El cual anda ahora tan sin brújula, que no sabe por dónde va, ni se entera de lo que ocurre en las filas parlamentarias. ¿Querrás creer que estos días ha votado el buen Infante no sé cuántas leyes, y ha dicho sí ó no en multitud de resoluciones, sin tener conciencia clara de sus actos legislativos?... Soy un simple número, una energía mecánica, inconsciente; voy con la masa, á donde la masa va. En mi oído suena el run-run de las votaciones, y presiento que hemos hecho la dicha del país con leyes como la de Enjuiciamiento criminal, y las de Acuñación de plata, del Trabajo de los niños en las fábricas, de Rectificación de listas electorales, etc... item más con multitud de ferrocarriles que raudos cruzarán el patrio suelo en todas direcciones. Me convenzo, por lo que oigo decir, de que he votado todas estas cosas tan buenas, y estoy dispuesto á votar la transubstanciación del Verbo si me la ponen delante. No me pidas cuenta de nada, ni aun del olvido en que tengo los asuntos del infame distrito. Si murmuran de mí en esa tierra de maldición, hazme el favor de decirles que ahí me las den todas. Les odio con toda mi alma, y deseo que el cielo les aflija con mil calamidades, sequías, riadas, pedriscos y ciclones, y un terremoto de añadidura; que no quede en pie ni casa ni árbol; que pasen á mejor vida todas las reses, inclusos los caciques del pueblo, y que la tierra sea infecunda y no produzca ni un solo ajo. Abur.

XXXVI

16 de Febrero.

He aquí que me presento en casa de la Peri, con ánimo de tener con ella la conferencia que vivamente deseo.

Y la hechicera quiere echarme las cartas, rasgando con su dedo de rosa el denso velo del porvenir... ¡atiza! Mas yo se lo quito de la cabeza, abordando el asunto que me hace penetrar en aquel mágico santuario de la... permíteme que no acabe la frase.

Y Leonorilla pone unos morros muy... no sé cómo, apresurándose á variar la conversación. Y he aquí que, burla burlando, cuéntame que ha reñido con el malagueño pollo, de rizada crencha, y echádole de su casa por las escaleras abajo. Es un chulapo, un indecente, un marica y un qué sé yo cuántos. Alabo su juiciosa resolución, añadiendo que el tal mancebo me es bastante antipático, y que ella se merece más, mucho más, por su buen corazón y sus sentimientos hidalgos y generosos. No recuerdo bien si dije lo de hidalgos y generosos; pero algo así, ó poco menos, fué lo que brotó de mis autorizados labios.

Perdona la falta de formalidad con que te escribo; pero mi espíritu se inclina ya á tomar en broma todos los asuntos y á hacer chacota de lo más grave, porque no hallando juicio ni seriedad en parte alguna, las ideas se me vuelven chirigotas, y las rigideces de mi voluntad se convierten en dislocaciones de payaso.

Pues he aquí que, á poco de interrogar á la Peri, me encuentro su sinceridad tapiada á piedra y barro. No es la misma mujer que ví días antes; ahora es toda reserva, medias palabras, y una discreción bien poco en armonía con su oficio. Total, que Leonor no sabe jota; le falta poco para decirte que no conoció á Federico. Se ha vuelto completamente ignorante de lo que éste hizo en los días que precedieron al crimen. No le consta que ganara ni que perdiera al juego; no le consta que tuviera amores con ésta ó la otra dama; no se ha enterado de cosa alguna, ni hay medio de arrancar á su bonita boca una sola frase que ilustre el asunto. Excuso decirte que observar esto y desilusionarme de ella, fué todo uno; más claro, que en un instante se me borró del espíritu la fascinación que me había producido su fidelidad hacia el pobre muerto, y el sentimiento que mostrara el triste día de la autopsia. Aquí tienes cómo se desvanece una pasión, nacida tan de improviso, y de improviso trocada en desvío, suspicacia, lástima ó no sé qué.

Pero espérate, que falta lo mejor. En ella se determinó el fenómeno contrario; quiero decir, que en el momento en que yo me apagaba, como luz á la cual se da un soplo, ella se encendía súbitamente, como si la llama pasara de mi sér al suyo por arte milagroso. Vamos, que le estaba yo haciendo tilín, un tilín tremendo, según me manifestaron sus ojos flecheros y sus actitudes insinuantes. En fin, que á la media hora de conferencia empezó á hacerme cucamonas, y yo, frío y completamente desilusionado, dí en dejarme querer, imaginando que por aquel camino podría romper la reserva en que la muy bribona se había encerrado, metiéndose también á diplomática.

Las garatusas iban en crescendo alarmante: díjome que soy muy simpático, que se le alegra el alma cuando me ve, y que le da el corazón que íbamos á ser amigos, pero muy amigos. Yo apoyé estas enamoradas razones, y en la confianza que rápidamente se estableció entre nosotros, pude obtener algún indicio de su cambio de conducta. «Mira, monín—me dijo tuteándome ya y tirándome de las orejas,—yo no me meto con la justicia. Desde el momento en que han querido liarme á mí también en esa muerte, me he plantado, chico, y ya no sé nada, ni estoy en autos de lo que aquél hacía ó dejaba de hacer. En fin, que no toco pito, ¿sabes? Eso le dije á ese tío de juez, y eso te digo á tí, que también andas por ahí buscándole tres pies al gato. Si quieres que seamos amigos, echemos tierra, mucha tierra. El pobrecito está en la sepultura, y de allí no le han de sacar tus diligencias, ni las mías, ni las de nadie. Hoy le he mandado decir cuatro misas: créete, eso es lo que ha de valerle para la otra vida, y no las averiguaciones en ésta. Que si fué suicidio, que si no; que si le mató tal ó cual mano... Mira, nada importa esto para su alma, que debe de estar ahora en el Purgatorio por ciertos pecadillos; aunque yo pienso que la soltarán pronto, pues era bueno y leal como ninguno, más honrado que el sol, y caballero hasta por encima de la coronilla. Créeme á mí y déjale ya en paz al pobrecito.»