Se conmovió un poco al recordar á su amigo, añadiendo con dolorido acento que otro como aquél no volvería á tener en su vida. Esto picó mi amor propio, y me propuse para la vacante de aquella amistad, que se me pintaba como tan acendrada y pura. Leonor rechazó la propuesta, dándome á entender que Federico era insustituible; que siendo yo muy bueno, no concurrían en mí las circunstancias especialísimas que hicieron de la amistad del otro un lazo ininteligible para los que no estaban en el secreto.
Por más empeño que puse, ya fingiendo cariño, ya recurriendo á mil arbitrios dialécticos, no conseguí que me explicase qué clase de relaciones ó tratos constituían aquella amistad. En este punto su reserva fué impenetrable, y no vacilo en reconocerlo, tenía ciertos asomos de dignidad, impropios de su vida relajada. Púsose muy seria, y examinó muy detenidamente sus rosadas uñas, para decirme: «Siento haberte hablado algo de esto, y si pudiera recogerlo lo recogería, como hacen los de las Cortes cuando se les escapa una barbaridad. Lo que pasaba entre Federico y yo es cosa particular nuestra, tan particular, que si quieres que yo te quiera, has de coserte la boquita y no hacerme preguntas, porque te planto en la calle, como he plantado á ese puerco del pollo malagueño, que maldito sea y toda su casta.»
¿Qué te parece? Lo peor del caso es que no puede uno menos de respetar estas delicadezas... particulares, que tal vez tienen un origen espiritual y elevado. ¿Creerás que, hablando de ello, mi impresionabilidad hizo de las suyas, y volví á ilusionarme unas miajas con la persona física y moral de aquella mágica hembra? Entre mil cosas que dijo, hubo una que me dejó pasmado. «Y no te creas que le vas á sustituir, porque te juro por estas cruces que el vacío que ha dejado aquí en mi alma aquel buen amigo, no se llenará jamás, aunque yo viva cien mil años y medio, porque no ha nacido el hombre que lo pueda llenar. Con que ya lo sabes, y basta de matemáticas.
—De modo—le dije entre risueño y meditabundo,—que cuando yo pensaba que venía á heredar al pobre Federico, resulta que heredo...
—Á ese mequetrefe, á ese lameplatos, á ese gatera—replicó sin dejarme concluir.—Ya ves si soy franca. Yo pongo todo el corazón en la boca, y enseño todo mi natural, todo, todo, menos una parte que se me queda dentro. Soy yo muy desfachatada, muy abierta, muy frescota; pero también muy acá para mí. Entrego al que habla conmigo las llaves todas de mi natural, menos la de un cuartito reservado, que ya no se volverá á abrir, porque se mudó el inquilino. ¿Estás en lo que te digo? Eres ahora mi caprichito; me gustas; te quiero; me haces ilusión. Durará dos meses, tres, un año; puede que menos, puede que sólo dure ocho días; pero si me quieres, si te gusto, tómame tal como soy. El día que me canse te lo diré. Yo no sé fingir. Ahora me da por echarte los brazos; mañana te pegaré una coz. No te rías: doy coces cuando me ahíto de un hombre, y al pollo le eché á la escalera, dándole así, con el pie para atrás, hasta que se me quitó de delante.»
Hágome cargo de tu asombro al leer estas tonterías. No creas que quito ni pongo nada. Estaba monísima la tunanta aquélla, que no por ser quien es, deja de tener en su carácter algo que admirar debemos, aunque uno se proponga no admirar nada, salvo la belleza corpórea, tratándose de hembras de tal clase. Verás ahora el complemento de la escena de ayer, que quisiera referirte con todos sus pormenores, por la lección que encierra y los horizontes que abre al conocimiento de las cosas humanas. Al pasar de la sala al gabinete, ¡oh sorpresa! me veo colgado de la pared un soberbio tapiz. Al punto se me iluminó la mente, y lo reconocí; ¿pues no había de reconocerlo?
«¡Ah! bribona, ya te has caído—le dije abrazándola por el cuello, mientras ella me abrazaba por la cintura.—Ya te cogí. Ese tapiz te lo ha dado mi padrino. Si lo conozco, si lo he visto allí mil veces. Es flamenco, cartón de Rubens ó Jordaens, y de los repetidos, que él guarda para sus cambalaches. No me lo niegues: te lo ha dado en pago de tu silencio, quizás para que prestes una declaración falsa, asegurando al juez que Federico perdió grandes cantidades á la ruleta en los días anteriores á su muerte. Vamos, confiésamelo todo. ¿Somos ó no amigos? Ello ha de quedar entre nosotros.»
¿Cómo había de negármelo? Ni siquiera lo intentó. Desconcertada primero ante mi brusca interpelación, pues ya no se acordaba del tapiz, pronto se echó á reir, confirmando con cuatro palabras lo que yo expresé, no sin añadir algunas explicaciones.
«Me lo dió Cisneritos, es cierto... Ya sabes que es mi amigo desde que tomé la alternativa. Yo se lo había pedido muchas veces, y siempre me lo negaba el muy perro. Pero estos días... Te contaré: lo que él quiere es que yo me calle, no que declare eso que tú supones. Al juez le dije que no sabía una palabra. Porque verás... si yo hubiera boqueado más de la cuenta, podría armar un lío de mil demonios. ¿Pero qué se saca de deshonrar á una familia respetable? Hazte cargo. Lo que quiero es que me dejen tranquila, y no me traigan ni me lleven. Te diré otra cosa: Cisneros pensaba que yo tenía cartas de Federico ó papeles de compromiso para alguien... Le traje aquí para que viera que no hay nada. Me registró todos los muebles como un celoso. En fin, que ese viejo marrullero me estuvo mareando dos días, y yo le dije, digo: «Ahora sí que me he ganado el tapiz.» Vamos, que me lo dió, á condición de que me volviera muda, y no declarara en substancia cosa ninguna, guardándome mucho de esos trompeteros de periodistas. ¡Qué odio les tiene! Pues, la verdad, yo, como todo el mundo, me había compuesto mi novelona para embocársela á los de mi tertulia.
—¿Y cuál era tu novela?