¡Ay! querido Equis, de aquel anhelo de indagar las relaciones de Federico con la Peri, resulta una nueva complicación. Hay algo que Augusta ignora, sabiendo, según mi cálculo, lo principal. Así se lo manifesté, y ella insistió en que sólo era curiosidad. Díjele que podía negármelo todo; pero no su pasión por el pobre amigo muerto, y su presencia en el acto que determinó la muerte de él. Perdí los estribos; me descompuse; creo que se me escaparon frases violentas, seguidas de otras tiernas y apasionadas. Me puse de rodillas ante ella, y besándole con ardor las manos, le supliqué me revelara la verdad de aquella tragedia, de la cual ella había sido por lo menos testigo, y ni un tímido asentimiento pude obtener. Encerróse en torvo silencio, que era mi desesperación; denegaba con la cabeza á cada frase mía, y terminó augurando otra vez que no sabía nada, que no había visto nada. Únicamente al interrogarla sobre sus amores con Viera, observé que su denegación era débil, casi casi afirmativa, por la manera como la hizo, entre suspiros que le salían del fondo del alma.

Por fin, serenándose y tratando de calmarme á mí, se explicó en estos términos: «Para obtener la confianza de una persona, lo primero es hacerse digno de tal confianza. Lo que mucho vale, mucho cuesta, amigo Infante. Tráeme lo que te he pedido, y hablaremos. ¿No te has hecho amigo de la Peri para indagar por tu cuenta?

—Sí, y ahora quieres que indague por la tuya.

—Cierto, esa es la verdad.

—¡Y quieres que yo sea tu polizonte, y que te sirva, sin obtener de tí ni una sola confianza! Revélame lo que sabes, y si es incompleto, yo te ayudaré á completarlo.»

Me abrumó la infame, diciéndome con aplomo cruel: «¿Cómo he de expresarme para que me entiendas? Precisamente por no saber nada, quiero que me averigües lo que te he propuesto averiguar... Y no prolonguemos más esta conversación, porque siento gente en la alcoba; estás muy excitado, hablas en voz alta, y van á creer que estamos aquí tirándonos los trastos á la cabeza. Hazme el favor de marcharte, y hasta mañana ó pasado...»

Salí de allí con la cabeza como un borracho, desesperado y aturdido, y estuve paseándome un rato por las calles, para que se me refrescaran las ideas. Y tan pronto sentía un loco impulso de todas las fuerzas de mi vida hacia aquella mujer, más fascinadora por los misterios que la rodeaban, como un velo liado con suprema coquetería; tan pronto me inclinaba á huir de ella, como de un abismo insondable por cuyo borde se me resbalaban ya los pies. Pasada una hora de inquieto vagar por las calles, me dirigí á casa de Leonor, que me aguardaba, y de buenas á primeras, sin preparación alguna, la interpelé en esta forma:

«Me vas á contestar ahora mismo á lo que varias veces te he preguntado sin lograr una respuesta... Mira, Leonor, que la cosa es grave: me lo vas á decir, y así me probarás que me quieres y eres mi amiga. Nada, que me lo dices, ¿verdad? Deseo saber qué clase de relaciones tenías tú con Federico. No vale negar. Porque él entraba aquí muy á menudo. Esto lo sabemos todos, y hay quien cree que no venía por contemplar tu cara bonita. Con que me lo dices, ¿sí ó no? Leonor, Leonor, te lo pido por lo que más ames. Hazme el favor de no mirarte tanto las uñas, y habla claro. ¿Verdad que me lo vas á decir... á mí, pichona, monina, á mí que te quiero mucho...?»

Empezó tomándolo á broma. «Como la trucha al trucho. Chalaíto por mí... ¡Ay! ¡qué resalao es mi peine, y qué bonitos ojos tiene!»

Estas tonterías me exaltaban más. «Leonor, Leonor, no bromees, hablo muy serio, pero muy serio. Yo necesito saber eso, ó acabaré como el pobre Federico.