¿Qué te parece la perorata, que no sé si he copiado con exactitud? Fastidiosa, ¿verdad? y hasta un poquillo cursi. Pues así y todo, le hizo un efecto atroz. La ví conmovida; sus ojos se humedecieron, y no pudo contener algunas lágrimas. Yo callé, creyendo que el llanto sería precursor de la espontaneidad que deseaba.

Observé que hacía esfuerzos por tranquilizarse y ser dueña de sí. Se enjugaba los ojos, comprimía su emoción para no dejarse vender por ella, y me dijo esto, que me impresionó vivamente:

«Soy muy desgraciada... no lo sabes tú bien. Tenme mucha lástima, porque de veras la merezco.»

Le acaricié una mano, sin que tratara de impedirlo. Lejos de hacerlo, me abandonó la otra, como persona en quien la necesidad de consuelos se sobrepone á toda consideración. Le repetí mis deseos de ser su amigo, de consagrarle mi vida y una intención moral incesante, y no se escandalizó, ni mucho menos. Al contrario, mostróse agradecida, hondamente afectada.

Pero de súbito noté en su fisonomía y en su entrecejo no sé qué severidad, algo que provenía de un sentimiento de orgullo, el cual se posesionaba de su alma tras un momento de flaqueza; y poniéndose en pie y apartándome de sí con cierta sequedad ceremoniosa, me dijo:

«Seremos amigos; pero á condición de que no me preguntes nada, de que no indagues absolutamente nada, ni de los demás ni de mí.»

Quise contestarle; pero me impuso silencio. Imposible desobedecerla: de tal modo imperaban su gesto y su voz sobre mí. Y aún hubo más. Dió por terminada la conferencia, mandándome que me retirara... Otro día hablaríamos más: así lo dió á entender. ¿Qué había de hacer yo más que someterme ciegamente á su caprichosa voluntad?

Pasé malísima noche, sin poder apartar de mí la imagen y las palabras de esta endiablada mujer, que, si no me engaño, va á volver loco á tu amigo, si es que no lo está ya de remate. Y mira tú qué cosa tan rara: piensa en el enlace misterioso de las palabras con los afectos en esta arrastrada vida humana, tan fecunda que cuantas más cosas peregrinas ve uno en ella, más le quedan por ver. Pues empecé á dirigirle aquellas frases amorosas que te he copiado, como quien emplea un argumento capcioso; se las dije, persuadido de que no decía la verdad, y al concluir, sorprendíme de ver que mi corazón respondía á todas aquellas retóricas con un sentimiento afirmativo. Nada, Equisillo, que toda la noche y al día siguiente estuve en brega con mis potencias cerebrales, dudando de lo que sentía, y concluyendo por declararme que esa mujer me tiene embrujado; que mientras más me esconde su secreto, más impelido me siento hacia ella, y que si me convenciera de que fué realmente matadora, más la querría, no vacilando en someterme á la prueba de ser muerto por su mano, con tal que antes... No sigo, porque te alarmarás, creyendo que ya no tengo remedio. Abur, tonto.

XXXIX

20 de Febrero.