Emociones, más emociones. Ante todo, puedes llegarte á Zaragoza ó venirte á Leganés, y mandar que me vayan preparando una jaula con los barrotes bien fuertes, porque estoy... ya lo irás viendo.

La entrevista segunda se verificó ayer en casa de la tía Serafina, que sigue muy mal. Augusta va todos los días á acompañarla. Yo fuí también, sin citación previa, seguro de encontrármela allí y de que podríamos hablar sin testigos. Nos encerramos en un gabinete próximo al cuarto de la enferma, en ocasión en que no había allí médicos, ni enfermeras, ni visitas. ¡Qué bien! Forjéme la ilusión, al verme solo con ella y observar su actitud expectante, no exenta de recelo, que aquello era cita amorosa, en discreto lugar ignorado de todo el mundo. Lo primero que se me ocurrió fué cogerle la mano derecha y examinarle la muñeca, diciéndole: «¿Se te ha curado ya la quemadura?» Turbada retiró la mano, no sin que yo viese la señal de la heridilla no bien cicatrizada, y me dijo: «Hemos convenido en que has de ser discreto, y no hacer ni decir tonterías... ¿Qué significa, grandísimo simple, esa estúpida sospecha? ¿Acaso te ha cabido en la cabeza que yo me magullé la mano en una lucha...? Claro, como que soy asesina, y he tenido que sujetar á la víctima para...

—No es eso, no es eso—apresuréme á contestarle.—Yo no he creído nunca que fueras asesina; pero sí he creído y creo que presenciaste la muerte de un hombre, ocasionada de una manera que ignoro.

—Vamos, niño: la primera condición para que yo te admita en mi confianza, es que seas conmigo delicado, y me consideres, y me creas cuando te digo algo que directamente me atañe. De otra manera no puede existir esa amistad que deseo y casi casi necesito... Y no la desvirtúes; no aspires á otro sentimiento más vivo, porque si te empeñaras en ello, no obtendrías ese sentimiento, y adiós amistad.»

Comprendiendo que en estos casos debe uno contentarse con lo que le otorgan, y fiar al tiempo la ampliación de la dádiva, díjele que aunque estoy perdidamente enamorado, conténtome con el sentimiento apacible y honesto que me concede, y reconozco no merecer más.

«Si hemos de ser amigos—-me dijo,—ya que tú te permites intervenir en mis asuntos, y echártelas de padre maestro, y aun de padre espiritual, con tus pretensioncitas de huronear faltas que no existen, voy yo también á llamarte á capítulo, pidiéndote cuenta de ciertos deslices, y excitándote á la corrección. ¿Pues qué se creía usted, señor moralista?»

Quedéme perplejo, sin acertar á calarle la intención. ¿Quería aturdirme, desorientarme, ó qué demonios se proponía la muy ladina, en quien no pude menos de reconocer la sagacidad castellana de su padre el zorro de Cisneros? No tardé en suponer á dónde apuntaba; caí en la cuenta de que su objeto era tomar la ofensiva, como papel más airoso para ella en la lucha que entablado habíamos.

«Sin duda te han traído el cuento—le dije sin turbarme,—de que hay algo... y aun algos con la Peri. Bueno: no te lo negaré. Pero ya debes suponer que esto es accidental y sin importancia alguna en la vida. No llames á eso relaciones. Es una veleidad de ella y una condescendencia mía, que se pueden dar por terminadas en cualquier momento.»

Quedóse pensativa, y á poco reanudó la conversación, diciendo tales cosas de la Peri, con tanto énfasis y saña tan viva, que no pude menos de fijar en ello la atención. «Has tenido muy mal gusto—me dijo.—Esa mujer es una desvergonzada, una trapisondista, y además no tiene nada de particular como hermosura, pero nada. No comprendo cómo os ilusionáis con un tipo semejante. ¡Lástima grande que en estos tiempos de vulgaridad democrática no haya las justiciadas de otra época! ¡Lástima que á estas bribonas no las emplumen y las azoten por las calles, para lección de los mentecatos que se pierden por ellas, ó de los que...!»

No siguió. Se exaltaba más de la cuenta, olvidándose del papel que quería representar; se clareó demasiado, y dejóme ver la punta de un odio inmenso que en su alma latía. Le temblaron los labios y perdieron su encendido color. Pronto noté que intentaba rehacerse y enmendar el descuidillo de sinceridad que acababa de tener. Para esto, compuso su rostro diciendo: «¿Pero á mí qué me importa? Lo he dicho porque... me repugna verte en esa degradación.»