—Pues que se mató él mismo delante de tu prima, porque descubrió que ella se la pegaba con Malibrán.
—¡Jesús!
—Francamente, como en casa de la San Salomó contaban que ella le había matado por celos de mí, yo me abronqué y dije: pues antes que me envuelvan, voy á salir yo también con mi romance de ciego. Á todo el que venía aquí se lo encajaba, y tan fresca... Súpolo Cisneros, me mandó llamar y me dijo, dice: «Chica, ¿qué haces? Mira que si te descuidas te mando á presidio.» Me asusté; faltóme poco para llorar. En fin, que le prometí no mentar más el crimen y plantarme en que yo no sé nada. Total: que con esto y algo más, me gané el tapiz.»
Tales declaraciones, á pesar del acento de sinceridad con que Leonor las hacía, me parecieron, si no falsas, incompletas. La pícara me decía una parte no más de la verdad, la menos importante tal vez. Incansable yo en mi plan investigador, puse cerco á sus camándulas, redoblé mis zalamerías, ensanché todo lo que pude el campo de la confianza, y por fin hoy, transcurrido un día de estas fáciles relaciones, he logrado arrancarle aquella otra parte de la verdad que me escamoteaba. Vas á saberla.
Cisneros le propuso declarar ante el juez que Federico había estado en su casa el mismo día 1.º de Febrero por la mañana, angustiadísimo, y le había dicho: «Si no encuentro de aquí á la noche determinada cantidad, me pego un tiro.»
«Tanto y tanto me predicó ese viejo zorro—añadió Leonor,—haciéndome ver que con estas mentirijillas no perjudicaba á nadie y podía hacer mucho bien, que cedí... Claro, no perjudicando... ¿qué importaba...? ¡Ah! también quería que dijese que Federico me pidió dinero á mí, y yo no se lo quise dar... Á esto me resistía; pero, chico, el tapiz se me había montado entre ceja y ceja... Era un antojo, y soy temible cuando me encapricho por algo... Hicimos nuestro trato, y punto concluído... Pero no sabes lo más salado, y es que me porté cochinamente con Cisneritos. Cuando me encontré delante del juez, entráronme remordimientos, y pensé que si decía lo que me mandó el vejete, arrojaba una mancha sobre el buen nombre de mi amigo querido, el número uno de los caballeros de Madrid... Nada, nada, que se me resistía declarar aquellas papas... yo soy así. El escribano me hizo muchas cucamonas, y el secretario me dijo mil porquerías, y entre todos me estuvieron mareando un rato. Pues, chico, me atufé y me dió la santísima gana de no soltar prenda: que yo no sabía una palabra, que no había visto al interfezto, que no me constaba si ganaba ó perdía. Allá escribieron todito lo que dije, firmé y á vivir... Tú dirás que me porté mal con don Carlos, y que debía devolverle el tapiz... Pero ya ves: era una indecencia que yo dijese de Federico cosas que le ponen en mal lugar. Vamos, que me acordaba de él, y los ojos se me llenaban de lágrimas. Yo tengo todos los defectos, todos, menos el de la ingratitud... El pobrecito fué siempre muy bueno para mí. ¡Cómo había yo de...! Verdad que no cumpliendo con Cisneros, debía decirle: «Tome usted su arrastrado tapiz, que yo soy más persona decente de lo que usted se piensa...» Pero sobre que no tuve alma para devolver el regalo, ¿no te parece á tí que es justo jugarle una partida serrana á ese tío, más malo que el no comer?... Y bastante favor le hago callando, ¡digo! Mi no sé nada, mi no he visto nada valen bien, no digo yo un tapiz, sino media docena.»
¿Qué te parece? ¿No es verdad que este rasgo pinta una persona? ¿No ves á Leonor enterita con sólo la relación de un acto suyo? Lo único que me resta decirte acerca de esta gitana, cuyos desplantes abomino á veces, y á veces no puedo menos de admirar, es que mis habilidades para saber algo más fueron de todo punto inútiles. No me han valido mimos ni triquiñuelas capciosas para obtener de la chavala algún indicio de la clase de conexiones que con Viera tuvo. Ignoro si seré más afortunado en lo sucesivo; pero no sé por qué se me figura que cuando ésta se planta, no valen contra ella ni aguijonazos ni palmaditas. Plantada se queda, y hay que matarla ó dejarla.
Allá va otro detalle que, si nada tiene que ver con el asunto principal, merece consignarse para regocijo tuyo y mío; que viene bien un poco de sainete entre estas seriedades fúnebres y curialescas. Estábamos Leonor y yo conversando íntimamente, en el mayor abandono y confianza posibles, cuando sonó la campanilla; oí ruidos de voces, y la doncella entró muy sofocada en el gabinete anunciándonos que el pollo malagueño se había presentado en actitud hostil y camorrista. Habías de ver á la Peri saltar en paños que más que menores debieran llamarse mínimos, y agarrar una zapatilla, arma que, según dijo, le bastaba y le sobraba para poner en vergonzosa fuga al invasor, «Verás, verás qué pronto le despacho—me dijo risueña y nerviosa, sin acertar á meter los brazos en las mangas de la bata.—No le puedo ver... ¡Indecente, gandul, canalla...!» Salió en medias, pantufla en mano, y sentí luego un gran vocerío; mas no me pareció que sonaban zapatazos. Á poco volvió Leonor, y riendo me dijo: «¡Pobrecillo, está muerto de hambre! Es preciso que coma, al menos.» Metió sus dedos, de rosadas uñas, en el bolsillo de mi chaleco, y me sacó cinco duros, que por conducto de la criada pasaron á las necesitadas manos del mocito aquél, de lánguidos ojos. Al hacerle la limosna, la gitana le mandó este cariñoso recado: «Dale eso para que coma, y dile que aquí no venga más, porque estoy de él por encima de los pelos, y que vaya á que le mantenga el Nuncio.»
¿Y qué dices tú ahora de mis depravaciones, de mi caída en la profunda ciénaga del vicio, do se anidan (¡atiza!) todas las sierpes venenosas que destruyen el alma... y el cuerpo? Haz el favor de no llevarte las manos á la veneranda cabeza. No hay tal vicio ni cosa que lo valga. Es la vida, chico; el desenvolvimiento biológico dentro del medio social... Vamos, si esto no es filosofía, que venga el diablo y lo vea.