á todo trance testigos presenciales, jura y perjura que hace dos semanas próximamente, á eso de las once de la noche, vió á la de Orozco por calles extraviadas de Chamberí paseando del brazo de un hombrachón que no le pareció caballero. Por cierto que le chocó. Da las señas: alto, fuerte, con barba rubia y larga, ropa holgada y de feo corte, aspecto extranjero, como de maquinista ó jefe de alguna industria. En fin, ya puedes figurarte lo que vería el muy lince. Primero se deja matar que sufrir el desaire de no haber visto alguna cosita.

Y qué, ¿crees tú esto? Yo no lo acepto, ni en absoluto lo rechazo, pues la misma confusión en que estoy me obliga á admitir todo lo humanamente probable, y á no poner puertas al campo inmenso de la fragilidad femenina. Anoche pensé bastante en el hombre misterioso y barbudo, alto, grueso, como le describió aquel demonio de chico. Francamente, no caigo en quién pueda ser. Casi, casi me decido á eliminarle, como un fantasma intruso, de la serie de hipótesis razonables.