Pues verás ahora la más salada. En casa de la de San Salomó hay paráfrasis para todos los gustos. Pero la marquesa tiene una suya, que no confía sino á ciertos amigos de mucha confianza, siempre con la nota marginal de que lo sabe por el conducto más fidedigno. Te transmito el dicharacho de la ilustre dama sin quitar punto ni coma: «Pues yo sé la verdad, la pura verdad. Crea usted que esto es lo auténtico. Se lo diré á usted si me promete guardar el secreto, y le advierto que la persona que me lo ha dicho lo sabe... vamos, lo sabe como si lo hubiera presenciado. Ni Orozco ni hombre alguno tienen culpabilidad. Ella, ella fué quien le mató por celos de la Peri. Hace días que venían las cosas muy tirantes: cada cita era un altercado. No, no lo dude usted, que esto es como el Evangelio. Se sabe dónde compró el revólver; se sabe que á un amigo íntimo (que no puedo nombrar... usted considere) le confió su propósito de matar á Fritz. Pero qué, ¿no cree usted en las mujeres que matan? Aquella noche fué grande la marimorena. Augusta disparó, y le atravesó el hígado, y el estómago, y el espinazo, y la vejiga, y no sé qué. Salió el pobrecito y fué á caer en el sitio donde le encontraron.
—Pero, señora, ¿y la herida en la frente, que es la mortal de necesidad?—objetan todos los que oyen versión tan chabacana.
—No hay tal herida en la frente—responde imperturbable la marquesa.—Es usted un cándido y un tragabolas. El forense, el mismo forense (bajando mucho la voz) ha dicho á un amigo mío, á quien no he de nombrar, que no había tal herida, y que eso se puso en el informe pericial para dar por probado el suicidio. Créame: lo que le cuento á usted es lo que pasó... ¡Ah! el enderezar este entuerto les cuesta un pico á Orozco y á don Carlos.
—Pero, señora, permítame usted que ponga en duda...
—De incrédulos está el infierno lleno... Digo lo que sé, y sólo añado, amigo Tal, que esto se queda entre usted y yo. No vayamos ahora pregonándolo por ahí. Pero créalo... créalo y cállese.»
Esto me lo contó el Catón ultramarino, el cual ni lo creía ni callaba, y por su cuenta y riesgo, después de oir á tirios y troyanos, dióme también su versioncita. Orozco sorprende á los amantes... (se da por supuesto que no hubo tal viaje á las Charcas); Augusta se echa á los pies de su marido y le pide perdón. ¡Ah, oh! Federico, siempre orgulloso, desafía al marido. ¡Oh, ah! Este saca un revólver, y alargándoselo al otro, le dice: «No, aquí quien debe morir eres tú. Si hay en tu alma una chispa de sentimiento del honor, ya sabes lo que tienes que hacer.» Al otro le parece la fraterna muy puesta en razón, coge el arma, y pim, pum...
¿Querrás creer, Equisillo, que no dormí en toda la noche, pensando en esta interpretación, en la cual veía no sé qué lejanos vislumbres de certeza? Pues aguárdate un poco. Hoy por la mañana salí decidido á comprobar la coartada de Tomás; bajéme á la estación del Norte, y con el testimonio del jefe, de varios empleados y del inspector de la Sección, puedo afirmar, sin ningún género de duda, que Orozco y Malibrán estuvieron en las Charcas toda la noche del 1.º al 2 de Febrero. Como que el inspector les acompañó, y cenaron juntos, y estuvieron charlando hasta las doce, hora en que se acostaron los tres, en una misma habitación por más señas, pues los alojamientos en aquella finca dejan mucho que desear. El inspector me merece crédito. Mas no satisfecho aún, cojo el tren, me planto en las Charcas, y compruebo aquel testimonio con los del jefe de las Zorreras, de los guardas del monte y de la mujer que tienen allí para hacer la comida á los cazadores. En fin, chico, que la coartada de Orozco es un hecho incontestable, y que probándola he quitado al problema un gran elemento de confusión.
Más noticias. En los corrillos del Congreso, á donde voy ahora lo menos posible, también he oído cada catálogo que canta el misterio. No te los cuento para no trasladar á tu cabeza la olla de grillos que tengo yo dentro de la mía. Joaquín Pez me dijo hoy con mucho sigilo: «Tengo un gran dato, amigo Infante, que arroja mucha luz. Me ha dicho el marido de la sobrina de la nuera del forense... ya ve usted que el conducto no puede ser mejor... me ha dicho que, comiendo ayer el forense en casa del hermano de la cuñada de su primo, dijo esto: «la herida del costado es de homicidio; la de la frente de suicidio.»
—No es mal dato—le contesté,—si resulta cierto. Mas para comprobarlo, necesitamos recorrer ese laberíntico rosario de la nuera del hermano del tío de la sobrina... Verá usted, amigo Pez, cómo, al llegar al forense, resulta que el buen señor no ha dicho esta boca es mía.»
Esta y otras especies corren por allí, cuando no hay asuntos más graves de qué tratar. Los periodistas, justo es decirlo, si son los más fecundos en combinaciones novelescas, parecen haberse propuesto no lastimar á la familia Orozco. Si el reportismo y la fiebre de la noticia les inducen comunmente á explotar cualquier asunto que dé saborete y picor de escándalo al papel de la mañana ó de la tarde, basta una indicación amistosa hecha en estos pasillos, para poner coto á las reticencias contra personas respetables, sobre todo si éstas son de las que, por no mezclarse en política, están libres de odios personales ó colectivos. Por tal medio, fácil ha sido conseguir que los nombres no aparezcan en letras de molde. Esto no significa que los estragos de la opinión no sean grandes, porque al barullo anónimo de la prensa se une el reportismo oral, que es más difusivo, más penetrante, y tiene entre nosotros increíble fuerza. La cháchara verbal destruye las reputaciones privadas y públicas más pronto y más eficazmente que la cháchara escrita... Antes que se me olvide: un periodista me reprodujo esta noche la opinión aquélla del forense sobre la naturaleza de las heridas; pero á la inversa de como me la transmitió Joaquín Pez, es decir, que la herida de la frente era de homicidio, la del costado de suicidio. Respecto al origen de la noticia, diómela por auténtica y autorizada á no poder más. Lo había oído él mismo, la noche anterior, en la tertulia de no sé qué ministro, de boca de un respetable sujeto de la curia. Con que ve tomando notas, y acaba de volverte loco como tu corresponsal y amigo.