Más atento á observar su cara que á calcular lo que debía decirle, contesté de este modo:

—Basta que á tí no te agrade eso, para que al instante se concluya.

—No, si yo no te pido que sacrifiques por mí tus gustos.

—¿Pues no dijiste que, para afianzar nuestra amistad, te hacías mi directora espiritual, y correctora de mis malas costumbres?

—Sí lo dije; pero luego se me ocurre que no debo hacerlo.»

Parecióme desorientada, sin saber qué camino tomar. Por fin se decidió por uno, tras breve meditación.

—Mira, Manolo, te lo diré con franqueza: yo no quiero que rompas tus amistades con esa mujerzuela.»

Juzga cómo me quedaría con ésta no esperada declaración. «No te pasmes, no abras esos ojazos,—me dijo.—Es un poco raro mi deseo, y necesito explicarlo. Te hago el favor de creer que es muy fácil para tí dar un puntapié á ese trasto de mujer. Y creo más... á ver si te adivino... creo que tu enredo lleva un fin policiaco: el fin de averiguar qué clase de relaciones, qué clase de tratos tenía el pobre Federico con ella, porque, como te has metido á juez instructor, naturalmente habías de buscar datos... del propio cosechero... ¿He adivinado?

—Sí... tal ha sido mi intención.

—Bueno, bueno—manifestó perdiendo el miedo al asunto;—pues si has descubierto algo, dímelo, y si no, sigue cultivando esa confianza, en la cual encontrarás la luz que buscas y que los demás también deseamos ver.»