—¡Tú, tú...! ¡Jesús de mi vida!—exclamó, echándose á reir.—Tú no tienes alma para eso, ni estás en sus circunstancias. No eres ni tan caballero como él, ni tan perdido como él, ni tan... ¿Pero qué mosca te ha picado hoy, peinecito de mi vida...? Á tí te pasa algo. Voy, voy á echar las cartas para saberlo.»
Levantóse y trajo los naipes, y en el mismo sofá en que yo estaba empezó su juego, poniendo los cinco montoncitos: lo que esperas, lo que no esperas, lo que te ha venir, tu suerte, lo que se cubre. Hallábame tan excitado, que de un manotazo fué toda la baraja al suelo, y le dije: «Pareces una bruja... Déjate de disparates, y contesta á lo que te pregunto.»
Leonor se amoscó. Cuadrándose y meneando la cabeza, me dijo: «Mira, Infantito, que ya me voy cargando; mira, Infantito, que yo tengo malas pulgas; mira, Infantito, que si te pones pesado, voy y traigo la palmeta, ¿sabes? la zapatilla con que despedí al otro peine... Es la que me sirve para dar pasaporte á los pesados, chinchosos y reventativos... Recordarás que te dije: «de aquello no me preguntes nada.» Con esa condición te admití.
—Pues me vuelvo atrás—contesté ciego de ira, echándole la zarpa á los hombros y sacudiéndola con brutalidad.—¡Tienes que decírmelo, ó te mato, te mato, te ahogo!»
Aquello iba á concluir mal. Yo estaba como demente y no era dueño de mis acciones. Leonor se puso á dar chillidos, y entró la criada... No creas que hubo golpes ó arañazos. Fué sólo un estrujón, acompañado de palabras descompuestas. Por fin, volviendo en mí, la solté sobre el sofá. La pobre muchacha, llorando de pena por mi ultraje y mi brutalidad, sé mostró más bien ofendida que airada, y opuso á mi tenacidad loca una tenacidad mayor: «Ni tú eres caballero—me dijo secándose las lágrimas,—ni siquiera persona decente... Eres un tío, y no sé, francamente, no sé cómo me gustaste... ¿Sabes lo que te digo ahora? Que aunque me hagas picadillo, aunque me cortes en pedacitos de este tamaño, no has de arrancarme una palabra. Fastídiate. ¿Crees que porque soy una mujer pública no tengo tesón? Pues te equivocas, porque también soy mujer particular cuando me da la gana, y sé serlo lo mismo que otra cualquiera. Mira, ahí tienes la puerta abierta de par en par. Me gustaste, y me gustas todavía. Yo soy muy franca y no oculto lo que siento. Puedes volver si me pides perdón por esta bronca. Pero si me vienes con preguntas, te doy la patadita para atrás, así, como los burros cuando cocean, y te planto en la calle, para que te hagas cargo de que cuando una quiere ser particular, y decente, y callada, lo es.»
Aunque su lenguaje no era tan violento como de mi violencia debía esperar, me sentí profundamente lastimado. Aquella discreción á toda prueba era una especie de virtud, que yo no esperaba encontrar allí. Me ofendía, y te lo diré claro, me empequeñecía. Salí de aquella casa haciendo voto de no volver más, aunque Leonor no me repugnaba, ni mucho menos; al contrario, me era grata su imagen transparentándose en mi memoria. Pero la otra me atraía más, muchísimo más; la otra, Equis de mis pecados, me volvía loco, me producía un vértigo de pasión, de curiosidad... Á sus atracciones naturales unía la pérfida el indefinible resplandor del drama desconocido ó á medio conocer. ¡Qué noche pasé, qué noche! Imposible darte idea de mi suplicio, ni de las vueltas dolorosas que mi espíritu daba, ya queriendo poner el afán de conocimiento sobre la ilusión de amor, ya ésta sobre aquél.
Y tú no me dices nada; tú ni me aconsejas ya, ni me das siquiera una opinión. Parece que te has vuelto tonto, ó que miras con indiferencia lo que me atañe. Pues para eso, maldita la falta que me hace tu amistad ni ese saber omnímodo que dicen que tienes. Me has olvidado. Eres un egoísta... sí, un egoistón. Ya lo he comprendido. No quería decirlo; pero al fin dicho está, y no me vuelvo atrás.
XL
21 de Febrero.
Si mal no recuerdo, ayer terminé mi carta tratándote con cierta dureza. Haz la vista gorda, hombre, y considera el estado de mi ánimo, propenso á la violencia y á la injusticia. Yo necesito desahogar con alguien esta efervescencia, esta turbación honda de mi alma. Déjame que te llame perro judío, y así me calmaré un poco: parece que se me quita un peso de encima. Disimula, pues, toda barbaridad que leas aquí. He tenido momentos de verdadera epilepsia, y aún no se me han sosegado los malditos nervios; la mano me tiembla, y... ya ves qué letra y qué sintaxis gasto... ¡Hasta endecasílabos, chico!